El boxeador que no sabía boxear. La IA que no sabía pensar

El boxeador que no sabía boxear. La IA que no sabía pensar

Por Jorge Izquierdo*

Rocky Balboa es el boxeador más famoso de la historia y nunca existió. La inteligencia artificial tampoco es, en sentido estricto, inteligente. Las dos ideas tienen más en común de lo que parece: son imaginarios que alguien ha sabido vender muy bien.

El mito del puño amable americano

Llevo días dándole vueltas a una idea. Rocky Balboa es, para  millones de personas en todo el mundo, el boxeador por excelencia. Pregunta a cualquiera en cualquier bar: el boxeador del imaginario popular no es Ali, ni Tyson, ni Rocky Marciano. Es un personaje de ficción que cobraba deudas en un barrio pobre de Filadelfia. Y su intérprete, Sylvester Stallone, no es boxeador: es un actor que en 1975 escribió un guion en tres días y se negó a venderlo si no lo protagonizaba él, aunque el estudio prefería a Robert Redford o a Burt Reynolds.

La primera película costó poco más de un millón de dólares, recaudó unos 225 millones y ganó el Oscar a la mejor película. Después vinieron ocho más: seis de Rocky y tres de Creed, entre 1976 y 2023. Pero hay un dato que se olvida con facilidad: en la primera película Rocky pierde el combate. El mito americano no nace de la victoria, sino de aguantar quince asaltos de pie. El relato no es «ganamos», es «el tipo corriente resiste». Es una diferencia sutil y muy eficaz, porque, atención, cualquiera puede verse ahí.

Rocky, además, no sabe boxear. El personaje es un pegador de club sin técnica depurada, y el actor un intérprete que aprendió a moverse para la cámara. Da igual. La imagen repetida durante cincuenta años ha podido más que cualquier palmarés. Nadie lo discute: todo el mundo lo ha visto.

1985: la Guerra Fría en un ring

El momento en que la saga se convierte en algo más que cine es Rocky IV, en 1985. Ivan Drago, el rival soviético, es una máquina de laboratorio: entrena con medidores, inyecciones y himnos. Rocky entrena cortando leña en la nieve con su cuñado y un hacha. El individuo americano, con corazón y esfuerzo, contra el Estado colectivo y sus ingenieros. La película se estrenó el 27 de noviembre de 1985, unos días después de que Reagan y Gorbachov se sentaran por primera vez en la cumbre de Ginebra. No hace falta ser conspiranoico para verlo: el poder blando de Hollywood durante la Guerra Fría se ha estudiado multiples veces.

Al final, Rocky gana en Moscú y el público soviético acaba aplaudiendo al americano. Su discurso final, «si yo puedo cambiar, y vosotros podéis cambiar, todo el mundo puede cambiar», es propaganda hecha cine. Fue la película más taquillera de toda la saga: unos 300 millones de dólares. Estados Unidos no solo fabricaba misiles; fabricaba la película que el mundo entero pagaba por ver.

La prueba de que el truco funciona está en Filadelfia. Para la tercera película se encargó una estatua de bronce de Rocky, un objeto de atrezo. Durante décadas el Museo de Arte de Filadelfia discutió si aquello era arte o un souvenir. Este mismo año, 2026, el museo ha acabado llevando la estatua a lo alto de sus escaleras y exponiéndola dentro, con una muestra titulada «Rising Up: Rocky and the Making of Monuments». Un boxeador que nunca existió tiene hoy un monumento de bronce, una escalinata convertida en lugar de peregrinación y colas de turistas haciéndose fotos con los puños en alto.

El cine no argumenta: muestra. Y lo que muestra mil veces, termina pareciendo verdad.

Eso es lo que Estados Unidos hace mejor que nadie: no convence con panfletos, convence con imaginario. Casi nadie sale del cine pensando «me han hecho propaganda». Sales pensando que un perdedor puede ganar, que el esfuerzo individual lo puede todo, que el americano es noble incluso cuando pega o mata. Es una forma de poder mucho más duradera que cualquier discurso, porque no se percibe como poder.

El mismo truco, ahora con algoritmos

Y aquí va mi tesis: con la inteligencia artificial está pasando algo muy parecido. La IA actual no es, ni de lejos, inteligente en el sentido estricto del término. Los propios expertos no se ponen de acuerdo ni en cómo definir inteligencia, y hay críticas serias y documentadas, como el ya clásico artículo de 2021 sobre los «loros estocásticos«, que sostienen que estos sistemas combinan patrones estadísticos sin comprender nada de lo que dicen. Puedes estar más o menos de acuerdo con esa crítica, pero lo importante es otra cosa: el debate existe, y sin embargo en la conversación pública ya está zanjado. Todo el mundo habla de la IA como si pensara, como si «entendiera».

¿Quién ha instalado esa imagen? Las propias empresas norteamericanas. La misión declarada de OpenAI es construir una «inteligencia general artificial» que beneficie a toda la humanidad. En enero de 2025, su consejero delegado, Sam Altman, escribió que ya saben cómo construir la AGI. En agosto del mismo año, el mismo Altman dijo que AGI ya no es un término útil. Mientras tanto, la definición que según la prensa manejaban OpenAI y Microsoft para «alcanzar la AGI» era generar cien mil millones de dólares de beneficio: la inteligencia medida en la cuenta de resultados ¿Qué puede salir mal?Anthropic, la otra gran empresa del sector, publica ensayos utópicos con títulos como «Machines of Loving Grace» sobre cómo la IA transformará el mundo para bien. Y al cabo de un par de años, en pleno 2026, nos dice, de la mano de Open AI y Microsoft: que tienen miedo de las IAS que están construyendo y que pueden acabar con la humanidad. 

Igual que con Rocky, el relato va por delante del hecho. No hace falta que la máquina sea inteligente para que el imaginario de la máquina inteligente organice el mundo: inversiones gigantescas, leyes escritas a toda prisa, miedos, esperanzas, discursos electorales. Rocky no sabía boxear; la IA no sabe pensar. Pero ambos son ya, en la cabeza de casi todo el mundo, «el boxeador» y «la inteligencia». El monumento se construye antes que el héroe.

Marketing, sí. Pero no solo marketing

Ahora bien, la honestidad obliga a un matiz, y no quiero hacer trampa con mi propia tesis. Detrás de la mal llamada IA hay investigación real, herramientas realmente útiles y expertos serios que discrepan entre sí sobre hasta dónde llega lo que estas máquinas hacen. Reducirlo todo a «marketing» sería cometer el mismo error que critico: quedarse con la imagen simple en lugar del dato incómodo. Lo que señalo no es que no haya nada, sino que el relato comercial corre mucho más rápido que la realidad, igual que la estatua corrió más rápido que el boxeador.

De hecho, este artículo está documentado con ayuda de una «IA». Lo escribo sin problema: una herramienta puede ser excelente sin ser inteligente, igual que una película puede emocionar de verdad sin que su protagonista sea un boxeador. La confusión empieza cuando olvidamos la diferencia entre las dos cosas.

La pregunta incómoda

Si una ficción bien contada ha convertido a un actor en el boxeador por excelencia y a un objeto de atrezo en monumento nacional, ¿qué no podrá conseguir una ficción bien financiada? El poder no necesita que creamos la verdad; le basta con que repitamos la imagen. La saga de Rocky lo demuestra desde hace cincuenta años, y la industria de la IA lo está aplicando con un presupuesto que Hollywood nunca soñó.

Rocky, eso sí, avisaba antes de empezar. Decía «esto es una película». Con la IA, el cartel de aviso no viene incluido.

Fuentes:

• Rocky (1976): producción, taquilla y Oscars. Encyclopaedia Britannica y Wikipedia. Filmografía completa de la saga. Wikipedia.
• Rocky IV como instrumento de poder blando. US Soft Power through Hollywood during Cold War: Rocky IV y la crítica de 1985 en The New York Times.
• La estatua de Rocky entra en el museo en 2026. AP News y The Philadelphia Inquirer.
• Misión de OpenAI sobre la AGI. OpenAI. Altman, enero de 2025: «sabemos cómo construir la AGI». Ars Technica. Altman, agosto de 2025: AGI «no es un término útil». CNBC. La definición de AGI como 100.000 millones de beneficio. Ars Technica.
• El ensayo de Dario Amodei, CEO de Anthropic. Machines of Loving Grace. La crítica de los «loros estocásticos», Bender, Gebru y otros, 2021. ACM FAccT. El relato de la AGI como creencia. MIT Technology Review.

* Miembro de la Asamblea de Redacción de LQSomos.
Más artículos del autor

Comparte, tus amig@s lo agradecerán…
Mastodon: @LQSomos@; Friendica: Loquesomos;
UpScrolled: @LQSomos; Telegram: LoQueSomosWeb;
Bluesky: LQSomos; Facebook: LoQueSomos;
Instagram: LoQueSomos; WhatsApp: LoQueSomos;
Youtube: @LoquesomosAudiovisual

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.