Febrero: 1898 y 2026
Por Francisco Cabanillas
Si los españoles llegaran a bombardear Nueva York,
en nada afectaría esa agresión al curso de la guerra
o a la prosperidad de la nación.
A.R
Con el regreso de las naves imperialistas al Caribe, venezolano primero y ahora cubano (¿será Veracruz el próximo puerto de entrada o Cartagena de Indias?), no parece haber mejor momento que el actual para leer el libro, publicado un siglo después del incidente-accidente, del periodista español Agustín Remesal, El enigma del Maine (1998), dividido en seis capítulos ilustrativos del estudio:
I. Explosión en el puerto de La Habana
II. Investigación sobre el origen del desastre
III. Comisiones, encuestas y discrepancias en torno al naufragio
IV. El naufragio y la guerra según la razón de Estado
V. Métodos reales e imaginarios para hundir un buque acorazado
VI. La segunda muerte del Maine
¿Cuál fue la “segunda muerte del Maine?
Porque sabemos que España no ocasionó la voladura del acorazado estadounidense anclado en La Habana el 15 de febrero de 1898 —oficialmente, Estados Unidos lo admitió, tantas décadas después, en 1976—, la lectura de El enigma del Maine nos colma de detalles que bien valen la lectura del libro:
En la noche del 14 de febrero aparecieron frases de amenaza contra El Maine anunciando su destrucción, pintadas en las paredes de algunas casas cercanas al puerto, en el barrio de Templete. Alguien había bosquejado un tosco Tío Sam, chulesco y sonriente, cuyo zapatón aplastaba a una joven, Hispania, que dormía plácidamente dentro de la piel de un plátano.
Desde nuestro presente, febrero de 2026, la lectura de El enigma del Maine, más allá de españolismos como este, “España perdió Cuba y sus soldados; así se apagó para siempre el orgullo de cuatro siglos en América,” confirma una serie de medidas que, a estas alturas (y desde antes) del segundo milenio, retratan la política exterior de Estados Unidos; como la ya desvelada falacia sobre las armas de destrucción masiva de Iraq que justificó el magnicidio de Sadam Hussein en 2003, bulo sobre el que, en 2004, se burló George W. Bush en un evento con periodistas de radio y televisión. Antes del hundimiento del Maine en 1898, en la contienda de El Álamo (1836), Texas, los colonos angloamericanos justificaron la respuesta bélica contra México en términos de una defensa de la libertad, en vez de, como es sabido, una continuidad de la esclavitud, la cual México había abolido en 1829.
Junto a las mentiras contra el exangüe, decaído, demasiado decaído, imperio finisecular español de haber volado el Maine con minas submarinas (o torpedos), resalta la retórica de la demonización, España es vista sobre todo como “traicionera” y “granuja,” que los llamados jingoes (“belicistas”), defensores del imperialismo, volcaron contra esa España que, increíblemente, todavía mantenía colonias en América (Cuba y Puerto Rico) y el Pacífico (Filipinas y Guam).
Demonización que resurge en estos días para destronar a Nicolás Maduro el 3 de enero, visto como uno de los “más siniestros capos” del narcotráfico, según declaró el presidente estadounidense en su discurso del Estado de la Nación el 24 de febrero. La idea de que la política exterior de Estados Unidos está moralmente obligada a eliminar el mal para imponer el bien se mezcla en 1898 y en 2026 con la propuesta de una intervención “humanitaria,” la cual, en el caso de 1898, se expone abiertamente:
La consigna de guerra ‘Recordad el Maine’ había sido prohibida, sin embargo, en la flota estadounidense. El gobierno de Washington repetía en sus documentos oficiales y en las declaraciones a la prensa que la única razón de aquella guerra era de carácter humanitario, y que no cabía en la mente de sus soldados ni el más leve atisbo de venganza.
En el caso del secuestro de Maduro (2026), la propuesta “humanitaria” ha sido mayormente tácita: eliminar a un “narcoterrorista” de la realidad económico-política para el bien de Estados Unidos, es decir “la humanidad.”
Una diferencia interesante entre 1898 y 2026 marca una distancia entre lo que, en 1898, se proclamaba abiertamente como una “guerra” necesaria contra el perverso Imperio Español en Cuba, y que, en el caso de Venezuela, no se menciona, pues Estados Unidos definió la intervención como una movida de “ley y orden” contra un “narcoterrorista” y no como una guerra, propuesta que algunos republicanos críticos del trumpismo, como el senador de Kentucky Rand Paul, no se la creen. ¿En qué mundo secuestrar a un presidente no constituye un acto de guerra?, se pregunta retóricamente el senador de KY.
Otra constante que resalta al leer El enigma del Maine hoy, cuando la Doctrina Donroe reclama el hemisferio occidental (y el resto del mundo), confirma la complicidad de la prensa corporativa con los intereses imperiales, más abiertamente manifestada en los periódicos “amarillistas” de William Randolph Hearst en 1898 que, en la prensa de 2026, cuya complicidad con el secuestro de Maduro —una operación muchas veces ilegal— se mantiene hasta el día de hoy como un endoso tácito. ¿Se han pronunciado los periódicos clave del país contra la ilegalidad de secuestro? Es importante resaltar también la complicidad de la prensa corporativa en el control sobre Cuba establecido por Estados Unidos tras derrotar a España en 1898, con la complicidad actual respecto del control sobre el petróleo de Venezuela establecido por el trumpismo.
Simetrías.
Quizás más alucinante que ninguna otra, la incidencia que se traba entre personajes como el Subsecretario de la Marina (1897), líder de la caballería en la Guerra Hispanoamericana (1898) y después presidente (1901-09), Theodore Roosevelt, y el presidente Donald Trump, estalla en una luminosidad asombrosa, como si Trump fuera, en términos de la belicosidad, una reencarnación de Roosevelt, siempre dispuesto a promover la guerra contra España: “Hay pocas cosas [dice Roosevelt] que yo no daría con tal de que mañana se declarase la guerra contra España.”
La tentación de establecer la conexión Roosevelt-John Wayne-Trump no debe verse, en términos de la hipermasculinidad usamericana castrense, como caprichosa. No obstante, hay que destacar que Roosevelt, quien le dio a sus soldados nombres de guerra como “Tarántulas tejanas del gran Teddy” o “Jinetes salvajes de Roosevelt” (Rough Riders), al conjugar su imperialismo finisecular con causas nobles como la preservación de la naturaleza (en Estados Unidos), fue un personaje muchísimo más complejo que Trump, en cuya biografía no encontraremos nada que no esté conectado al fraude y al beneficio personal.
Finalmente, cabe destacar la acción del presidente McKinley, quien, al cabo de un proceso de cinco años, firma la anexión de Hawai en julio de 1898 bajo el lema de la seguridad nacional, con la propuesta de Trump de anexar Groenlandia con el mismo fin de la seguridad nacional: el imperialismo habla un solo idioma.
Aunque lo más dramático, en términos latinoamericanos, de este febrero de 2026 ocurrió el 3 de enero en Venezuela, la voladura de El Maine el 15 de febrero de 1898 mancha el segundo mes de este año (2026) con un hedor a guerra que, el 25 de febrero, se manifestó en Cuba, cuyos militares tuvieron que defender la isla contra una lancha con matrícula estadounidense, tripulada por cubanos-de-Miami, que intentaba violar el espacio nacional. Fuera del ámbito latinoamericano, pero de gran relevancia, lo más dramático de este febrero estalló el 26 con el ataque a Irán, que superó al de Venezuela.
Si la primera muerte del acorazado El Maine ocurrió accidentalmente en el puerto de La Habana en 1898, la segunda, después de haber sido reflotado, tuvo lugar en el Atlántico Norte, a cuatro millas de la costa cubana, en 1912, donde fue hundido con honores por la Marina estadounidense.
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