Si consiguen alcanzar algún invasor lo despedazan con las manos
Por Daniel Alberto Chiarenza
24 de febrero de 1807: Carlos IV, rey de España, le otorga el cargo de subteniente de infantería a Manuela Pedraza.
El pueblo de Buenos Aires fija el mediodía del 12 de agosto de 1806 para recuperar a la plaza Mayor de manos de los invasores británicos. La columna de la izquierda al mando de Santiago de Liniers entraría por la calle San Martín –lleva esa denominación por San Martín de Tours, patrono de la ciudad- (desde entonces re-nombrada Reconquista), la del centro mandada por Gutiérrez de la Concha por Santísima Trinidad (la actual San Martín, por nuestro Libertador), en la derecha, por la calle “del Correo” o San Pedro (Florida) iría el grueso con el coronel de dragones Agustín de Pinedo, que se dividiría en fracciones al llegar a la calle de las Torres (Rivadavia) y atacaría a la plaza por las bocacalles del oeste.
Un incidente precipita la operación: los arriesgados miñones se adelantan a observar por la calle de la Santísima Trinidad y se confunden en pelea con una partida de ingleses. Piden ayuda y van los hombres del catalán Felipe de Santenach; vienen a su vez más ingleses en socorro de los suyos. Un momento después se está en plena batalla. Por cinco calles (25 de mayo, Reconquista, San Martín, Rivadavia e Hipólito Yrigoyen) la plaza es atacada simultáneamente por Liniers, mientras “el ejército invisible” establece cantones en las casas alquiladas junto a la Ranchería y frente a la Fortaleza. Los primeros ingleses en ceder serán los del pórtico de la Catedral; los seguirán los de la Recova Nueva. Desde el arco central de la Recova Vieja, donde ha tomado posición el 71º, William Carr Beresford, espada en mano y en cabeza, dirige el combate. Liniers llega por Reconquista atravesado el uniforme por tres balazos; a su lado cae su ayudante, Juan Bautista Fantín.

Una multitud vociferante y desordenada llena la Plaza: ¿3.000? ¿3.500? No se sabrá con precisión; hay uniformados, milicianos sin uniforme, gente de pueblo, mujeres, niños; muchos desarmados, otros con fusiles que no se sabe dónde encontraron. Algunos, que no pierden la disciplina por el tumulto, emplazan cañones; los más se lanzan a la carrera contra la Recova Vieja para caer por los tiros de los ingleses. Si consiguen alcanzar algún invasor lo despedazan con las manos.
Aquí es donde ocurre el episodio de Manuela Pedraza que demuestra el carácter popular de la lucha capaz de recuperar la ciudad. “La Tucumanesa” (así la llama Liniers); ¡Que ocurrencia! ¿No? Porque en realidad el gentilicio es “Tucumana”. Manuela es una mujer de una disposición indoblegable, se lanzó a la calle casi sin pensarlo: entró a la plaza con su marido, quien fue muerto por un inglés. La “Tucumanesa” transformó su furia en un motor que la impulsó hacia adelante, en lugar de amilanarse. Mato con sus propias manos al inglés que le tronchó la vida a su compañero, y a otro más, apoderándose de sus fusiles siguió la lucha entre los tiradores. Al sacarle los fusiles a los enemigos, se los entregó a Liniers como si fueran un trofeo de guerra ganado por su esfuerzo personal, lo cual era cierto.
“Por cuanto atendiendo al valor y distinguida acción de doña Manuela la Tucumanesa [continúa con la antojadiza denominación de Liniers], combatiendo al lado de su marido en la reconquista de Buenos Ayres”, dice el documento en sus líneas iniciales… y luego termina haciéndola a Manuela “subteniente de infantería con uso de uniforme y goce de sueldo de por vida”. Un contramano de la historia en aquel momento, pero no obstante un reconocimiento, una reivindicación, recordemos que Manuela era mujer y era criolla.
Su nombre completo: Manuela Hurtado Pedraza. Había nacido en Tucumán el 17 de octubre de 1780, en el Virreinato del Río de la Plata. Sus padres fueron Alejandro Hurtado y Juana Petrona Hurtado.
Vivió en Buenos Aires, en la esquina de Reconquista y Corrientes (el segundo Cuartel, sexta manzana, vereda al este). Allí compartió morada con su marido, el soldado asturiano José Miranda, Cabo de Asamblea. En el momento del primer embate invasionario, no tenía aún 26 años de edad. Siendo pequeña, comentan que era tan tímida que pasaba días voluntariamente recluida. La timidez era producto del miedo al mundo, algún analista psicologísta podrá decir que desde entonces tenía comportamientos “paranoides”.
Se trataba de “una mujer varonil, con un denuedo superior a todo encarecimiento, y una alegría, presagio de la victoria”, le había informado Liniers en la crónica de los sucesos. La Tucumanesa no sólo había acaudillado grupos de guerrilleros de todas las edades, los cuales arrastraron los cañones hasta la plaza Mayor, “sino que mató a un soldado inglés del que me presentó el fusil”.
Hoy una calle y un colegio de la ciudad de Buenos Aires llevan su nombre. Numerosas calles de pueblos y ciudades argentinas la homenajean, entre ellas una de Mar del Plata, allá por Parque Luro.
En la provincia de Tucumán hay una Comuna Rural con el nombre de Manuela Pedraza. Está a 50 kilómetros al sur de San Miguel de Tucumán, sobre la Ruta Nacional Nº 157 en el Departamento de Simoca (muy cerca de la ciudad de Simoca).
La ciudad de Buenos Aires premia con la Mención de Honor Manuela Pedraza a mujeres ejemplares en las luchas sociales de la Argentina. Fue instaurada para destacar el papel de las mujeres en las luchas sociales de nuestro país. Así dice el gobierno de la ciudad que «se pretende reivindicar la tradición de las luchas emancipadoras y de defensa de los intereses nacionales y populares por las que muchísimos compatriotas ofrendaron su vida».
Manuela falleció el 17 de marzo de 1850 en Buenos Aires.
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