Cuba. El asedio estadounidense se intensifica cada vez más

Cuba. El asedio estadounidense se intensifica cada vez más

Por Giorgio Trucchi*

Cuba se encuentra nuevamente en la línea de fuego del imperialismo más obsoleto. Aunque las agresiones nunca han cesado, lo que se está viviendo en este tramo final de 2026 roza la perversidad más extrema. La maquinaria de Washington ha puesto en marcha una vez más sus engranajes de estrangulamiento. Las últimas y severas sanciones impuestas contra La Habana tienen como objetivo paralizar cualquier intento de soberanía económica y de derecho a la autodeterminación, afectando directamente el sustento y la vida cotidiana de las familias cubanas.

Esta inhumanidad no es un hecho aislado, sino la culminación de un bloqueo histórico que ya se arrastra desde hace casi siete décadas. Desde los primeros decretos punitivos, promulgados al día siguiente de la victoria revolucionaria y consolidados en 1962, la estrategia de Washington ha seguido la lógica colonial del memorándum Mallory: derrocar al gobierno de La Habana exasperando a la población mediante medidas destinadas a imponer privaciones materiales y a generar hambre y desesperación. A lo largo de los años, leyes restrictivas como la Helms-Burton han endurecido el asedio, causando un daño acumulado que hoy supera los 178 mil millones de dólares. Entre marzo de 2025 y febrero de 2026, las pérdidas superaron los 8 mil millones, con un aumento del 7% respecto al período anterior.

El asedio histórico se traduce hoy en un ataque diario contra sectores vitales. En el sector alimentario, la persecución financiera obstaculiza la compra regular de la canasta de productos de primera necesidad. En el sector de los servicios, la crisis del transporte se agrava debido a la imposibilidad de obtener repuestos, lo que paraliza la movilidad interna. Además, las medidas recientes implementadas —en particular, el bloqueo energético y de hidrocarburos impuesto a partir de enero de este año— equivalen a un verdadero bloqueo naval y a un acto de guerra no declarada.

El sector de la salud pública es, sin duda, uno de los objetivos más crueles. En los últimos 65 años, el daño causado por el bloqueo estadounidense en este sector supera los 4,2 mil millones de dólares (Minrex). Solo en el último año analizado, el impacto financiero directo fue de 268,5 millones. Para dar una idea del alcance de esta sanción, las autoridades cubanas destacan que las pérdidas totales causadas por el bloqueo en solo 25 días bastarían para financiar toda la lista de medicamentos esenciales durante un año (estimada en 339 millones de dólares). Del mismo modo, apenas 9 días de bloqueo equivalen al presupuesto total necesario para importar el material sanitario desechable para todos los hospitales.

Debido a las leyes extraterritoriales de Estados Unidos, en Cuba está prohibido o muy limitado el acceso a más del 50% de las novedades farmacéuticas mundiales. Entre ellas se encuentran medicamentos oncológicos pediátricos protegidos por patentes estadounidenses, medicamentos contra la demencia y terapias avanzadas como el Nusinersen, vital para el tratamiento de la atrofia muscular espinal. Recientemente, la multinacional farmacéutica suiza Novartis informó que no podía suministrar a la isla la cabergolina, un principio activo indispensable para evitar complejas intervenciones neuroquirúrgicas en pacientes con tumores hipofisarios (Minrex – Medicuba). El sistema de salud ni siquiera puede adquirir equipos de vanguardia como el robot Da Vinci Xi para cirugía mínimamente invasiva, ni conseguir las piezas de repuesto para los tomógrafos o para los equipos de diagnóstico oncológico de alta tecnología como la PET-TC (Medicuba – Minsap).

A esto se suma el hecho de que la crisis del combustible de 2026, agravada por la caza de buques cisterna, ha paralizado dramáticamente los quirófanos. La escasez de suministros mecánicos y la paralización de los sistemas de climatización en las unidades de terapia intensiva han generado una lista de espera estancada en más de 100.000 personas que esperan una cirugía, entre las que se encuentran más de 11.000 niños. Al mismo tiempo, el programa de inmunización cubano —que incluye tanto las vacunas pediátricas tradicionales como las contra el Covid-19— enfrenta amenazas constantes: los apagones y el congelamiento de los canales bancarios paralizan las plantas biotecnológicas locales, privadas de materias primas y reactivos esenciales.

La emergencia energética y la crisis del agua afectan dramáticamente a los departamentos de nefrología, lo que obliga a una reutilización extrema de los dializadores para los pacientes en hemodiálisis. Ante la paralización del transporte, el Estado se ve obligado a hospitalizar a largo plazo a los enfermos crónicos que residen lejos de los centros especializados, una medida logística que, lamentablemente, expone a las personas inmunodeprimidas al riesgo de contraer peligrosas infecciones nosocomiales (Minsap).

La actual ofensiva ha alcanzado niveles sin precedentes incluso en el sector financiero y de la navegación comercial, debido al impacto directo de las directrices aplicadas entre 2025 y 2026. Con la entrada en vigor de las últimas restricciones en septiembre, a los bancos sujetos a la jurisdicción de Estados Unidos se les prohíbe terminantemente procesar transacciones triangulares (las llamadas operaciones «U-Turn»), se están cancelando los permisos para viajes científicos o conferencias y se persigue con saña el suministro de combustible destinado a la isla.

Así queda al descubierto el cinismo de Washington: mientras sus portavoces repiten el viejo discurso de querer «ayudar al desarrollo del sector privado», las directivas vigentes impiden que las instituciones de crédito estadounidenses abran o mantengan cuentas incluso para los empresarios independientes cubanos. Las micro, pequeñas y medianas empresas (MIPYMES) se ven asfixiadas incluso antes de poder consolidarse, mientras que miles de contenedores cargados de alimentos y medicamentos permanecen bloqueados en los puertos internacionales bajo la amenaza de represalias judiciales.

En el plano diplomático, el podio de la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU) volvió a convertirse en escenario de abierta hostilidad. Desde esa tribuna, el presidente estadounidense Donald Trump lanzó un duro ataque contra la mayor de las Antillas, calificándola de «Estado fallido» mientras reivindica con orgullo el estrangulamiento con el que busca asfixiar su economía. Una retórica que no sólo ignora la condena casi unánime del mundo contra el bloqueo, sino que también eleva la violencia económica y la militar —como en el caso de la invasión de Venezuela y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y de la primera combatiente y diputada Cilia Flores— a instrumento legítimo de presión política.

A este coro de hostilidad se suma la arrogancia del secretario de Estado, Marco Rubio, quien no dudó en lanzar amenazas abiertas al declarar en tono triunfalista que «Cuba ya ha caído». La respuesta del ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, Bruno Rodríguez Parrilla, desmontó el discurso de Rubio, demostrando que el secretario es el exponente por excelencia de una política agresiva, obsoleta y aislada, carente de verdad y sustentada únicamente en el chantaje, la fuerza y la intimidación sistemática. Según el Centro de Estudios sobre América Latina de la American University de Washington, Estados Unidos invertiría anualmente entre 60 y 70 millones de dólares en operaciones psicológicas y de información contra Cuba, principalmente a través de las redes sociales, para fomentar el descontento y provocar un levantamiento popular que derrumbe al gobierno.

Esta situación pone de manifiesto una vez más los límites estructurales y las contradicciones internas de las Naciones Unidas. De hecho, el organismo internacional se encuentra operando en una evidente asimetría: mientras ofrece una tribuna institucional a la retórica unilateral de la derecha internacional, demuestra al mismo tiempo una incapacidad crónica para hacer valer sus propias resoluciones. Se trata de una parálisis institucional y sistémica. Durante 33 años, el voto casi unánime de las naciones ha exigido el fin del bloqueo económico, comercial y financiero de Estados Unidos contra Cuba; sin embargo, la ONU no cuenta con los mecanismos sancionadores ni con la fuerza (o la voluntad) política necesarios para obligar a Washington a respetar el derecho internacional.

En respuesta al endurecimiento de las sanciones, varios gobiernos de la región han consolidado redes de cooperación con La Habana. México, bajo la presidencia de Claudia Sheinbaum, ha mantenido el envío de ayuda humanitaria, alimentos y apoyo técnico, al tiempo que busca soluciones para el suministro de combustible. A nivel continental, Nicaragua y Brasil también han reiterado su apoyo a La Habana en los foros internacionales. En este contexto, la segunda vuelta de las elecciones presidenciales brasileñas del próximo 25 de octubre entre el presidente saliente, Luiz Inácio Lula da Silva, y el representante de la extrema derecha, Flávio Bolsonaro (ganador de la primera vuelta con el 47 % de los votos frente al 45 % de Lula), adquiere una importancia estratégica para el futuro de las relaciones bilaterales con la Isla y para América Latina en general.

En el plano estratégico, potencias globales como Rusia y China le han tendido una mano a la mayor de las Antillas durante los meses más difíciles de 2026, aunque han tenido que lidiar con un bloqueo financiero que limita su alcance. Moscú ha intentado eludir las restricciones energéticas enviando cargamentos de petróleo crudo desde los Urales, mientras que Pekín ha dado prioridad a la transición estructural acelerando el financiamiento para la instalación de sistemas fotovoltaicos y parques solares, combinando el apoyo político con la necesidad de reorganizar los vínculos comerciales en un contexto de fuerte asfixia económica.

En este contexto, la arquitectura financiera global está mostrando señales de cambio en las que Cuba busca desempeñar un papel activo dentro del Sur del mundo. Desde su ingreso oficial como «miembro asociado» del grupo BRICS, ratificado precisamente en septiembre de 2026 durante la cumbre de Nueva Delhi, la Isla ve en esta plataforma una alternativa real a la hegemonía del dólar y a las limitaciones del sistema SWIFT.

El escudo económico de los BRICS ofrece la posibilidad de acceder a nuevas líneas de crédito —a través del Nuevo Banco de Desarrollo (NBD)— y de promover el comercio en monedas locales. La plataforma, tal como se reafirmó en la Declaración de Nueva Delhi, se posiciona como el motor de un «orden multipolar basado en la cooperación no hegemónica, capaz de atenuar el impacto estructural de las sanciones unilaterales», como el bloqueo estadounidense. También en este caso, el resultado de las elecciones brasileñas desempeñará un papel decisivo. Un posible cambio de rumbo en Brasilia correría el riesgo de frenar la agenda de desdolarización y los mecanismos de crédito alternativo promovidos por esta coalición intergubernamental.

Solidarios con Cuba se encuentran también casi 9 mil intelectuales, activistas y organizaciones de 58 países que han pedido el fin del asedio. Los firmantes del documento «No a la agresión militar contra Cuba. Manifiesto internacional contra el avance del fascismo en América Latina» denuncian las casi siete décadas de sabotaje económico y comercial, así como las medidas inhumanas de estrangulamiento adoptadas este año, las cuales presentan «las características de un genocidio».

A pesar de los obstáculos burocráticos y el estrangulamiento planeado en las oficinas de Washington, Cuba resiste. Ante las presiones externas, el gobierno cubano responde apoyándose en la cohesión interna y en la identidad y dignidad histórica de todo un pueblo. Mientras Estados Unidos insista en disfrazar el anacrónico bloqueo de legalidad institucional, la solidaridad de los pueblos y la consolidación de un orden internacional multipolar seguirán representando un recurso fundamental para mitigar sus trágicos efectos.

* Nota original: Cuba. Sempre più intenso l’assedio statunitense.
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