Frankenstein en la frontera: Paquistán, los talibanes y las heridas de una región
Por Alternative Viewpoint*
Traducción de Fernanda Gadea Martínez
Con el recrudecimiento de los enfrentamientos fronterizos entre Paquistán y Afganistán, las líneas divisorias del orden establecido en el sur de Asia tras el 11-S han quedado claramente expuestas. Lo que en un principio parecía una relación de patrocinio —la búsqueda constante de Islamabad de «profundidad estratégica» a través de sus protegidos talibanes— se ha convertido en una hostilidad abierta. El declive económico de Paquistán, la disminución de la legitimidad de su ejército y la nueva asertividad diplomática de los talibanes han creado una situación precaria que amenaza con remodelar la dinámica regional.
En esta extensa conversación, Farooq Sulehria —escritor, académico y observador desde hace mucho tiempo de la política del sur de Asia— dialoga con Alternative Viewpoint sobre la crisis en la frontera entre Afganistán y Paquistán. También aborda los conceptos erróneos dentro del establishment militar paquistaní y el cambiante panorama del poder global y regional.
Sulehria describe la trayectoria histórica desde la «yihad afgana» patrocinada por la CIA en la década de 1980 hasta el actual enfrentamiento entre un Estado paquistaní debilitado y el régimen talibán empoderado en Kabul. Sostiene que la estrategia tradicional de Paquistán de fomentar la presencia de grupos militantes aliados ha acabado por volverse en su contra, dando lugar a un «monstruo de Frankenstein» que ahora se alinea con la India y desafía a su antiguo protector.

La conversación abarca una amplia gama de temas. Desde las repercusiones internas del militarismo paquistaní hasta la evolución de la geopolítica de la rivalidad entre Estados Unidos y China. También aborda el creciente papel de la India en Afganistán y la grave situación de los refugiados afganos atrapados en medio de Estados fallidos. Sulehria afirma que la única alternativa viable reside en fomentar la solidaridad socialista, secular e internacionalista en todo el sur de Asia, trascendiendo las fronteras militarizadas y las configuraciones imperiales.
Alternative Viewpoint: Usted describe a los talibanes como el «monstruo de Frankenstein» de Paquistán. ¿Podría explicar qué quiere decir con esta metáfora en el contexto actual, especialmente después de los recientes enfrentamientos fronterizos?
Farooq Sulehria: Desde la década de 1980, el Estado paquistaní ha alimentado y apoyado a grupos fundamentalistas armados. Esta colaboración inicial involucró a Estados Unidos, Arabia Saudita y otros países en el marco de la llamada yihad afgana. Sin embargo, incluso después de la retirada de las tropas soviéticas en 1988-89 y la caída del gobierno de izquierda en Kabul en 1993, la política de respaldo a las milicias fundamentalistas continuó. El foco se desplazó de Afganistán hacia Jammu y Cachemira, administrados por la India. El establishment desplegó estos grupos contra los gobiernos civiles. Tras el 11-S, algunas facciones se mostraron insatisfechas con la aparente alineación de Islamabad con Washington contra los talibanes en Kabul. En consecuencia, Paquistán sufrió una ola de terrorismo durante los siguientes quince años. Al mismo tiempo, los talibanes afganos recibieron refugio en Paquistán durante dos décadas. Paquistán ha funcionado como un Estado cliente, dependiendo constantemente del apoyo de Estados Unidos. Este enfoque ha demostrado ser una estrategia arriesgada. Islamabad dio prioridad al patrocinio de Estados Unidos para reforzar a los talibanes, con el objetivo de restaurar su control sobre Kabul y transformar Afganistán en un «patio trasero estratégico», libre de la influencia india. Irónicamente, los talibanes, alimentados y armados a un elevado coste para el Estado y la sociedad, se han alineado ahora con el principal rival de Paquistán, la India. Aquí es donde entra en juego la analogía del monstruo de Frankenstein.
¿Estamos asistiendo a una ruptura genuina entre Paquistán y el régimen talibán, o solo a una renegociación dentro de una alianza larga e incómoda?
FS: Es difícil determinar si estamos asistiendo a una verdadera ruptura entre Paquistán y el régimen talibán o simplemente a una renegociación dentro de su alianza incómoda y duradera. Ambas partes carecen de principios, y el oportunismo define el comportamiento tanto de los talibanes como de la élite paquistaní. Este comportamiento oportunista no es exclusivo de ellos; las élites gobernantes de todo el mundo suelen actuar de manera similar. Sin embargo, creo que la ruptura actual es genuina. El viaje de Amir Khan Mutaqi a Nueva Delhi representa un importante cruce de lo que Islamabad considera una línea roja diplomática.

¿Cómo influyen las actuales crisis internas de Paquistán —el colapso económico, la dependencia del FMI y el caos político— en su nueva agresividad hacia Afganistán?
FS: De hecho, la agresividad hacia Afganistán muestra una nueva confianza. Desde que la «victoria en la guerra» contra la India sirvió para legitimar el régimen híbrido, las continuas palmadas en la espalda de Donald Trump y el silenciamiento de todo tipo de oposición y disidencia, la élite gobernante se ha embriagado de poder. Sin embargo, Islamabad sigue enfrentándose a los retos de la militancia en Baluchistán y los talibanes paquistaníes, también conocidos como Tehrik-e-Taliban Pakistan (TTP). Los ataques del TTP desde sus refugios seguros en Afganistán están molestando al establishment. Quizás en Islamabad exista la ilusión de que pueden coaccionar a Kabul para que se someta. En resumen, no veo la agresión contra Kabul como una expresión de crisis. Más bien al contrario.
¿Hasta qué punto las recientes acciones militares son un intento del ejército paquistaní de reafirmar su legitimidad en el país?
FS: Existe una afganofobia generalizada, propagada a través de diversos medios de comunicación y propaganda. Este sentimiento se ha ido desarrollando desde los acontecimientos del 11 de septiembre. Además de la India, Afganistán se ha convertido en el nuevo «otro» para Paquistán. Como resultado, existe un apoyo a las acciones militares contra Afganistán o una indiferencia generalizada entre segmentos clave de la sociedad.
En un artículo anterior, usted mencionó que «correr con la liebre y cazar con el perro» ha sido la política estatal de Paquistán durante décadas. ¿Por qué ha persistido esta duplicidad a lo largo de los distintos regímenes, tanto civiles como militares?
FS: En el ámbito de la política internacional que involucra a India, Afganistán y potencias destacadas como China y Estados Unidos, predomina la influencia militar. Los llamados líderes civiles tienen muy poca autoridad en estos asuntos.
Usted señala que los talibanes han adoptado una retórica patriótica en lugar de religiosa en sus recientes enfrentamientos con Paquistán. ¿Supone esto un cambio en su proyecto ideológico o es puramente táctico?
FS: Es similar a la situación en Irán, donde los ayatolás combinaron su interpretación del fundamentalismo con una forma de nacionalismo durante la guerra contra Irak. Los talibanes se mantienen firmes en su ideología fundamentalista; sin ella, dejarían de ser los talibanes. No obstante, incorporan estratégicamente elementos de retórica nacionalista y patriota.

¿Cómo perciben los afganos de a pie a Paquistán en la actualidad? ¿Limita este sentimiento popular la influencia de Islamabad sobre Kabul?
FS: Mucho antes del actual enfrentamiento, Paquistán ya había perdido toda simpatía entre la población afgana. Muchos afganos los consideran responsables, en gran parte con razón, de las numerosas miserias que han sufrido.
¿Qué papel desempeñan las facciones internas del Talibán, en particular los grupos Haqqani y Kandahar, en esta escalada de tensión?
FS: Circulan numerosos rumores, pero no hay información concreta disponible. Es difícil hacer afirmaciones definitivas. Sin embargo, quienes siguen de cerca la situación en Afganistán, incluidos los ciudadanos afganos y la diáspora, continúan haciendo hincapié en las diferencias internas, al igual que varios comentaristas en los medios de comunicación. Usted insinúa que la rivalidad entre Estados Unidos y China está configurando la situación regional.
¿Hasta qué punto es plausible la idea de que Washington haya sancionado los ataques de Paquistán en territorio afgano, posiblemente para recuperar influencia a través de Bagram o desafiar a China?
FS: Una vez más, se trata en enorme medida de especulaciones, y no hay pruebas documentadas que respalden estas afirmaciones. Los comentarios de Donald Trump proporcionan contexto sobre el ataque a Kabul, ya que afirmó que Estados Unidos pretendía recuperar el control de la base aérea de Bagram en Afganistán para rodear a China. Sin embargo, es fundamental señalar que Paquistán tampoco puede permitirse irritar a China. Por otro lado, la economía de Paquistán depende en gran medida de Pekín.
¿Cómo gestiona la clase dirigente paquistaní esta contradicción entre el apaciguamiento de Estados Unidos y la dependencia de China?
FS: Llevan gestionando esta relación desde la década de 1960. La cuestión no es solo cómo apaciguarán tanto a Pekín como a Washington, sino que Islamabad tiene dos patrocinadores, y este doble patrocinio supone una amenaza para la democracia en Paquistán. Cabe destacar que los dos patrocinadores suelen tener intereses coincidentes que Paquistán intenta satisfacer simultáneamente.

¿Esta tensión triangular (Paquistán-EEUU-China) sugiere una crisis más amplia en el orden regional «posguerra contra el terrorismo»?
FS: Sí, es un factor que complica las cosas. Sin embargo, esta relación triangular es solo un aspecto de una situación más amplia. La India es otro elemento significativo. Anwar ul Haq, ex primer ministro interino, comentó una vez con franqueza: «Paquistán es el Israel de China». Un lapsus freudiano de este tipo es bastante inusual en Paquistán. No obstante, un acercamiento entre la India y China puede ser crucial para mantener a raya a los Estados Unidos en esta región. En la actualidad, especialmente con el control ideológico del BJP sobre la India, ese acercamiento parece cada vez más un espejismo.
La visita del ministro de Asuntos Exteriores de Afganistán a Nueva Delhi, como usted señala, avergonzó a Islamabad. ¿Cómo debemos interpretar esta creciente proximidad entre la India y Afganistán?
FS: Creo que cualquier gobierno en Kabul se esforzará por mantener relaciones sólidas con Nueva Delhi. Es posible que el régimen talibán intente reconciliarse con Islamabad en un futuro próximo, pero es poco probable que sacrifique su recién forjada amistad con la India. Puede que sean despiadados, pero no son tontos. Se abstendrán de depositar toda su confianza en Paquistán.
¿Está Nueva Delhi tratando de llenar el vacío dejado por la retirada de Estados Unidos, o se trata más bien de proyectar la hegemonía regional en el marco de la agenda nacionalista del Gobierno de Modi?
FS: No estoy en condiciones de analizar esta cuestión para una audiencia india. No obstante, no creo que la India pueda llenar eficazmente el vacío dejado por Estados Unidos.
¿Cómo ve los medios de comunicación indios y las narrativas políticas en torno a la «inestabilidad» de Paquistán? ¿Cumplen una función estratégica a nivel nacional, más allá de la política exterior?
FS: En el pasado, los medios de comunicación indios, especialmente durante el dominio de la prensa escrita, gozaban de un respeto considerable en Paquistán y más allá. Sin embargo, en la actualidad, los medios de comunicación indios, salvo algunos pocos medios alternativos, suelen carecer de credibilidad. También sigo a algunos blogueros, como Shekhar Gupta, de The Print, y Praveen Swami, para evaluar lo que piensa la clase dirigente india. Ravish Kumar es una notable excepción, aunque tiende a centrarse en la política nacional. En general, incluso en plataformas como YouTube, se nota una falta de periodismo de calidad, especialmente en lo que respecta a Paquistán.
La deportación por parte de Paquistán de casi un millón de refugiados afganos ha conmocionado a muchos observadores. ¿Qué revela esto sobre la orientación militarizada y xenófoba del Estado paquistaní?
FS: Además de reflejar la xenofobia, también pone de relieve el oportunismo. Durante la década de 1980, los medios de comunicación celebraron a los refugiados afganos, retratándolos como «hermanos musulmanes» que resistían a los «infieles soviéticos». La narrativa enmarcaba la yihad afgana como, en realidad, una yihad paquistaní destinada a frustrar las aspiraciones soviéticas de acceder a las cálidas aguas del mar Arábigo. Creo que su expulsión también fue manipulada como un medio para ejercer presión sobre los talibanes. Sin embargo, cabe señalar que los talibanes tratan a los afganos de una manera que recuerda a cómo Paquistán cuidó a los refugiados afganos. Esta situación también debe considerarse como parte de una tendencia global más amplia en la era del trumpismo. Cuando las llamadas democracias liberales violan los derechos humanos y de los refugiados, normalizan las malas prácticas. Irán también ha expulsado a refugiados afganos con una brutalidad comparable. Irónicamente, tanto Paquistán como Irán profesan defender los derechos de la umma.
¿Cómo está afectando este militarismo a la clase trabajadora, tanto en Paquistán como en Afganistán? ¿Existe alguna resistencia, solidaridad o disidencia visible que surja desde abajo?
FS: En Afganistán, quizá nadie quiera más problemas. Ya están soportando una situación que pone en peligro sus vidas. Del mismo modo, la sociedad civil ha quedado completamente destruida. En Paquistán, la izquierda y ciertos nacionalistas progresistas de Baluchistán y Khyber Pakhtunkhwa (antes NWFP) se han opuesto a esta escalada. Pero están marginados.
Usted termina un artículo reciente diciendo: «Los Frankensteins no pueden vivir en paz cuando los monstruos del terror mandan». ¿Existe alguna fuerza política, dentro o fuera de estos Estados, capaz de romper este círculo vicioso?
FS: En la actualidad, la situación es muy pesimista. Sin embargo, la fuente de la esperanza siempre lucha. En la región de Afganistán y Paquistán no tenemos otra opción que organizarnos contra todas estas fuerzas oscuras a ambos lados de la frontera. Necesitamos la solidaridad internacional, en particular a nivel del sur de Asia.
¿Cómo sería hoy en día un marco regional progresista y antiimperialista, capaz de contrarrestar tanto la reacción talibán como el nacionalismo militarista en Paquistán y la India?
FS: Creo que tiene que ser abiertamente socialista, secular, internacionalista y antiimperialista. Es crucial destacar que algunos sectores de la izquierda en la India y Paquistán tienen enormes ilusiones sobre China. La izquierda debe comprender que China representa una nueva forma de imperialismo. Además, la llamada multipolaridad se está proyectando como una oportunidad. Es una oportunidad para las clases dominantes, no para las clases trabajadoras.
Lamentablemente, una parte de la izquierda en Paquistán está renunciando incluso al secularismo, por no hablar del internacionalismo y el antiimperialismo anclados en los principios marxistas en lugar del campismo. Como marxistas, lo que privilegiamos por encima de todo es el interés de la clase trabajadora.
Por último, ¿qué puede aprender la izquierda india de la experiencia de Paquistán con la «profundidad estratégica» y sus desastrosas consecuencias?
FS: Creo que la lección principal es: no apoyar las aventuras imperialistas de la élite fuera del país. Las clases trabajadoras y los sectores subalternos son los que sufren las consecuencias.
* Nota original: Frankenstein at the Border: Pakistan, the Taliban, and the Wounds of a Region.
– Traducido por Fernanda Gadea Martínez para CADTM.
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