Por una nueva etapa de la cooperación Brasil-China

Por una nueva etapa de la cooperación Brasil-China

Por Luiz Zarref, Caroline Gomide, Barbara Loureiro, Paula Veliz*

Hay un internacionalismo que se hace en la solidaridad política y otro, hoy decisivo, en la cooperación material entre los pueblos. El imperialismo de nuestro tiempo es, en buena medida, tecnológico: quien controla la ciencia, las máquinas y los datos influye en la producción de alimentos y en la autonomía de las naciones.

Campesinado, fuerzas productivas y lucha antiimperialista

Entre países periféricos, a la solidaridad hay que sumarle la capacidad material de desarrollar y producir por cuenta propia.

Con ese propósito nació Baobab (Asociación Internacional para la Cooperación Popular), de la que el MST es uno de los fundadores. Baobab articula movimientos, universidades y Estados del Sur Global en cooperaciones concretas para desarrollar tecnología allí donde antes había dependencia. Una de sus experiencias más palpables es la cooperación agrícola Brasil-China para la agricultura familiar.

La agricultura campesina, que produce la mayor parte de los alimentos en ambos países, trabaja en Brasil donde el gran capital no entra porque no le resulta rentable, con mucho saber acumulado y poca tecnología apropiada. Superar ese límite es decisivo para que la soberanía alimentaria sea parte constitutiva de un proyecto nacional.

El MST (Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra) está mejorando su trabajo en el campo gracias a la maquinaria china

La arquitectura de la dependencia

La dependencia agrícola brasileña no es un accidente que se corrige por decreto, sino una estructura en capas. La primera es la concentración de la tierra, consolidada por la Ley de Tierras de 1850, que instituyó la propiedad privada en el país e impidió un reparto justo de la tierra a las masas esclavizadas, que poco después tendrían una abolición sin ninguna reparación. La segunda es el modelo productivo de la Revolución Verde, que la dictadura actualizó sin tocar su raíz, en lo que se conoce como modernización conservadora.

Hoy se forma a gran velocidad una tercera capa: la digital. Con infraestructuras que extraen datos del campo brasileño, del agronegocio a la agricultura campesina, las grandes tecnológicas estadounidenses alimentan sistemas avanzados de monitoreo y gestión de la agricultura nacional, capaces de reconfigurar toda la producción agropecuaria del país y de imponer un nuevo nivel de subordinación a los intereses imperialistas.

La superación de ese destino viene de los movimientos populares, polo dinámico de la lucha de clases en el campo, que enfrentan al agronegocio y presionan a los gobiernos progresistas por cambios estructurales y políticas públicas. Parte constitutiva de esa construcción es lo que el MST definió como masificación de la agroecología, que pasa en buena medida por apropiarse de los medios de producción. Frente a ella, Baobab viene trazando en los últimos años un nuevo camino de cooperación internacionalista entre países del Sur. Tres ejemplos concretos muestran esos avances: máquinas, bioinsumos e inteligencia artificial; dicho en metáfora, el músculo, el metabolismo y el sistema nervioso. No son cooperaciones aisladas con China, sino tres frentes de un mismo esfuerzo por la soberanía alimentaria.

El músculo: mecanización a escala familiar

La industria de maquinaria fue pensada para el latifundio y el monocultivo de exportación, y trata al agricultor familiar como un cliente marginal. Apenas uno de cada diez establecimientos familiares tiene tractor, y la desigualdad es también regional: el Nordeste reúne casi la mitad de los establecimientos campesinos, pero es la región menos mecanizada, mientras que el Sur concentra la flota; solo Rio Grande do Sul tiene más tractores que el Norte y el Nordeste juntos. Nueva Industria Brasil, el plan de reindustrialización del gobierno federal, fijó la meta de elevar la mecanización familiar del 18% al 70% para 2033, con un 95% de equipos de fabricación nacional: una meta ambiciosa, pero que por ahora no tiene cronograma ni presupuesto que la respalden.

Tractores de fabricación china. Maquinaria para el desarrollo de la agricultura en Brasil

La arcaica estructura agraria brasileña permitió que se formara un oligopolio en la industria de maquinaria, una de las razones centrales de ese proceso criminal que priva de mecanización al campo. La “industria nacional” de maquinaria agrícola es, en su mayor parte, extranjera: las líderes instaladas en Brasil son filiales de grupos de Estados Unidos y Europa. Solo AGCO (Massey Ferguson y Valtra) declara cerca del 41% del mercado de tractores, junto a John Deere y CNH (1). Son precisamente esas filiales las que terminan protegidas por las reglas de contenido nacional del crédito público, con la apariencia de defender la producción del país.

La cooperación con China entra en ese espacio, con tractores pequeños y medianos. Fruto de una revolución socialista de base campesina, la reforma agraria china consolidó una geografía favorable a una industria volcada a las necesidades de su pueblo diverso. Aun después de una intensa industrialización y urbanización, China mantiene cerca de 240 millones de establecimientos campesinos, que manejan poco más de 120 millones de hectáreas. Prioridad del Partido Comunista de China dentro de la estrategia de revitalización rural, esa agricultura se moderniza constantemente con la actualización de las fuerzas productivas: la mecanización ronda el 70%, con una infinidad de máquinas pensadas para parcelas que tienen, en promedio, cerca de un tercio de hectárea.

En los últimos tres años, Baobab impulsó un intenso intercambio entre actores de ambos países. A partir de los lineamientos del programa de Reforma Agraria Popular del MST, se articularon instituciones de investigación, organismos de gobierno, cooperativas campesinas y empresas en un nuevo eje de cooperación. Primero vinieron dos centros de prueba de maquinaria agrícola (la Unidad Demostrativa Brasil-China, en Apodi/RN, y el Centro BR-CN para la agricultura familiar, en la UnB), donde decenas de modelos chinos se adaptan al territorio brasileño. El paso más reciente es una alianza histórica con Sinomach, el mayor conglomerado estatal de maquinaria de China, que está haciendo posible la creación de fábricas brasileñas de tractores para la agricultura campesina.

El metabolismo: los bioinsumos y la dependencia de los fertilizantes

Si la mecanización es el músculo, los bioinsumos abren un camino para superar la dependencia de fertilizantes importados, recomponiendo el ciclo de nutrientes que la agricultura industrial rompe al sacarle al suelo más de lo que le devuelve. Las cifras muestran la gravedad de la subordinación creada por el agronegocio: entre los cinco mayores productores agrícolas del mundo (junto con Estados Unidos, Rusia, China e India), Brasil es el único que depende del exterior para todos los insumos de su producción; en los fertilizantes NPK, esa dependencia llega a cerca del 90%.

En este terreno, Baobab buscó en China tecnologías que se pueden aplicar a gran escala, capaces de superar los límites históricos de la producción artesanal de bioinsumos. La de mayor potencial es el compostaje acelerado, con la Universidad Agrícola de China como socia principal. Esta tecnología convierte residuos orgánicos en fertilizante en pocos días, combinando reactores metálicos con inoculantes microbianos. Es una nueva rama industrial, con fuerte apoyo del Estado socialista chino, en el marco de lo que allí se llama civilización ecológica.

La cooperación toma forma en el plan de biofábricas del MST, que instalará biorreactores junto a las centrales de abasto (CEASA) y a las cooperativas. El desperdicio que enfrenta es enorme: cerca del 45% de la basura urbana brasileña es orgánica, pero casi nada se composta, y más del 40% de todos los residuos todavía va a rellenos sanitarios y basurales, a contramano de la Política Nacional de Residuos Sólidos, que manda compostar lo orgánico y enterrar sólo lo que no tiene otro uso. Sólo en las CEASA se pierden cerca de 340,000 toneladas de alimentos al año, tres cuartas partes rumbo al relleno; aprovecharlas evita cerca de una tonelada de CO₂ por cada tonelada desviada.

Baobab también apoya la integración de esta tecnología con el polvo de roca (remineralizadores), un camino de soberanía sobre los fertilizantes señalado hace más de una década por Suzi Theodoro y Othon Leonardos, que permitió a Brasil usar cerca de tres millones de toneladas de este insumo sólo en 2022, en casi el 10% del área agrícola total. Combinar la actividad microbiana acelerada del compostaje con el polvo de roca puede mejorar mucho la calidad de los insumos finales.

Pero Baobab no quiere reducir un campo científico tan complejo a la promoción de una u otra tecnología. Por eso impulsa también las Escuelas Internacionales de Bioinsumos: en seis ediciones desde 2023 (Argentina, Nepal, Brasil, Tanzania, México y, en 2026, China), formó a más de 190 participantes de unos treinta países del Sur Global, uniendo formación política y técnica.

El sistema nervioso: la inteligencia artificial y los datos

La digitalización del agro trae una nueva dependencia: la captura de los datos del territorio por plataformas privadas. John Deere declara monitorear más de 200 millones de hectáreas en el mundo; Bayer, más de 100 millones; BASF opera en más de cien países; y Microsoft provee la nube para buena parte de esos sistemas. En todos los casos, el “alcance” se mide por los datos que capturan. La brecha digital es también de acceso: más del 70% de los establecimientos rurales no tiene internet, y la agricultura familiar es la peor atendida. En ese vacío, los tentáculos de Musk avanzan rápidamente con Starlink. Librada al mercado, la inteligencia artificial en el campo tiende a reproducir y agravar la concentración que ya marca la tierra.

Contra ese destino cobran fuerza dos iniciativas. La primera es IARAA (Inteligencia Artificial de la Reforma Agraria y la Agroecología), un asistente construido sobre un acervo de conocimientos organizado por los propios movimientos para acompañar a agricultores y técnicos en la transición agroecológica. Funciona con modelos de lenguaje chinos, y los datos quedan bajo control de las organizaciones.

La segunda actúa en el nivel de las máquinas y los sensores, otra vez con tecnología de la estatal china Sinomach: monitorea las condiciones del clima, del suelo y la sanidad de los cultivos con sensores conectados a internet y un algoritmo entrenado a partir de la estructura agraria campesina de China. Con la plataforma adaptada al portugués y los datos alojados localmente, se instaló un piloto en la UnB. Ahora el MST articula un nuevo piloto en un asentamiento de la reforma agraria, con la Embrapa y universidades como socias, no sólo para adaptar sino para mejorar la tecnología de cara a la agricultura campesina y tropical de Brasil. La cooperación forma parte de las relaciones oficiales entre ambos países y cuenta con el seguimiento de la Casa Civil de la Presidencia de Brasil y de la Comisión Nacional de Desarrollo y Reforma (CNDR) del Consejo de Estado de China. En julio de 2026, la propia CNDR reconoció esta iniciativa como una de las diez experiencias chinas de inteligencia artificial que pueden beneficiar al mundo, y la presentó como referencia de las nuevas fuerzas productivas de calidad en el escenario internacional.

Desarrollo campesino y proyectos nacionales

El carácter antiimperialista de esta cooperación es estructural y, por eso, choca con la resistencia de los sectores dominantes. Una iniciativa que ofrece a la agricultura familiar máquinas accesibles, insumos propios y herramientas digitales bajo control público actúa al mismo tiempo sobre las tres capas de la dependencia. Lo que está en juego no son porciones de mercado, sino la capacidad de definir estándares, retener los datos y tener industria propia. Las resistencias de las élites adoptan formas distintas y no necesariamente coordinadas: la industria denuncia una supuesta invasión de productos chinos; parte de la prensa ataca el vínculo del movimiento popular con el socialismo chino; y la burocracia del Estado brasileño, históricamente complaciente con Estados Unidos y Europa, pone trabas con el pretexto de evitar un supuesto oportunismo del capital chino. Lo que las une, al final, es el intento de preservar la arquitectura de la dependencia histórica.

No se trata de una adhesión acrítica al socialismo chino. Hay contradicciones de fondo, en especial en la forma de explotación que diversas empresas chinas, estatales o no, adoptan en nuestra América Latina y en África. Pero tenemos claro que, ante esta nueva fase decadente y sumamente peligrosa del imperialismo estadounidense, la experiencia del pueblo chino aporta elementos decisivos para construir proyectos nacionales soberanos. Los conceptos socialistas de civilización ecológica, revitalización rural y nuevas fuerzas productivas de calidad están profundamente ligados a la gran teoría de la comunidad de futuro compartido de la humanidad, eje de la diplomacia del presidente Xi Jinping. Hay mucho espacio para que las fuerzas populares dialoguen con esos rumbos y les den bases concretas en la reconstrucción de los proyectos de emancipación de los pueblos.

Desde el campo, afirmamos que la soberanía alimentaria es inseparable de la soberanía tecnológica, que se expresa en las máquinas, en los insumos y en los datos. La cooperación Brasil-China en la agricultura campesina todavía es incipiente, pero señala un camino: transferencia y desarrollo conjunto en lugar de dependencia, control popular en lugar de captura corporativa, cooperación entre los pueblos en vez de tutela. En ese terreno, la agricultura campesina no tiene que elegir entre autonomía y técnica: debe, justamente, conquistar la técnica para avanzar en su autonomía.

Notas:
1.- Participaciones de mercado: FGV Agro y Frota News; control extranjero según los balances de las casas matrices: Deere (EEUU), AGCO (EEUU) y CNH (Italia). El capital nacional (Agrale, Stara) ocupa porciones ínfimas.
*.- Artículo publicado en la Revista América Latina en Movimiento No. 563

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