Reconstruir, ¿para qué?
Por Franca Malservisi*
En términos literales, la reconstrucción es el acto de construir de nuevo algo que ha sido dañado o demolido. Pero el término puede hacer referencia a situaciones muy diferentes en función del contexto, la extensión y el origen de la destrucción. El término “reconstrucción”, por sí mismo, no revela nada sobre los motivos que llevan a una sociedad a restaurar o a volver a construir ciertos elementos de su patrimonio arquitectónico.
El debate sobre la conservación del patrimonio arquitectónico suele ocultar una cuestión que, sin embargo, es esencial: ¿por qué las sociedades se esfuerzan por proteger edificios o conjuntos arquitectónicos? Cualquier fenómeno de patrimonialización, es decir, de atribución de un estatus específico para garantizar la transmisión a las generaciones futuras, debería hacernos reflexionar.
Las grandes fases de protección del patrimonio arquitectónico corresponden a la toma de conciencia de situaciones de pérdida de elementos que son percibidos como constitutivos de una cultura, ya se trate de iglesias medievales o de huertos urbanos en las afueras de una gran ciudad, por poner dos ejemplos. La patrimonialización es una respuesta a las poderosas dinámicas de degradación, e incluso de destrucción, de un patrimonio construido. Las culturas que habían construido su entorno básicamente añadiendo nuevas capas (estratificación), experimentaron trastornos profundos. La industrialización, la urbanización acelerada y el abandono de lugares que una vez estuvieron habitados impulsaron enormes iniciativas a favor de la preservación. En este sentido, la designación de sitios como patrimonio se aplica particularmente a construcciones consideradas en peligro: el concepto de patrimonio industrial, por ejemplo, está directamente vinculado en Europa a la desindustrialización y, por consiguiente, al abandono y la demolición de antiguas fábricas.
Reconstrucción, restauración y rehabilitación: ¿Cuáles son las diferencias?
Reconstrucción: intervención directa sobre un bien cultural deteriorado con el fin de llevarlo a un estado histórico anterior, o incluso a su estado original si está debidamente documentado, respetando la lógica de construcción de la época.
Restauración: reparación de un edificio en su estado original con el objetivo de preservar y transmitir su valor patrimonial. Se respetan los planos originales y, en la medida de lo posible, también los materiales. Estos se restauran o se sustituyen por otros idénticos si están demasiado deteriorados.
Rehabilitación: transformación de un edificio existente para adaptarlo a las exigencias contemporáneas, aportar más confort y modernizarlo, respetando y conservando su carácter arquitectónico. La rehabilitación permite adaptar un edificio a nuevos usos y a las normativas actuales en materia de accesibilidad y seguridad contra incendios.
Confianza en el futuro
Según una lógica similar, vemos que las grandes oleadas de reconstrucción del patrimonio arquitectónico se han producido después de guerras o catástrofes naturales. El acto de reconstruir un edificio es una medida esencialmente positiva, que refleja confianza en el futuro y procede de la voluntad de reparar los efectos traumáticos de un acontecimiento. Pero, cuando se trata de reconstruir un monumento, ¿de qué hablamos exactamente? El concepto abarca actividades muy diversas y a menudo difíciles de comparar entre sí.
De hecho, su uso se ha ampliado tanto que el término suele resultar inadecuado. Tras el incendio de la catedral de Notre Dame de París en 2019, la prensa calificó los trabajos de reparación de “gran obra de reconstrucción de la catedral”. Pero, por suerte para la historia del arte y para el conjunto de sus visitantes, la mayor parte del edificio no quedó destruida tras el siniestro. La sección occidental, por ejemplo, no desapareció jamás del paisaje parisino y sigue ofreciendo el testimonio de las modificaciones aportadas a lo largo de siglos de existencia.
El primer interrogante que se plantea entonces hace referencia a la extensión de los daños. Si gran parte del edificio ha quedado en ruinas, la operación equivale a la creación de una nueva estructura que, necesariamente, sólo puede reproducir algunos aspectos del monumento perdido tales como la volumetría general, la organización de las aperturas o la disposición general de los elementos decorativos.
«El resultado de una reconstrucción será siempre un edificio nuevo que tendrá su propia vida, en contraste con el monumento desaparecido»
La relación entre la nueva construcción y la preexistente puede variar en función de la cantidad de materiales reutilizados y la reconstitución de terminaciones y decorados que pueden ser más o menos detallados y fieles al modelo original. El resultado será siempre un edificio nuevo que, destinado a cumplir una función cultural, urbana, social o simbólica, tendrá vida propia en contraste con el monumento desaparecido. Desde el momento mismo de su construcción, esta estructura vivirá su historia singular de adaptación y envejecimiento.
Cuestión de plazos
La cuestión de la temporalidad es un aspecto esencial. ¿Acaso se puede comparar la reconstrucción del puente de Mostar en Bosnia-Herzegovina, destruido por los bombardeos en 1993 durante el conflicto en la antigua Yugoslavia, cuyos trabajos comenzaron pocos años después del trauma, con la reconstrucción de la iglesia de Nuestra Señora de Dresde, en Alemania, reinaugurada en 2005, casi seis décadas después de su colapso durante la Segunda Guerra Mundial? El porcentaje de habitantes que vivieron directamente el trauma no es comparable, como tampoco lo es la demanda de compensación por la pérdida.
Otro aspecto nada desdeñable vinculado a la temporalidad es la duración prevista de las obras para cada tipo de edificio, que se determina en función del periodo de su construcción inicial, el programa, las técnicas empleadas y el uso de la estructura. ¿Es posible comparar la evolución de una fortaleza construida en piedra para que durara siglos, con una vivienda elaborada con arcilla que exige un mantenimiento regular, o un edificio levantado con elementos industriales, concebidos para durar apenas algunas décadas? La longevidad de la construcción y de los elementos que la componen no será la misma según las etapas históricas, las técnicas y la función de la estructura.
En caso de siniestro o de algún suceso catastrófico, la reconstrucción se integra en ritmos de deterioro y de reemplazo muy diversos, y la temporalidad de los oficios necesarios es también un factor importante. Si, por ejemplo, las competencias necesarias están activas y pueden movilizarse porque dichas personas siguen construyendo edificios semejantes, la reconstrucción puede considerarse una tarea de mantenimiento. La situación es muy diferente cuando se trata de una reconstrucción que requiere materiales, elementos decorativos y soluciones estructurales que han dejado de usarse desde hace siglos como las cubiertas de pizarra, cuyas canteras se cerraron hace mucho tiempo.
«Si las competencias necesarias están activas y pueden movilizarse, la reconstrucción equivaldrá a una tarea de mantenimiento»
En este caso, los hombres y las mujeres encargados de la reconstrucción tienen que situarse en otra cosmovisión, en otro universo estético y tecnológico. De modo casi sistemático, las reconstrucciones incluyen soluciones constructivas ajenas a la construcción preexistente, como en el caso del ayuntamiento de Arras, en el norte de Francia, destruido durante la Primera Guerra Mundial, que fue reconstruido mediante el uso de una red estructural de hormigón armado.
La inserción en el paisaje
Además, una reconstrucción no es una operación aislada. El monumento o el conjunto edificado participa también de un entorno urbano o un paisaje más amplio. En realidad, la reconstrucción de un monumento se realiza en el marco de un proceso que abarca dinámicas políticas, estratégicas, sociales y culturales que, a menudo, entran en conflicto entre sí: reconquista urbana, desarrollo turístico, reivindicación identitaria o territorial. Esos contextos, que a veces entrañan una complejidad extrema, no deben hacer olvidar la ineludible otredad del monumento reconstruido respecto al desaparecido, aunque la renovación se haya realizado con extremo cuidado para reproducir el original.
¿Cuál debe ser nuestra posición ante esas “reproducciones” que han ayudado a las comunidades a superar momentos dramáticos? Un buen punto de partida podría ser la actitud de considerar que un monumento reconstruido es la compensación de una pérdida y no el sustituto de una estructura desaparecida. Hoy en día, las drásticas consecuencias que ejerce sobre el clima una economía extractiva y el derroche irremediable de recursos nos imponen una última toma de conciencia. Cuando se elogian los medios humanos y materiales que se han utilizado para reconstruir un monumento, sería importante incidir en la necesidad de aplicar los mismos esfuerzos para evitar otra reconstrucción mediante la prevención de guerras y siniestros, o incluso la contención de inundaciones.
* Franca Malservisi es arquitecta asesora, profesora e investigadora de la Escuela Nacional Superior de Arquitectura de Versalles, Francia. Artículo publicado en El Correo de la UNESCO.
– Imagen de portada: La iglesia de Nuestra Señora de Dresde, en Alemania, destruida por bombardeos en 1945 durante la Segunda Guerra Mundial. Foto de 1993. © Jörg Schöner.
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