Con un alto el fuego solo, la guerra no terminará
Por Siamak Soltani*
Los acontecimientos de las últimas semanas en el ámbito de los esfuerzos diplomáticos para poner fin a la guerra en Ucrania —tanto entre los pueblos ruso y ucraniano como entre otros países del mundo, que lamentablemente llevan casi cuatro años observando este conflicto entre ambas naciones eslavas— han encendido destellos de esperanza en los corazones de muchos.
Tras el fracaso de la reunión de abril de 2022 en Estambul, algunos creen que por fin podrían haberse reanudado las conversaciones de paz para poner fin a esta destructiva guerra.
Sin embargo, se han hecho evidentes serios obstáculos que dificultan la posibilidad de sentar a las partes en conflicto a la mesa de negociaciones, incluso de manera temporal.
Enumeramos estos obstáculos:
La falta de certeza por ambas partes sobre el carácter provisional de un posible alto el fuego, especialmente a la luz de los documentos recientemente publicados por el ejército alemán, que indican que el país se prepara para una posible guerra con Rusia entre 2028 y 2029. A esto se suma el contrato para la venta de 100 aviones franceses Rafale a Ucrania, cuya producción ni siquiera ha comenzado. Junto con Alemania, Polonia y varios otros miembros de la Unión Europea, su llamado “plan de paz” no parece orientado a la paz, sino a cumplir el objetivo que la señora Merkel y el señor Hollande expresaron en su momento: “ganamos tiempo firmando los acuerdos de Minsk 1 y 2 para equipar militarmente a Ucrania para la guerra con Rusia”.
La existencia de una prohibición en la Constitución ucraniana sobre la cesión de territorio como resultado de negociaciones tras el fin del conflicto, algo que para Zelenski no solo está fijado constitucionalmente, sino también reforzado mediante amenazas de muerte provenientes de los líderes del conocido batallón fascista Azov.
La incorporación de las repúblicas de Donetsk y Lugansk a la Constitución de la Federación Rusa, así como la integración de estas dos repúblicas y de las provincias de Jersón y Zaporiyia en el presupuesto nacional ruso —incluidos los salarios y prestaciones de sus habitantes, seguridad social, seguro médico y fondos de emergencia—, lo cual se considera irreversible desde la perspectiva rusa.
La persistencia de la política de “poner a Rusia de rodillas” por parte de países destacados de la Unión Europea y del Reino Unido. Dada la magnitud de los avances del ejército ruso, especialmente en los últimos dos meses, ha quedado prácticamente claro que esta política ha llegado a un punto muerto, al menos en el ámbito militar.
En el marco de la revisión de sus políticas, la determinación de varios países de la Unión Europea de incautar propiedades y activos rusos en el extranjero —la mayoría ubicados en Europa— ha generado profundas divisiones entre los Estados miembros acerca de esta medida.
Todos estos factores muestran hasta qué punto la prisa de Trump por reunir a ambas partes del conflicto en la mesa de negociaciones está alejada de las realidades sobre el terreno y persigue, además, el objetivo de demostrar la capacidad de Estados Unidos y del propio Trump para poner fin a la guerra.
Incluso si se estableciera un alto el fuego —lo cual, según lo expuesto, parece poco realista—, si este encubriera una guerra mayor y más extensa más allá de las fronteras de Rusia y Ucrania con el fin de fortalecer bases militares y preparar un conflicto aún más amplio, no traería más que incertidumbre para el futuro y la continuación de la vida bajo la repugnante sombra de la guerra.
– Imagen de cabecera: «Los piratas de la guerra de Ucrania», en Metáforas visuales de Ángel Hernández Pardo.
* Miembro de la comisión internacional del Partido de Izquierda de Irán.
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