La muerte de Sam Abu Haykal
Por César Chelala*
A principios de este mes, en Hebrón, al sur de Cisjordania, un bebé palestino de siete meses, Sam Abu Haykal, murió cuando soldados israelíes abrieron fuego contra el automóvil en el que viajaba con su familia.
Una bala atravesó primero la mano de su padre y luego el cuerpo del niño y de su madre. En el auto también iba su abuela. La escena, por sí sola, debería bastar para detener al mundo: un bebé de siete meses, una familia en un automóvil, soldados disparando, una madre herida, un padre que intenta proteger a su hijo con la mano y no puede, una abuela que ve cómo la vida se desangra delante suyo. Pero no basta. Hace tiempo que no basta.
La muerte de Sam Abu Haykal no fue presentada como una atrocidad que exige un corte moral con lo que está ocurriendo en Palestina. Fue tratada como uno más de esos “incidentes” que se archivan bajo la retórica burocrática de la guerra: el ejército israelí lamentó lo ocurrido, prometió investigar, expresó pesar por los daños causados. Conozco demasiado bien ese lenguaje. Es el lenguaje de las instituciones cuando ya no quieren mirar de frente aquello que ayudan a producir. Se lamenta lo irreparable, se promete una investigación que no llegará a nada y se deja intacta la maquinaria que hace posible la próxima muerte.

El padre del niño fue más preciso que cualquier comunicado oficial. “En Israel no existen las investigaciones. Disparan y matan sin que haya castigo”, dijo. La abuela agregó un detalle que, en su pequeñez, contiene todo el derrumbe de una civilización política: los soldados ni siquiera hicieron un disparo de advertencia. Ni siquiera eso. No lo consideraron necesario. No había allí una familia palestina con un bebé; había, para ellos, una población que en la práctica ha sido degradada al rango de amenaza permanente, aun cuando viaja en un coche familiar con un niño de siete meses en brazos.
Sam Abu Haykal no murió por un error. Murió dentro de un sistema. Un sistema de ocupación, impunidad y supremacía armada que desde hace años naturaliza la muerte palestina y que, desde octubre de 2023, ha ingresado en una fase de brutalidad tan descarnada que ya no admite disfraces conceptuales. Lo que estamos viendo en Gaza y en Cisjordania no es simplemente una guerra cruel ni una escalada descontrolada. Es la ejecución de una política de aniquilamiento, desplazamiento y castigo colectivo contra un pueblo entero. Y si uso estas palabras no es por inclinación retórica, sino porque después de una vida dedicada a la salud pública, a la observación del sufrimiento humano y a la denuncia de las violaciones a los derechos humanos, no encuentro otras más honestas.
He visto muchas formas de violencia. He seguido dictaduras, he escrito sobre desaparecidos, he trabajado con organismos internacionales en contextos donde la pobreza, la enfermedad y la represión se entrelazan hasta hacerse casi indistinguibles. He aprendido, por experiencia, a desconfiar de las palabras grandilocuentes y de los diagnósticos instantáneos. Pero también he aprendido a reconocer cuándo un crimen histórico se está desarrollando a la vista de todos y cuándo el lenguaje prudente deja de ser prudencia para convertirse en complicidad. Eso es lo que ocurre hoy con Palestina.

Israel, con el respaldo activo o la tolerancia efectiva de las principales potencias occidentales, ha llevado adelante en Gaza un genocidio de un ensañamiento que pocas veces se ha visto en tiempos modernos. Lo digo con plena conciencia del peso de la palabra. No se trata únicamente del número de muertos, aunque ese número sea ya insoportable. Se trata del blanco elegido, de la sistematicidad de la destrucción, del asedio deliberado contra la infraestructura de la vida y del propósito político que se transparenta cada día con mayor obscenidad. Las víctimas no son solo combatientes palestinos. Son, de manera abrumadora, mujeres, niños, ancianos, enfermos, personas con discapacidad: es decir, la parte más indefensa de una sociedad sitiada.
Las Naciones Unidas informan que más de mil palestinos han muerto en Cisjordania a manos de las fuerzas de seguridad israelíes y de colonos desde el 7 de octubre de 2023. La Oficina de Derechos Humanos de la ONU registró que, entre esa fecha y octubre de 2025, al menos 213 niños fueron asesinados por fuerzas israelíes o colonos en Cisjordania. En Gaza, la cifra es todavía más devastadora. UNICEF informó que entre el 7 de octubre de 2023 y el 3 de febrero de 2026 murieron 21.289 niños y 44.500 resultaron heridos. Gaza, dijo esa agencia, se ha convertido en “una afrenta a nuestra humanidad compartida”. No se me ocurre una formulación más exacta. Una afrenta. Una humillación para todo lo que las sociedades modernas dicen creer sobre la infancia, la protección de civiles y la dignidad humana.
Estas cifras, que deberían bastar para conmover a cualquier conciencia, no alcanzan a describir la arquitectura del horror. Porque el objetivo no es solo matar; es volver invivible la vida palestina. Destruir hospitales, arrasar barrios enteros, demoler universidades, inutilizar el agua, interrumpir la alimentación, someter a una población a un desplazamiento perpetuo, obligarla a huir una y otra vez hacia ninguna parte. En Cisjordania, el mismo impulso adopta otra forma: ataques de colonos armados, hostigamiento cotidiano, confiscación de tierras, expulsión de comunidades beduinas y pastoriles, aldeas aterrorizadas hasta el éxodo. Lo que se persigue, en ambos escenarios, es una misma finalidad: apropiarse de la tierra palestina reduciendo al mínimo la presencia palestina.

El gobierno israelí ya ni siquiera se esfuerza demasiado en disimular esa voluntad. En Gaza, la destrucción se justifica como respuesta militar; en Cisjordania, se administra mediante una combinación de ejército, colonos y humillación cotidiana. Las casas palestinas se convierten en botín, los caminos se cierran, los olivares se queman, las familias se marchan porque quedarse equivale a exponerse a una violencia sin protección posible. Ese es el verdadero mapa del conflicto cuando se lo mira desde abajo, desde el suelo que pisan los expulsados y no desde los salones diplomáticos donde las palabras “seguridad” y “estabilidad” suelen funcionar como disfraces del despojo.
Uno de los aspectos más perturbadores de esta tragedia es la impunidad con que se ejecuta. Según Yesh Din, una organización israelí de derechos humanos, entre 2018 y 2022 las Fuerzas de Defensa de Israel investigaron 107 casos de palestinos asesinados por soldados en Cisjordania. Solo un soldado fue acusado, y recibió una pena irrisoria de tres meses de servicio comunitario. Es difícil imaginar una pedagogía más eficaz del crimen: matar palestinos no tiene consecuencias. Cuando el castigo desaparece, la transgresión deja de ser excepcional y se vuelve norma de conducta. No es casual, en ese contexto, que el capitán Yotam Vilk, oficial del cuerpo blindado israelí, describiera en 2025 la lógica de las zonas de amortiguación en Gaza con una franqueza escalofriante: allí, dijo, ya no existen categorías como medios, intención o capacidad; basta con la sospecha de transitar por un lugar prohibido. Eso significa que ya no se mata en respuesta a un acto, sino a una presencia. No a una amenaza comprobada, sino a una existencia considerada intrusa.
Frente a semejante realidad, la conducta de las potencias con capacidad de actuar ha sido, por decirlo con moderación, miserable. Francia, Alemania, Gran Bretaña e Italia han respaldado de una u otra forma la ofensiva israelí, y cuando han ensayado alguna crítica lo han hecho con una tibieza tan cuidadosamente calibrada que no altera en absoluto el curso de los acontecimientos. Se deplora una matanza, se pide moderación, se habla de corredores humanitarios, se invoca el derecho internacional y, al mismo tiempo, se preserva intacta la relación estratégica con el agresor. Es una diplomacia de doble contabilidad: una para las declaraciones públicas y otra para la realidad de los hechos. En esa contabilidad, la vida palestina vale poco.
No se trata solo de cobardía política. Hay también una estructura ideológica que lleva décadas operando en Occidente y que reaparece cada vez que Palestina exige ser mirada como algo más que un problema de seguridad para Israel. Esa estructura consiste en aceptar, casi sin confesarlo, que hay pueblos cuyas vidas son plenamente llorables y otros cuya muerte es una fatalidad estadística. Un niño israelí asesinado es, con razón, una tragedia intolerable; un niño palestino asesinado pasa a integrar el casillero de los “costos de la guerra”. Esta jerarquización de la compasión es uno de los signos más repugnantes de nuestro tiempo. No es un desvío de la política occidental: es una de sus verdades más persistentes cuando se trata del mundo árabe, musulmán o periférico.
Las Naciones Unidas han denunciado con claridad parte de esta situación. António Guterres, cuyo mandato como secretario general concluye en diciembre de 2026, ha criticado con firmeza las acciones del gobierno israelí. A cambio, ha sido objeto de ataques, descalificaciones y operaciones destinadas a erosionar su autoridad moral. Pero incluso cuando la ONU habla con dignidad, choca con los límites de un sistema internacional diseñado para inmovilizarse cuando los perpetradores están protegidos por grandes potencias. China y Rusia han esbozado protestas frente a estas acciones, claramente ilegales y contrarias al derecho internacional humanitario. Sin embargo, el cuadro global sigue definido por la parálisis deliberada de quienes sí tienen instrumentos concretos para detener la masacre y eligen no usarlos.
En este punto, Estados Unidos merece una consideración aparte, no solo por su poder sino por su responsabilidad histórica. Su papel en Medio Oriente ha sido determinante y, en términos generales, profundamente negativo. Quien quiera comprender algo del presente debería recordar, por ejemplo, lo que Washington hizo en Irán cuando, junto con Gran Bretaña, orquestó el golpe contra el gobierno democráticamente elegido de Mohammad Mosaddegh en la llamada Operación Ajax. Aquel golpe destruyó una experiencia democrática, facilitó el retorno del sha Mohammad Reza Pahlavi y consolidó un régimen despótico estrechamente aliado con los intereses estadounidenses. Años después, Estados Unidos e Israel apoyaron al gobierno iraquí en la guerra contra Irán. Ese historial vuelve casi grotesca la pretensión norteamericana de presentarse como guardián de la paz regional frente a un Irán convertido, por definición, en amenaza universal.
Pero la relación entre Estados Unidos e Israel tiene además un espesor singular. Israel ejerce una influencia extraordinaria sobre la política exterior norteamericana y, en ocasiones, también sobre aspectos de su política interna. El apoyo militar, financiero y diplomático de Washington ha sido uno de los pilares centrales del poder israelí. Ese apoyo no consiste solo en armas o dinero. Consiste también en blindaje político, en veto o bloqueo de iniciativas internacionales, en el hábito de presentar toda crítica sustantiva a Israel como una forma de desviación moral o de sospechosa radicalidad. Durante décadas, esa alianza ha contribuido a condenar a los pueblos árabes a un horizonte de subordinación, violencia e inestabilidad, mientras se invocan los valores de la democracia para justificar exactamente lo contrario de la democracia.
En tiempos recientes, y sobre todo a partir del desastre de Gaza y del fracaso de la guerra contra Irán como dispositivo de orden regional, han empezado a aparecer en Estados Unidos algunas voces más críticas respecto de la influencia israelí sobre el gobierno norteamericano. Es un dato relevante, pero todavía demasiado débil como para alterar el núcleo duro de la relación bilateral. La estructura de apoyo permanece. Y mientras esa estructura siga intacta, el sufrimiento palestino seguirá administrado por Washington como un costo asumible de su estrategia regional.
A veces se me pregunta cómo ubico este genocidio dentro de todo lo que he visto y de todos los temas en los que he trabajado. La respuesta es dolorosamente simple: lo ubico entre los grandes fracasos morales y políticos de nuestro tiempo, pero también como una síntesis particularmente brutal de varias patologías del orden mundial contemporáneo. Palestina concentra el colonialismo persistente bajo formas actualizadas, el racismo geopolítico que distribuye de manera desigual el derecho al duelo, la descomposición del derecho internacional cuando se enfrenta a aliados poderosos de Occidente y la utilización de la guerra como recurso de supervivencia política por parte de líderes acosados por sus propios fracasos y causas judiciales. En ese sentido, Benjamin Netanyahu se parece a Donald Trump más de lo que ambos admitirían: los dos han hecho de la polarización extrema, del enemigo permanente y del desprecio por las normas una tecnología de autopreservación.
Lo más terrible es que todo esto ocurre ante nuestros ojos y, sin embargo, una parte importante del establishment político y mediático sigue hablando como si estuviéramos frente a un conflicto complejo cuya comprensión exige suspender el juicio moral. Yo creo exactamente lo contrario. Precisamente porque la historia es compleja, hay momentos en que el juicio moral resulta indispensable. Y este es uno de ellos. No para reemplazar el análisis, sino para impedir que el análisis se convierta en un refugio de la indiferencia.
Hace años conocí en Nueva York a Stéphane Hessel, que había llegado a la ciudad como miembro del Tribunal Russell, encargado de evaluar las acciones del gobierno israelí en Gaza y Cisjordania. Hessel había sido combatiente de la Resistencia, sobreviviente de Buchenwald y diplomático que contribuyó a redactar la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Le pregunté cómo, siendo judío, podía participar en un tribunal tan crítico con el gobierno israelí. Me respondió sin vacilar: “Porque amo a Israel”. Esa frase me acompañó desde entonces como una brújula moral de rara precisión. Amar a un pueblo o a una nación no es eximirlo de responsabilidad; es exigirle que no traicione aquello que dice ser. También podría formularse de otro modo: la verdadera solidaridad no consiste en justificar el crimen del amigo, sino en impedir que el amigo se hunda en el crimen.
Pienso en esa frase cuando vuelvo a la muerte de Sam Abu Haykal. Pienso en ese bebé asesinado dentro de un automóvil familiar y en la obscena normalidad con que el mundo recibió la noticia. Pienso en Gaza, donde decenas de miles de niños han sido muertos, heridos, mutilados o desplazados. Pienso en Cisjordania, donde colonos armados y soldados avanzan sobre las vidas palestinas con la convicción de que nada les ocurrirá. Y pienso, sobre todo, en la facilidad con que las grandes potencias han aceptado que un pueblo entero viva bajo una excepción permanente: excepción al derecho, excepción a la protección, excepción a la compasión, excepción a la humanidad compartida.
Cuando una comunidad internacional observa la matanza de niños y sigue hablando de equilibrios estratégicos; cuando gobiernos que se proclaman defensores de los derechos humanos continúan armando, financiando o encubriendo a sus verdugos; cuando la muerte de un bebé como Sam Abu Haykal se vuelve un episodio más en el torrente de noticias y no un punto de inflexión ético, entonces ya no estamos solamente ante una crisis de Medio Oriente. Estamos ante una crisis de civilización. Y si todavía queda algo por defender en el lenguaje de los derechos humanos, en la idea misma de legalidad internacional y en la convicción de que todas las vidas valen lo mismo, esa defensa empieza por llamar a las cosas por su nombre y por negarse a aceptar como inevitable lo que es, en realidad, una decisión política sostenida por el poder.
* En 1979 César Chelala coescribió en Estados Unidos una denuncia temprana sobre las desapariciones y violaciones a los derechos humanos de la dictadura argentina, lo que causó un fuerte impacto en el ámbito internacional. Como consultor internacional en salud pública se ha trabajado desde hace más de 40 años con organismos de Naciones Unidas y otras instituciones internacionales. También desarrolló una larga trayectoria en comunicación centrada en derechos humanos, política internacional y conflictos armados, en artículos en medios como The New York Times, The Washington Post, The Wall Street Journal, Le Monde Diplomatique, La Nación y Mundiario. Su trabajo recibió reconocimientos internacionales como el del Overseas Press Club of America. En este artículo traza un cuadro del genocidio de Gaza desde su vasta experiencia. Publicado en Tektónikos
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