De la filosofía a la botánica
Por Francisco Cabanillas
Cultivo una rosa blanca […]
José Martí
La masculinización de la agricultura:
Monocultivos, monopolios y mitos.
Vandana Shiva
Esos árboles
que no se llenan los bolsillos
de aguaceros […]
Clemente Soto Vélez
Para acercarse críticamente al tema de la modernidad eurocentrada, plantea el sociólogo-filósofo Ramón Grosfoguel en sus publicaciones y charlas, siguiendo y desarrollando líneas trazadas por el Maestro Enrique Dussel (1934-2023) desde México, hay que ver el salto que, en 1637, como filósofo emblemático de la modernidad, dio Rene Descartes desde el cogito, ero sum —de la escolástica medieval al pensamiento racional moderno (“pienso, luego soy”)—, como problemático.
En vez de liberarse de la metafísica medieval en esa transición, argumenta Grosfoguel et al, Descartes la seculariza. De esa manera, la propaga encubiertamente. Como consecuencia, y aquí recae uno de los aportes del sociólogo-filósofo, el pensamiento moderno occidental resignifica las jerarquías (Grosfoguel encuentra 16) y los dualismos (por ejemplo, cuerpo versus alma, razón versus fe) de la cristiandad, de los que ese pensamiento, sobre todo a partir de la Ilustración, se cree liberado. 
Clave en esa reiteración de las prioridades cristianocéntricas resulta el dualismo entre lo diabólico y lo divino, del que se deriva la oposición moderna entre la llamada “naturaleza” y lo humano; que, más precisamente, concierne al varón, según Grosfoguel, pues la mujer es vista como parte de la naturaleza diabólica.
Secularizada, Descartes resignifica esa oposición en términos de la materia no pensante (la naturaleza, el cuerpo, la mujer) y la pensante (el varón noroccidental), otorgándole a ese sujeto que piensa una soberanía ontológica (“soy”) liberada de la materialidad que lo circunda y en la cual se inscribe. Soberanía que, según el sociólogo-filósofo, constituye una “estupidez,” pues los humanos son “naturaleza.”
Sobre esa secularización, continúa Grosfoguel, Descartes revindica la jerarquía de lo pensante sobre lo no pensante, dejando el camino abierto para que la relación entre el “yo” que piensa y la naturaleza de la que se cree separado favorezca el pensamiento y su correspondiente acción instrumental —la dominación— sobre lo que está fuera del cogito.
Del dualismo de la cristiandad al cartesiano de la modernidad: reaparecen oposiciones y jerarquías.
A partir del dualismo ontológico sujeto-objeto, Grosfoguel acentúa la dimensión destructiva de la racionalidad moderna occidental que emerge de esa oposición civilizatoria, en la cual se inscribe el capitalismo; y que, anterior al cogito cartesiano de 1637, cuenta con lo que Dussel ha llamado el “yo conquiro” de Hernán Cortés en México (1519-21), cuya contundencia remite al llamado descubrimiento de 1492.
Dado que, a partir de 1492, la civilización moderna occidental ha “destruido” todas las civilizaciones con las que se ha enfrentado, Grosfoguel, junto a Dussel y alumnos como Katya Colmenares y José Juan Bautista Segales (1958-2021), se refiere a la modernidad occidental como una “civilización de muerte,” cuyo dualismo fundacional sujeto-objeto erradica la visión holística característica de las civilizaciones ancestrales (africana, asiática y latinoamericana), en las que no se plantea la relación “naturaleza”-sujeto en términos de oposición sino, por ejemplo, de “reciprocidad” entre sujetos.
Como “civilización de muerte,” la modernidad-colonial-occidental que Grosfoguel critica se deja ver con dramática claridad en el campo de la botánica moderna, cuya agricultura industrial —criticada, entre otrxs, por el autor de La botánica del deseo (2001), Michael Pollan— se centra en el monocultivo corporativo.
Desde la botánica moderno-colonial, el monocultivo industrial plantea, en principio, una conquista totalitaria de la tierra cultivada (que nunca logra, debido a la resistencia biológica), en la cual, mediante la alteración genético-corporativa de la planta a explotar, se produce un genoma todopoderoso, privatizado, que combate y destruye las formas de vida aledañas que no están programadas para resistir el embate del glifosato; químico que mata todo lo que crece alrededor del genoma alterado, que lo resiste desde su interioridad genética y postbiológica (por ejemplo, una planta con genes de una bacteria natural del suelo).
Para reproducir a gran escala la vida de lo plantado, el monocultivo moderno-industrial, en complicidad con la ciencia corporativa, mata todo lo que intenta crecer junto a la planta empoderada genética (fascistamente), para, desde esa superioridad celular, imponerse irrevocablemente sobre formas de vida orgánica desechables ante los intereses corporativos; equivalentes al descarte de los pobres que, según Grosfoguel, Henry Giroux y otrxs, el capitalismo neoliberal lleva a cabo.
Como expresión del imperialismo-colonialismo-totalitarismo, el monocultivo moderno mata también cosmologías, epistemologías y estéticas ancestrales surgidas a partir de la relación holística con las plantas fundacionales (en las Américas, el maíz, la papa, la yuca), ahora explotadas instrumentalmente para multiplicar su valor crematístico.
En el caso del maíz, el monocultivo industrial crea la paradoja botánico-literaria más volcánica de la agricultura moderna en las Américas. Paradoja que, alrededor del maíz, olfatea —pero no plantea como tal— el autor de La botánica del deseo (2001), Pollan, al subrayar la presencia de maíz en la inmensa mayoría de alimentos procesados, incluidos refrescos, producidos bajo el complejo agroindustrial de Estados Unidos; en función del cual ese ingrediente se transforma en el omnipresente jarabe de maíz de alta fructuosa (creado en Japón en la década de 1970; en inglés, “corn syrup”) que abarata y edulcora los alimentos industrializados.
Para referirse a esa realidad de la dieta industrial estadounidense, Pollan se vale de un neologismo (en inglés, “cornification”) traducible al español como “maicificación”; la cual transformaría al comensal de esa comida procesada —la mayoría del país— en el mayor consumidor de maíz, y que, a raíz de esa omnipresencia, permitiría hablar —Pollan no lo hace— de los comensales gringos de comida altamente procesada como los nuevos “hombres de maíz.”
Lo paradójico de la “maicificación” —asociada con la enfermedad en casos, bastante comunes, de alto consumo— aflora cuando, desde la literatura latinoamericana, se pone sobre la mesa la tradición del maíz mesoamericano, resumida, ente otrxs, en la propuesta novelística de Miguel Ángel Asturias, Hombres de maíz (1949), cuya puesta en escena acciona la racionalidad de los antiguos mayas en conexión con su libro sagrado, Popol Vuh (redactado entre 1550-58), según el cual el ser humano fue creado, después de varios intentos fallidos, del maíz: fuente de vida y permanencia de la civilización maya-quiché.
Como fuente de enfermedad (obesidad, diabetes tipo 2, hígado graso, problemas de corazón), el alto consumo del jarabe de maíz de alta fructuosa, es decir, la maicificación, choca de frente con el Popol Vuh y con Hombres de maíz, en tanto que transforma la fuente de vida de esa tradición ancestral —el maíz— en patología característica de la dieta agroindustrial, remarcando así la dimensión funeraria que Grosfoguel le adscribe a la modernidad occidental.
De la filosofía a la botánica: vista a través del prisma de la filosofía decolonial antimperialista, la botánica corporativa transgénica moderna exacerba oposiciones y jerarquías emblemáticas de la civilización moderna que el cogito cartesiano secularizó a partir del siglo XVII. En el contexto del monocultivo corporativo, esa secularización asume una identidad de género ostensiblemente viril, como propone Vandana Shiva en el epígrafe de este ensayo al hablar de la “masculinización” —belicista, centralizada, jerárquica, pensada para la dominación— de la agricultura corporativa basada en el monocultivo, cuya agresividad arremete contra el elemento femenino de las agriculturas ancestrales; las cuales, en el caso del maíz, la papa y la yuca prehispánicos, combinaban principios masculinos y femeninos.
Aunque en La botánica del deseo Pollan no toca el caso del maíz transgénico alterado con la bacteria natural del suelo, Bt (Bacillus thuringiensi), lo que dice de la papa transgénica con Bt producida en los grandes monocultivos de Estados Unidos —que no aplica a la yuca transgénica porque no contiene Bt—, dramatiza la propuesta de la modernidad como como “civilización de muerte”; en la medida en que, para la agencia EPA (Environmental Protections Agency) de Estados Unidos, esa papa, de la que se hacen las papas fritas de uno de los fast foods más emblemáticos de Usamérica, no constituye un alimento, sino un insecticida (Bt).
La referencia a la “Oda a las papas fritas” (1959) de Pablo Neruda resulta de rigor:
Chisporrotea
en el aceite
hirviendo
la alegría
del mundo:
las papas
fritas […]
De alegría a insecticida; la botánica corporativa moderna, para explotar la vida, aplica una filosofía de muerte que toca también al maíz Bt del monocultivo agroindustrial, igualmente considerado insecticida por la EPA.
¡Comida que mata!

Antes esa violencia, el filósofo decolonial antimperialista, dusseliano como Grosfoguel, Juan José Bautista Segales, finaliza su ensayo filosófico, ¿Qué significa pensar desde América Latina? Hacia una racionalidad transmoderna y postoccidental (2014), con una reflexión de la modernidad agroindustrial.
Crítica que, para el caso de Bolivia (de donde es el filósofo) y países aledaños, persigue trascender la modernidad occidental agrícola mediante la “recuperación” de la tradición “andino-amazónica,” tanto en términos de lo que se consume como de cómo se produce lo que se come; ya que, al comer, argumenta Bautista Segales siguiendo a Marx, ingerimos no solo el alimento sino también la “intencionalidad,” es decir, la racionalidad instrumental de la civilización que lo produce.
Bautista Segales adhiere a la filosofía sociológica de Grosfoguel —según la cual, para trascender la modernidad eurocentrada, es imprescindible alterar la “subjetividad” que esa “civilización de muerte” produce en los cuerpos subalternizados— al romper el primer punto de contacto del sujeto con la modernidad-colonialidad-corporativa: la dieta.
Contra la “civilización de muerte,” el pensamiento decolonial-antimperialista plantea una filosofía a favor de la vida, cuya política entronca con el ecofeminismo de la activista india Vandana Shiva, defensora clave de las semillas nativas que el complejo agroindustrial moderno-colonial intenta erradicar mediante semillas transgénicas privatizadas; de las cuales, la peor, llamada “Terminator,” contiene una alteración genérica que la hace estéril (hasta ahora, no comercializable).
Semillas que matan: Shiva le sale al paso a la masculinización de la agricultura moderna con todo el peso histórico de la feminidad agrícola tradicional, en la cual la mujer, como madre, vela por la reproducción de la vida mediante la protección y propagación de las semillas nativas, cuya pertenencia corresponde a la humanidad campesina. Protección que condena el robo que, al alterar y privatizar esas semillas desarrolladas a través de los siglos, llevan a cabo las corporaciones, apropiándose del genoma transgénico al que le asignan derechos reservados.
Del extractivismo epistémico, que Grosfoguel subraya para referirse a una de las características clave de la civilización moderna —se roban, dice, el conocimiento de los pueblos subalternizados, como hizo Copérnico respecto de los astrónomos islámicos, y los reclaman como suyos—, al robo de semillas (biopiratería) que combate la botánica ancestral de Shiva desde la presencia y agencia de la Madre, fuente de energía que, desde la racionalidad transmoderna “andino-amazónica” de Bautista Segales, equivaldría a la Pachamama.
De la filosofía (decolonial antimperialista) a la botánica (ancestral): prevalece la liberación.
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