Brasil: las lecciones del pueblo del agua
Durante la estación de pesca, los Paumari trabajan por turnos con el objetivo de trasladar rápidamente los pirarucús de los lagos hacia la cadena de refrigeración. © Adriano Gambarini / OPAN
Por Marcelo Silva de Sousa*
Enfrentados al descenso dramático de la población de pirarucús, un pez esencial para su supervivencia, los Paumari del estado del Amazonas han participado en un programa de restauración de la especie que combina saberes tradicionales y científicos. El resultado: tras unos años, los peces pueblan de nuevo el río Purus.
En el cauce del río Purus, cuando la luz empieza a bajar y el calor se sostiene sobre el agua, un pez pirarucú rompe la superficie para tomar aire. El sonido – grave, húmedo, ancestral – devuelve al territorio un pulso que estuvo cerca de perderse. “La naturaleza nos pedía socorro”, recuerda el joven pescador Chico Paumari. “Llegábamos al lago y no había nada. Ver nuestras reservas acabarse era muy triste. No sabíamos cómo alimentar a nuestros hijos”.
El amanecer huele a humedad ferrosa y al humo de las fogatas. Los Paumari, un pueblo indígena de unas dos mil personas de la vasta región del estado de Amazonas, en el noroeste del país, se autodefinen con una frase imposible de encontrar en manuales científicos: “Somos el pueblo del agua, los únicos que vivimos realmente dentro de ella.” Cuando el conteo del pirarucú (el mayor pez de escamas de agua dulce del mundo) cayó apenas a 266 ejemplares adultos en 2009, los Paumari se encontraron cara a cara con una amenaza existencial.
Durante años, la academia y el saber tradicional han caminado en paralelo sin tocarse. Los técnicos llegaban con formularios. Los indígenas ofrecían instinto. El punto de inflexión llegó cuando ambos decidieron sentarse en la misma canoa, una alianza que fue promovida por OPAN (Operación Amazonía Nativa), una de las organizaciones indigenistas más antiguas de Brasil, que en esa ocasión actuó como puente entre dos mundos.
Una pasarela entre dos mundos
La recuperación del pirarucú, que hoy ya supera los 10.000 ejemplares adultos censados, fue posible gracias a un método de manejo comunitario que combina vigilancia territorial, censos anuales y una extracción controlada que nunca supera el 30% de los peces adultos. No es solo ciencia ni solo tradición, es una tecnología social que toma de cada mundo lo esencial: de la biología, los protocolos y el monitoreo; del conocimiento ancestral, la lectura del agua, los ciclos de la vida y el respeto por los límites que impone la naturaleza.
“Ellos saben cómo se mueve el río, dónde se refugia el pez, cómo reacciona a la luna o al barro”, explica Felipe Rossoni, biólogo de OPAN que trabaja con el pueblo desde 2009. “Nuestro rol fue ayudar a sistematizar ese conocimiento para dialogar con las reglas del Estado sin cambiar su esencia”, agrega.
Esta gestión común, dice, terminó logrando algo más profundo que la recuperación de un recurso pesquero: cohesionó al pueblo en torno a una agenda común, fortaleció la gobernanza local y permitió construir infraestructuras, crear un fondo comunitario y devolver orgullo a quienes, por generaciones, habían sido desestimados.
“Hoy cuando vemos el lago lleno, sabemos que volvió porque lo protegimos”, afirma Chico Paumari. “No queremos volver a ser un pueblo olvidado.”
Influir en las decisiones
Este avance local se conecta con un proceso mayor en Brasil: la incorporación progresiva del conocimiento indígena en las decisiones nacionales. En el centro de ese movimiento Eloy Terena, abogado indígena y secretario ejecutivo del Ministerio de los Pueblos Indígenas, creado en 2023, reconoce que este procedimiento implica cierta pedagogía: “El desafío es técnico y jurídico: hay que lograr integrar los saberes de la aldea y los tiempos de la naturaleza dentro de la rigidez administrativa”, explica.
Se trata de traducir la cosmovisión tradicional en procedimientos capaces de influir en licencias ambientales, demarcaciones y políticas climáticas.
Este proceso todavía ha de hacer frente a ciertas resistencias. Algunos sectores económicos continúan viendo la demarcación de tierras como un freno al desarrollo. Sin embargo, varios estudios demuestran la pertinencia de las prácticas indígenas en la gestión de sus tierras. Según el IPAM (Instituto de Investigación Ambiental de la Amazonía), las Tierras Indígenas son “de lejos” la categoría territorial más eficaz para contener la devastación.
“Los números son contundentes”, explica la investigadora del IPAM Paula Guarido. “En los últimos 30 años, las Tierras Indígenas en Brasil perdieron apenas 1,2% de vegetación nativa. Las áreas privadas, en el mismo espacio de tiempo, perdieron cerca del 20%”.
El dato climático es aún más revelador. En la Tierra Indígena del Xingu, localizada en las regiones brasileñas Mato Grosso y Pará, la temperatura promedio dentro del territorio es dos grados menor que en las áreas agrícolas circundantes, y la evapotranspiración – motor de los “ríos voladores” que riegan el centro-sur del continente- es significativamente mayor. “Donde hay tierra indígena, hay bosque en pie”, resume Guarido. “Son la última frontera verde.”
Durante la reciente conferencia climática COP30 celebrada en noviembre de 2025 en la ciudad brasileña de Belém la voz de los pueblos indígenas emergió como pilar de cualquier estrategia climática seria.
Ríos voladores
Existe una línea recta entre los lagos recuperados del Purus, las imágenes satelitales del Xingu y los compromisos climáticos del planeta. Una línea que indica que la defensa de los territorios indígenas es inseparable de la estabilidad climática global, según expertos.
Al caer la tarde, cuando los sonidos de la selva cambian de frecuencia, la Amazonía sigue enviando humedad en forma de ríos voladores hacia el sur del continente, regando cultivos cuyos beneficiarios a menudo desconocen -o subestiman- a quienes mantienen vivo ese ciclo.
Proteger los territorios indígenas no es un acto de caridad antropológica, sino una estrategia de supervivencia planetaria
La lección que llega desde los pueblos del agua es sencilla y urgente: proteger los territorios indígenas no es un acto de caridad antropológica, sino una estrategia de supervivencia planetaria.
Dinamam Tuxá, coordinador de la APIB (Articulación de los Pueblos Indígenas de Brasil), deja un mensaje que sintetiza el espíritu esta historia: “Nosotros ofrecemos la tecnología para evitar el fin del mundo. La pregunta es si la humanidad está dispuesta a aprender, o si seguirá creyendo que sabe más que la tierra”.
LVMH y la UNESCO se alían para defender la biodiversidad
Desde 2019, la empresa LVMH colabora con el Programa sobre el Hombre y la Biosfera de la UNESCO (MAB). Durante los primeros cinco años, esta iniciativa se ha centrado en ocho reservas de biosfera de la región amazónica situadas en Bolivia, Brasil, Ecuador y Perú que abarcan cerca de 30 millones de hectáreas y albergan a 1,3 millones de personas, entre ellas numerosas comunidades indígenas.
En estrecha colaboración con estas comunidades, más de 80 iniciativas destinadas a beneficiar a más de 1.000 familias y jóvenes han permitido restaurar ecosistemas y crear fuentes de ingresos sostenibles. Entre dichas iniciativas, cabe destacar la implantación de una gobernanza participativa, así como la capacitación para combatir los incendios forestales. La coparticipación también ha fomentado el desarrollo de actividades generadoras de ingresos, como la creación de joyas en Bolivia o la producción de cacao según prácticas agroforestales en Ecuador o Perú.
Por otra parte, en Perú, cerca de 28.000 personas se han beneficiado indirectamente de cursos de formación sobre prevención y gestión de incendios, y unas 18.000 personas se han visto favorecidas indirectamente por el apoyo al ecoturismo y la agrosilvicultura, así como por la producción de cacao, café, artículos de artesanía y miel en las reservas peruanas.
* Periodista en Brasilia, Brasil. El Correo de la UNESCO
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