Menos llegadas, más muertes: Europa externaliza sus fronteras y el Atlántico se convierte en una fosa común

Menos llegadas, más muertes: Europa externaliza sus fronteras y el Atlántico se convierte en una fosa común

Piraguas de madera para la pesca descansan cerca de una playa de África Occidental repleta de redes y boyas. IOM/Senegal

Por Selodi Gasan Adie

Las llegadas por mar a Europa desde África Occidental caen casi un 60% en el primer semestre de 2026, pero las muertes apenas disminuyen. El refuerzo de controles en Marruecos, Mauritania y Senegal empuja las salidas desde Gambia, Guinea y Guinea-Bisáu, alargando las travesías hasta 750 kilómetros más. Detrás de las cifras, una lógica que reduce la visibilidad de la migración a costa de multiplicar el riesgo de muerte.

La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) ha confirmado una peligrosa paradoja en la migración marítima hacia Europa: aunque las llegadas desde África Occidental han caído cerca de un 60% en el primer semestre de 2026 respecto al mismo período del año anterior, las travesías son cada vez más largas, más solitarias y más letales. Entre enero y junio de 2026 se registraron 4.566 llegadas por vía marítima a Europa de personas originarias de Malí, Senegal, Guinea y Gambia. La ruta atlántica de África Occidental sigue siendo la principal vía de acceso, concentrando el 83% de las llegadas contabilizadas en ese período.

Sin embargo, ese descenso en las cifras de llegada no refleja una reducción real de los intentos de travesía, sino un desplazamiento geográfico de las salidas. El refuerzo de los controles migratorios en Marruecos, Mauritania y Senegal —fruto de acuerdos de externalización de fronteras con la Unión Europea— ha empujado a los migrantes a buscar puntos de partida más al sur, especialmente desde Gambia, Guinea y Guinea-Bisáu. Este cambio alarga las rutas en hasta 750 kilómetros, llevando algunas travesías a unos 2.200 kilómetros de distancia.

Migrantes, de Yasser Ameur

Una ruta mucho más peligrosa

El impacto de este desplazamiento se refleja con crudeza en las estadísticas de mortalidad. En la ruta atlántica que conecta África Occidental con las islas Canarias, las llegadas cayeron un 62% entre 2024 y 2025, tras el pico registrado en 2024. Sin embargo, el número de muertos y desaparecidos apenas bajó un 4%: 1.172 personas fueron contabilizadas en 2025, frente a 1.215 el año anterior. Para la OIM, este desfase evidencia que «esta ruta se ha vuelto mucho más peligrosa para los migrantes».

Las travesías más largas exponen a los viajeros a más tiempo en el mar, a zonas costeras más aisladas y menos vigiladas, y a un mayor riesgo de naufragios, deshidratación y desapariciones. En la práctica, la reducción de las llegadas visibles se ha traducido en un aumento de las muertes invisibles: quienes no llegan, no se contabilizan como llegadas, pero tampoco desaparecen de las estadísticas de fallecidos. El resultado es una suerte de limpieza estadística que oculta el coste humano real de las políticas migratorias europeas.

El efecto dominó en el Mediterráneo

El desplazamiento de las rutas no solo afecta al Atlántico. Los nacionales de África Occidental representan una parte creciente de las llegadas por las rutas mediterráneas. En el Mediterráneo occidental, su proporción alcanza el 21,9%, frente al 15,6% de un año antes. En el Mediterráneo central, la cifra se sitúa en el 10,5%, frente al 8,6% en 2025.

«Un descenso del número de llegadas a un lugar determinado no significa que las presiones hayan desaparecido», declaró Amy Pope, directora general de la OIM. «A menudo, simplemente se desplazan hacia otras rutas. Por eso debemos considerar el recorrido en su conjunto, desde el lugar de salida hasta el de llegada».

La lógica de la externalización: menos visibles, más muertos

Detrás de estas cifras hay una lógica de fondo que rara vez se nombra: la externalización de fronteras que la Unión Europea y sus Estados miembros llevan años financiando en países de tránsito como Marruecos, Mauritania o Senegal. El objetivo declarado es reducir las llegadas irregulares. El resultado real es que las rutas se desplazan hacia zonas más peligrosas, más largas y menos vigiladas, donde las operaciones de rescate son más difíciles y las probabilidades de supervivencia se desploman.

No se trata de un fallo del sistema, sino de su funcionamiento previsto. Al impedir las salidas desde puntos cercanos a Europa, se fuerza a los migrantes a emprender viajes más largos en embarcaciones precarias, sin aumentar las vías legales y seguras. La consecuencia es que quienes antes podían ser interceptados o rescatados cerca de la costa ahora desaparecen en alta mar, fuera de radar y fuera de las estadísticas.

Esta dinámica se inscribe en un patrón más amplio de violencia institucional contra las personas migrantes. Al igual que los mecanismos administrativos que niegan el empadronamiento a quienes carecen de residencia legal —una práctica que este medio ha denunciado en el marco de la campaña «Padrón por Derecho»—, las políticas de externalización de fronteras producen una exclusión que se presenta como técnica, pero que tiene consecuencias mortales. En ambos casos, el Estado y sus socios europeos construyen barreras que empujan a los más vulnerables hacia márgenes donde la ley, los derechos y, a menudo, la vida misma quedan suspendidos.

¿Cooperación para salvar vidas o para gestionar la exclusión?

La OIM insiste en la necesidad de reforzar la cooperación entre los países implicados y de desarrollar vías de migración seguras, ordenadas y regulares. «Ningún país puede resolver este problema por sí solo», subrayó Pope. «Debemos proteger a los migrantes dondequiera que estén, crear oportunidades reales para los jóvenes y trabajar juntos más allá de las fronteras. Así es como salvaremos vidas».

Pero cabe preguntarse qué significa «cooperación» en este contexto. Los mismos Estados que financian el control migratorio en terceros países son los que luego invocan la necesidad de «vías seguras» sin abrir realmente canales legales de acceso. La cooperación que se practica hoy es, en gran medida, una cooperación para contener, desviar y externalizar la responsabilidad, no para proteger a las personas. Pura hipocresía occidental!

La evidencia recogida por la OIM demuestra que las cifras de llegada, por sí solas, no bastan para entender la evolución de las migraciones. Un cambio en una ruta puede repercutir en todas las demás. Por eso, el organismo reclama un seguimiento integral de los recorridos, desde los países de origen hasta los de tránsito y destino.

Pero el seguimiento no basta. Mientras las políticas europeas sigan priorizando la reducción de llegadas sobre la protección de vidas, la ruta atlántica seguirá siendo lo que ya es: un cementerio en el mar, alimentado por la indiferencia de quienes prefieren no ver lo que sus políticas producen.

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