La inclusividad en la gobernanza de la IA propuesta por China
Por Gustavo Ng*
China propone democratizar la IA entre países. ¿Pero quién se beneficiará dentro de ellos?
El 17 de julio de 2026, Xi Jinping utilizó la apertura de la Conferencia Mundial de Inteligencia Artificial de Shanghái para plantear una cuestión que excede ampliamente a China. El presidente chino recordó los setenta años después de Dartmouth, donde un pequeño grupo de investigadores dio nombre al nuevo campo de la inteligencia artificial, para asegurar que la humanidad se enfrenta a cuatro preguntas: cómo convivir con las máquinas que piensan, cómo garantizar la seguridad cuando los algoritmos participan de las decisiones, cómo enfrentar los problemas éticos mediante una gobernanza capaz de adaptarse y cómo conseguir que la IA sea accesible para todos cuando la brecha tecnológica continúa ampliándose.
La respuesta china es que la inteligencia artificial no debería quedar librada ni al mercado ni a la competencia entre las grandes potencias, sino que necesita una gobernanza mundial.
Xi propuso los principios de apertura y beneficio mutuo, seguridad y control humano, inclusión y respeto de la diversidad de civilizaciones y solidaridad para construir una gobernanza global multilateral.
Sobre este último punto reclamó un papel central para Naciones Unidas y asistencia a los países del Sur Global para evitar que la brecha digital produzca lo que denominó “nuevas injusticias históricas” e hizo promesas para apuntalar su posición: ofreció 5.000 plazas de capacitación en IA para países en desarrollo durante los próximos cinco años, anunció centros internacionales de cooperación con ASEAN, la Liga Árabe, la Unión Africana, CELAC, la Organización de Cooperación de Shanghái y los BRICS, y ofreció su sistema meteorológico de IA MAZU a treinta países. Y sobre todo, presentó la concreción de la World Artificial Intelligence Cooperation Organization (WAICO) como un nuevo instrumento de cooperación internacional.

La propuesta tiene una inequívoca dimensión geopolítica. China está diciendo que las reglas de la tecnología que probablemente transforme el siglo XXI no pueden ser escritas solamente por los países que hoy poseen los chips, los modelos, el capital y las grandes corporaciones.
Asimismo, presentó el estandarte de una IA “centrada en las personas”, una fuerza para la “prosperidad compartida”.
De 2023 a Shanghái
Lo expuesto en 2026 no nació en Shanghái. Xi había presentado la Global AI Governance Initiative en octubre de 2023, durante el Tercer Foro de la Franja y la Ruta en Beijing. Aquella iniciativa estableció una serie de principios que continúan intactos: la IA debe beneficiar a la humanidad; desarrollo y seguridad deben avanzar simultáneamente; cada país debe conservar soberanía para decidir su regulación; ningún Estado debe utilizar la IA para interferir en los asuntos internos de otro; debe evitarse la monopolización tecnológica; los países en desarrollo necesitan representación efectiva en la elaboración de las reglas; los sistemas deben ser confiables, trazables y permanecer bajo control humano.
Hay aquí una diferencia de énfasis con buena parte de las iniciativas occidentales. Europa ha construido su arquitectura regulatoria principalmente alrededor del riesgo y los derechos. Estados Unidos ha combinado seguridad, innovación y una extraordinaria gravitación de sus corporaciones privadas. China, por su parte, coloca en primer plano el derecho al desarrollo tecnológico.
Entre 2023 y 2026, China promovió una resolución de la Asamblea General de la ONU sobre desarrollo de capacidades, lanzó un Plan de Acción para IA para el Bien y para Todos y una iniciativa de cooperación internacional IA Plus. Finalmente impulsó WAICO. La propia Cancillería china mantiene estos documentos como partes sucesivas de una misma política internacional. En 2023 China formuló los principios, luego fue diseñando instrumentos y en 2026 comienza a construir una institucionalidad.

Tres voces chinas
No corresponde presentar a Zeng Yi, Gong Ke y Wang Yiwei como “los tres grandes intelectuales chinos de la IA”. Son tres voces relevantes y, sobre todo, tres ejemplos especialmente útiles en tanto comentaron directamente el proyecto presentado en Shanghái.
Zeng Yi, profesor de la Escuela Gaoling de Inteligencia Artificial de la Universidad Renmin y miembro del órgano asesor de alto nivel de Naciones Unidas sobre IA, identifica el problema fundamental en la escasa representación del Sur Global: “Las voces del Sur Global (…) han sido marginadas con demasiada frecuencia en los marcos existentes.” Agrega que ése es precisamente el vacío que China intenta llenar. Para Zeng, WAICO puede constituir una plataforma que corrija esa subrepresentación.
Gong Ke, presidente ejecutivo del Instituto Chino de Estrategias para el Desarrollo de la Inteligencia Artificial de Nueva Generación y expresidente de la Federación Mundial de Organizaciones de Ingeniería, lo formula desde otra perspectiva: “La estrategia china sobre inteligencia artificial está guiada por un principio central: la IA debe beneficiar a toda la humanidad.”
Para Gong, ésa es la diferencia entre concebir la IA como patrimonio común de una transformación civilizatoria y concebirla fundamentalmente como escenario de rivalidad entre potencias. China, sostiene, puede actuar como innovadora, como fuente de experiencias de aplicación y como socio internacional de otros países.
Wang Yiwei, profesor de Relaciones Internacionales de Renmin y conocido especialmente por sus trabajos sobre la Franja y la Ruta y la gobernanza mundial, introduce el sistema multilateral. Su interpretación es que China no debería construir simplemente un sistema paralelo al existente, sino reformarlo. Para Wang el camino consiste en “reformar y mejorar la arquitectura existente de gobernanza mundial” antes que descartarla y empezar nuevamente.
Esto ayuda a comprender que, desde la perspectiva china, WAICO no necesariamente compite con Naciones Unidas. Pretende especializar y reforzar una arquitectura multilateral en la que el Sur Global tenga mayor capacidad de decisión.
Hay además una particularidad de la vida intelectual china que debe tenerse presente al leer estas intervenciones. Sería simplificador afirmar que los intelectuales chinos no critican al poder; existe debate, y en determinadas áreas puede ser intenso. Pero una parte importante de la producción de los think tanks, universidades y expertos vinculados a políticas públicas funciona de una manera diferente de la figura occidental del “intelectual crítico”: analiza problemas, detecta contradicciones y produce conceptos y recomendaciones que puedan mejorar la decisión pública. En ese contexto, Zeng, Gong y Wang son interesantes no porque impugnen el proyecto de Xi, sino porque permiten observar cómo distintos especialistas chinos procuran desarrollarlo conceptualmente.

Floridi: gobernar la infosfera
Puede resultar de utilidad introducir en este desarrollo a Luciano Floridi, uno de los filósofos contemporáneos más importantes de la información y de la ética digital.
Floridi no es un crítico convencional de China. Junto con otros investigadores publicó The Chinese Approach to Artificial Intelligence, un extenso análisis del enfoque chino de la IA que encuentra importantes coincidencias entre los principios éticos desarrollados en China y los occidentales.
El núcleo de su pensamiento parte de una transformación conceptual. La IA no debe entenderse simplemente como una nueva herramienta, sino que estamos construyendo un nuevo ambiente informacional, una infosfera, donde personas, instituciones y sistemas artificiales intercambian información, toman decisiones y modifican mutuamente sus posibilidades de acción. La cuestión fundamental deja de ser solamente qué puede hacer la inteligencia artificial. Pasa a ser qué clase de ambiente humano estamos construyendo con ella.
Floridi y Xi convergen al considerar insuficiente que el desarrollo tecnológico siga simplemente su curso. Hace falta gobernarlo. Ambos reconocen problemas de seguridad, responsabilidad y beneficio social. Ambos hablan de la necesidad de instituciones y reglas.
Sin embargo, miran el problema desde lugares distintos. Mientras Xi construye principalmente una arquitectura política de la gobernanza mundial, Floridi construye una arquitectura ética de la infosfera.
Si Xi pregunta cómo deben convivir los países en el mundo de la IA, Floridi obliga a preguntar también cómo deben vivir las personas dentro de ese mundo: qué ocurre con su autonomía, su capacidad de decisión, su privacidad, su responsabilidad y su dignidad.
Esta diferencia no convierte a Floridi en adversario de la propuesta china, e incluso permitiría completarla. Una ética que ignore las desigualdades tecnológicas entre naciones corre el riesgo de ser universal solamente para quienes poseen la tecnología, pero una gobernanza que se reduzca a coordinar Estados corre el riesgo inverso de perder de vista a las personas.

León XIV: no basta con que progrese el país
Dos meses antes del discurso de Xi, el papa León XIV firmó Magnifica Humanitas, su primera encíclica, dedicada precisamente a “la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial”.
El punto de partida parece sorprendentemente próximo al de Xi Jinping. León no rechaza la tecnología y reconoce que el progreso técnico ha mejorado enormemente la vida humana, pero sostiene que la IA multiplica el poder de tal manera que obliga a preguntarse quién lo ejerce, para qué y sobre quién.
El núcleo de la encíclica puede condensarse en cinco principios de la doctrina social: dignidad de la persona, bien común, destino universal de los bienes, subsidiariedad, solidaridad y justicia social. La IA no puede juzgarse exclusivamente por la productividad que genera, sino que debe evaluarse según sus consecuencias para la vida humana.
En la presentación de la encíclica, León es todavía más claro: cada persona debe quedar incluida en la transformación digital y ninguna puede reducirse a productividad, rendimiento cognitivo o datos. El futuro tecnológico no puede ser construido “para unos pocos privilegiados”.
Xi observa primordialmente la desigualdad horizontal entre países tecnológicamente poderosos y países tecnológicamente dependientes. El Papa observa además una desigualdad vertical, entre quienes concentran el poder tecnológico y quienes reciben sus consecuencias.
Adonde China plantea cómo conseguir que África o América Latina dispongan también de IA, la encíclica obliga a preguntar quién se quedará con el poder y la riqueza que produzca la IA cuando la tengan Argentina, Brasil o Etiopía.
Estas preguntas no son contradictorias, sino que podrían ser dos niveles de una misma cuestión.

Las objeciones occidentales
Las críticas occidentales a la propuesta china son conocidas. Una sostiene que existe una contradicción entre el lenguaje internacional chino sobre transparencia, ética y beneficio humano y su propio sistema de vigilancia, control de Internet y regulación política de los contenidos. Otra advierte que la defensa china de la soberanía puede hacer que derechos considerados universales —privacidad, libertad de expresión, garantías frente a la vigilancia— dependan excesivamente de cada Estado.
Una tercera interpreta WAICO y la cooperación tecnológica con el Sur como instrumentos del ascenso geopolítico chino —China estaría disputando a Estados Unidos no solamente mercados, sino la capacidad de escribir las normas del próximo orden tecnológico. Una cuarta señala que todavía son imprecisos los mecanismos independientes de auditoría, apelación y rendición de cuentas de la arquitectura propuesta.
Otra, menos frecuente, apunta al hecho de que democratizar la IA entre las naciones no equivale a democratizar los beneficios de la IA entre las personas.
El propio documento de 2023 habla de un enfoque centrado en las personas y Xi lo repite en 2026, pero los mecanismos concretos que China desarrolla con mayor precisión se refieren a capacidades nacionales, infraestructura, capacitación, cooperación tecnológica y representación de los Estados.
Amartya Sen, Nobel de Economía y uno de los grandes teóricos contemporáneos del desarrollo, no formuló esta crítica contra Xi, pero su pensamiento permite formularla con precisión. En Development as Freedom, Sen propone dejar de medir el desarrollo fundamentalmente por los recursos acumulados y observar las capacidades reales de las personas para vivir las vidas que tienen razones para valorar. El ingreso importa, pero también la educación, la salud, la participación, los derechos y las posibilidades efectivas de elegir. Aplicado esto a la propuesta china, un país podría recibir centros de datos, modelos abiertos, capacitación, infraestructura y grandes inversiones y convertirse estadísticamente en una potencia regional de IA, pero todavía faltaría saber qué nuevas capacidades adquirieron sus habitantes. El desarrollo del Estado no demuestra por sí mismo el desarrollo humano.
Por su parte, Dani Rodrik, economista de Harvard especializado en globalización, desarrollo y política industrial, desplaza la discusión hacia la estructura productiva.
Rodrik lleva años advirtiendo que las nuevas tecnologías pueden concentrar la productividad en pocos sectores y territorios mientras buena parte de la economía permanece rezagada. Su propuesta de una economía de “buenos empleos” reclama orientar activamente la política tecnológica hacia trabajos productivos, estables y socialmente valiosos. La pregunta que introduciría en Shanghái sería incómoda: no basta con saber cuánta IA recibe un país, hay que saber qué clase de estructura productiva construye esa IA y quién participa de las ganancias de productividad.
El francés Thomas Piketty, cuya obra reconstruyó históricamente la concentración del ingreso y del patrimonio, permite agregar otro elemento. El progreso tecnológico no posee un mecanismo interno que distribuya equitativamente sus frutos. Así, una discusión sobre IA conduce inevitablemente a preguntas que el discurso internacional chino desarrolla poco: quién es dueño del capital tecnológico, quién posee las infraestructuras, quién captura las rentas, cómo tributan las empresas y qué mecanismos redistributivos convierten el aumento de productividad en bienestar colectivo. Una nación puede ganar soberanía tecnológica y simultáneamente aumentar su desigualdad.
Desde Argentina, Natalia Zuazo introdujo recientemente en Tektónikos una perspectiva especialmente útil para América Latina. La politóloga y especialista en política digital observa que China sigue una estrategia diferente de la estadounidense: menos espectacular, orientada al largo plazo y dirigida a convertirse en proveedor de una cadena tecnológica completa para el Sur Global. A través de la Ruta de la Seda Digital y otros programas, ofrece infraestructura, insumos y financiamiento mientras propone diversificar la dependencia tecnológica respecto de Estados Unidos.
Su advertencia devuelve el problema a nuestra región. Elegir tecnología no es simplemente comprar servidores o contratar software, sino que contribuye decisivamente a definir el posicionamiento internacional de un país.

Una IA para todos
China elabora con creciente precisión cómo democratizar las capacidades de IA entre los países, pero menos cómo garantizar internacionalmente que esas nuevas capacidades sean democratizadas dentro de los países. Ese vacío estaba ya en 2023 y continúa en 2026.
Hay razones que lo explicarían, comenzando por que China sostiene con especial énfasis la soberanía y la no injerencia en asuntos internos de otros países. Sería contradictorio ofrecer cooperación al Sur Global y simultáneamente imponerle cómo distribuir sus ingresos, cómo organizar sus relaciones laborales o qué régimen tributario adoptar. Beijing rechaza precisamente las condicionalidades con las que las potencias occidentales y las instituciones financieras internacionales acompañaron históricamente muchas de sus políticas de cooperación.
Pero la contradicción no desaparece por respetar la soberanía. Supongamos que China contribuye a que un país latinoamericano desarrolle una extraordinaria capacidad de inteligencia artificial. El país dispone ahora de infraestructura, personal formado, modelos propios y empresas competitivas, pero los beneficios podrían quedar en manos de cinco grandes empresas y un reducido sector político y económico, la automatización podría destruir trabajos sin crear otros mejores, los salarios podrían no participar del aumento de productividad, las escuelas públicas podrían no mejorar, los pequeños productores podrían no acceder a los nuevos sistemas.
China difícilmente podría afirmar que su objetivo de una IA “centrada en las personas” se ha cumplido porque fortaleció tecnológicamente al país. Sen, Rodrik, Piketty y León XIV, desde tradiciones completamente diferentes, convergen en una pregunta que la arquitectura china todavía no responde suficientemente.
Claro que también sería parcial invertir la acusación. Una ética occidental extraordinariamente sofisticada sobre privacidad, autonomía, transparencia y derechos puede resultar poco universal si la tecnología que pretende gobernar continúa concentrada en un puñado de corporaciones estadounidenses y de países ricos.
No alcanza con una ética de la IA que ignore la estructura mundial del poder, pero tampoco alcanza con una redistribución mundial de la capacidad tecnológica que no examine las relaciones de poder dentro de cada sociedad.
Xi pone sobre la mesa una cuestión que Occidente durante mucho tiempo trató como secundaria: quién tendrá derecho a participar de la revolución de la inteligencia artificial. León XIV y otros obligan a preguntra quién participará realmente de sus frutos.
Para América Latina, ambas preguntas son inseparables. El desafío no consiste solamente en evitar quedar subordinados tecnológicamente a Estados Unidos o China, sino en adquirir capacidad propia y, al mismo tiempo, decidir democráticamente para qué queremos esa capacidad, quién la controlará y quién se beneficiará con ella.
* Nota original en Tektónikos
Comparte, tus amig@s lo agradecerán…
Mastodon: @LQSomos@; Friendica: Loquesomos;
UpScrolled: @LQSomos; Telegram: LoQueSomosWeb;
Bluesky: LQSomos; Facebook: LoQueSomos;
Instagram: LoQueSomos; WhatsApp: LoQueSomos;
Youtube: @LoquesomosAudiovisual
