Traducción: El oficio invisible en que se basa nuestra cultura
Por Cristina Ridruejo*
30 de septiembre: Día Internacional de la Traducción
Aproximadamente el 50% de los libros que se venden en nuestro país son traducciones. Si has leído a Murakami, Paul Auster, la trilogía de Stieg Larsson, la saga Blackwater de Michael McDowell, todo eso eran traducciones. Pero no solo superventas: si has leído lo último de Noam Chomski o Norman Finkelstein, si has leído a Judith Butler o Margaret Atwood, si has leído el Indignaos! de Hessel, eso también eran traducciones. Si has leído a Nietsche, Platón o Saramago: traduciones.
Es decir, tú no has leído lo que dijo Butler, Chomski o Murakami, tú has leído las palabras que escogió para trasladar su mensaje la persona que los tradujo. Y que escogió tal o cual palabra, giro o expresión después de darle mil vueltas a cada frase. La traducción es un oficio invisible, pero imprescindible para cualquier cultura.
De hecho, toda nuestra cultura occidental (la literatura, pero también la filosofía y el conocimiento) está fundada, se origina en dos grupos de traducciones: en primer lugar, la traducción de los clásicos griegos, empezando en la Edad Media en la escuela de traductores de Toledo (porque Aristóteles llegó al latín desde el árabe, no desde el griego), lo cual dio lugar al Renacimiento en Europa, cuando, una vez despertado el interés por los clásicos, se tradujo a las lenguas romances a los grandes poetas y pensadores griegos (Homero, Safo, Sófocles, Eurípides, Platón) y latinos (Ovidio, Virgilio, etc.). Y en segundo lugar, la traducción de la biblia, especialmente de esa recopilación de leyendas populares que hoy llamamos el Antiguo Testamento (primero al griego desde el hebreo antiguo y el arameo, de ahí al latín, y luego en el Renacimiento a algunas lenguas vulgares, según los países). Esos dos grupos de traducciones (clásicos grecolatinos y biblia) han sido la fuente no solo del pensamiento y la cultura occidental en general, sino también del propio léxico y del estilo literario: han sido a lo largo de los siglos una fuente inagotable de vocabulario, metáforas, figuras de estilo, tramas argumentales.
¿Podemos imaginar la historia de cualquier literatura si no existieran traducciones? ¿Cada literatura evolucionando únicamente en base a lo escrito en su lengua? Las culturas se enriquecen con la mezcla, y las ideas viajan en libros de una parte a otra del mundo (hoy en día viajan también por internet, pero los libros tienen la gran virtud de no desaparecer cuando se produce un apagón).

Decía Renato Poggioli que “Especialmente en los tiempos modernos, una literatura nacional muestra su capacidad de renovación y de ‘revival’ por medio de la calidad y cantidad de sus traductores”.
Cuando compres un libro, fíjate en quién lo ha traducido. Sus palabras son las que vas a leer. Carlos Fortea, Maite Gallego, Maribel de Juan, Benito Gómez, Javier González Rovira. Grandes nombres que nadie conoce.
Igual que hay un Premio Nacional de Literatura, hay un Premio Nacional de Traducción. Ahora se llama así, pero antes se llamaba Premio Fray Luis de León. ¿Porqué? Pues porque el fraile acabó en la cárcel en el s. XVI por traducir al castellano el Cantar de los Cantares (uno de los cuentos de la biblia). Lo cual no deja de ser curioso, porque en cambio San Jerónimo se considera un santo en el cristianismo porque tradujo la biblia al latín en el s. IV, de hecho es el patrón de los traductores. Es decir, el libro sagrado del cristianismo, que, como hemos visto, era ya de por sí una traducción del hebreo y el arameo al griego, este Jerónimo lo tradujo del griego al latín, y se le considera un santo; pero en cambio unos siglos más tarde, en la parte que nos toca (el catolicismo), cortamos el ciclo y ya no queremos traducir más. ¿Traduces la biblia? Pues a la cárcel. Los protestantes sí quisieron traducir del latín para que la gente se enterase de lo que estaban diciendo, pero aquí por ejemplo en el estado español, hasta bien entrado el siglo XX seguían estando prohibidas las misas que no fueran en latín.
Y por cierto, hablando de la biblia. En griego, libro se dice «biblio», con el prefijo griego hemos formado palabras como biblioteca, bibliófilo, bibliografía. En la Grecia clásica, «biblos» significaba papiro, y por extensión se llamó así a los libros, que se escribían en rollos de papiro. También es el nombre que dieron los griegos a una ciudad fenicia (hoy llamada Gubla) situada en lo que hoy es la costa de El Líbano, cerca de la actual Beirut. Era un puerto fenicio importante y desde ahí se exportaba papiro a Grecia. En cuanto a la «Biblia», eso era el plural de “biblio”, por tanto literalmente significaba «Los libros» y así era como se referían a aquella recopilación de cuentos y leyendas populares. Al empezar a usarse esa palabra griega en latín, el plural original acabado en -a se asimiló a un femenino singular y acabó diciéndose «la Biblia». Es algo normal que ocurre al pasar de una lengua a otra, igual que ha pasado con el plural italiano en -i de spaghetti. El singular es spaghetto, pero apenas se usa en italiano porque nadie coge un único spaghetto! Al pasar ese plural al español, se ha asimilado como singular al acabar en vocal, y sobre él formamos un plural que en realidad es redundante (espaguetis, dos veces plural).
Para terminar, volviendo a la traducción. Es una labor tan sumamente invisible, que se olvida incluso cuando la han realizado grandes escritores y escritoras, de la talla de Julio Cortázar, Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda, Clara Janés, Borges, etc. etc. etc.). No me refiero a saber que tradujeron, sino a buscar sus traducciones en lugar de otras del mismo libro, como si no importase quien lo ha traducido. Algunas editoriales —deberían ser todas— ya ponen en cubierta el nombre de la persona que ha traducido, pero en la mayoría de los casos hay que buscarlo en la portada interior o en la página de créditos.
Fíjate en el nombre de esa persona: es quien ha escrito, vuelto a crear en nuestro idioma, el libro que vas a leer.
PD1: Otro día hablamos de todas las películas, series, documentales, periódicos, revistas, obras de teatro cuyas traducciones vemos/leemos/escuchamos día tras día. (Aunque veas las películas o series en versión original, ¡alguien ha traducido esos subtítulos!).
PD2: Y otro día más hablamos de las condiciones laborales y vitales de las traductoras y traductores, y de los retos a los que se enfrentan hoy en día: una profesión que ya era precaria, empujada ahora por la IA al borde del abismo.
– Ilustración de portada de Melinda Beck.
* Miembro de la asamblea de redacción de LoQueSomos.
Mas artículos de la autora
Comparte este artículo, tus amig@s lo agradecerán…
Mastodon: @LQSomos@nobigtech.es Telegram: LoQueSomosWeb
Bluesky: LQSomos; Twitter: @LQSomos Facebook: LoQueSomos
Instagram: LoQueSomos WhatsApp: LoQueSomos;
