Brasil vota este domingo entre la continuidad de Lula y el giro ultra conservador de Flávio Bolsonaro
Por Selod Gasan Adie
Brasil celebra este domingo, 4 de octubre, la primera vuelta de sus elecciones presidenciales. Unos 160 millones de electores están llamados a las urnas para decidir entre el actual presidente, Luiz Inácio Lula da Silva, que busca un cuarto mandato, y el senador Flávio Bolsonaro, heredero político de su padre, el expresidente Jair Bolsonaro. Las encuestas otorgan una ventaja de entre tres y cinco puntos al candidato petista en primera vuelta, pero pronostican un empate técnico en la segunda ronda, prevista para el 25 de octubre. La sombra de una posible injerencia estadounidense y la polarización en torno a símbolos religiosos han marcado el tramo final de la campaña.
Una ventaja estrecha en primera vuelta
El último sondeo de Datafolha, publicado el jueves, sitúa a Lula con el 42% de las intenciones de voto frente al 38% de Flávio Bolsonaro, una diferencia de cuatro puntos que, según el instituto, otorga al presidente el 45% de los votos válidos —aquellos que excluyen blancos, nulos e indecisos— frente al 40% del senador. Otras encuestas, como la de Quaest, amplían la distancia a cinco puntos (39% frente a 34%), mientras que la de Nexus/BTG la reducen a dos puntos, dentro del margen de error. El escritor Augusto Cury, con un 4%, y el exgobernador de Goiás Ronaldo Caiado, con un 3%, completan el pelotón sin posibilidades reales de disputar la segunda vuelta.
La tendencia es clara: Lula mantiene la delantera, pero no despega. Su ventaja inicial, que llegó a ser de dos dígitos a mediados de año, se ha ido diluyendo a medida que la campaña avanzaba. Para evitar el balotaje, el candidato del Partido de los Trabajadores necesitaría superar el 50% de los votos válidos, un umbral que todas las encuestas consideran prácticamente inalcanzable en esta primera ronda.
Empate técnico en la segunda vuelta
Si se confirma la segunda vuelta, el escenario se vuelve impredecible. Datafolha sitúa a Lula con el 48% y a Flávio Bolsonaro con el 45%, una diferencia de tres puntos que el instituto considera un empate técnico. Nexus/BTG reduce aún más la brecha: 46% frente a 44%. Y la encuesta Meio/Ideia llega a un empate casi perfecto: 48,5% para Lula y 48% para Flávio, con una ventaja de apenas medio punto.
Los analistas coinciden en que el resultado final dependerá de factores difíciles de medir: la abstención, la transferencia de votos de los candidatos de la llamada «tercera vía» y la capacidad de cada campaña para movilizar a sus bases en un contexto de elevado rechazo mutuo. Tanto Lula como Flávio superan el 40% de rechazo, un dato que anticipa una segunda vuelta de máxima polarización.
La «pugna» por la Virgen de Aparecida
El tramo final de la campaña ha estado marcado por una controversia inesperada: la supuesta intención de Flávio Bolsonaro de retirar a Nossa Senhora Aparecida, patrona de Brasil, su título oficial. La noticia, difundida en redes sociales, se basaba en un proyecto de ley presentado en 2007 por un diputado conservador sin vínculo con el candidato, y archivado al año siguiente. El Tribunal Superior Electoral ordenó eliminar las publicaciones por considerarlas «notoriamente falsas».
Lula aprovechó la polémica para movilizar al electorado católico, mayoritario en el país y tradicionalmente más inclinado hacia la izquierda. En un acto público levantó una imagen de la virgen y, en una entrevista, la besó. Flávio Bolsonaro, por su parte, participó en un podcast católico y mostró una imagen de la patrona para intentar contener el daño. El episodio ilustra hasta qué punto la campaña se juega en el terreno de los símbolos y de la identidad religiosa.
La sombra oscura de Trump
La injerencia extranjera ha sido otro de los ejes de la campaña. Lula ha denunciado en repetidas ocasiones lo que considera una intromisión de la administración de Donald Trump en el proceso electoral brasileño. La visita de Flávio Bolsonaro a la Casa Blanca, las críticas estadounidenses al sistema judicial brasileño y las sanciones impuestas por Washington tras la condena de Jair Bolsonaro por intento de golpe de Estado han sido interpretadas desde el entorno presidencial como un intento de favorecer al candidato de la derecha.
La tensión diplomática se ha traducido en gestos simbólicos. Lula recordó en sus mítines que le dijo a Trump que no interfiriera en las elecciones brasileñas, y la Procuraduría General de la República llegó a solicitar una investigación sobre un supuesto plan de Washington para financiar organizaciones opositoras al Tribunal Supremo . Para los analistas, sin embargo, el efecto de estas denuncias es incierto: si bien pueden movilizar al electorado soberanista, también alimentan la narrativa de la derecha sobre la «intromisión» del sistema político en la vida de los ciudadanos.
El legado de Bolsonaro
Flávio Bolsonaro, de 45 años, senador desde 2019 y diputado estatal en Río de Janeiro antes, nunca había tenido un perfil nacional relevante hasta que su padre lo designó como su sucesor político. Jair Bolsonaro cumple una condena de 27 años de prisión por conspirar para anular el resultado de las elecciones de 2022, un hecho que ha convertido a su hijo en el único depositario del legado bolsonarista.
La campaña de Flávio ha tratado de capitalizar el descontento con la inflación, la inseguridad y el «desencanto» de una parte del electorado que votó a Lula en 2022 y ahora se siente decepcionado. Su estrategia se ha centrado en la movilización del voto evangélico, donde lidera con claridad (52% frente al 26% de Lula), y en la contención del avance del presidente entre los católicos.
Para Lula, el desafío es distinto: convencer a los indecisos —apenas un 5% del electorado, según Quaest— de que su proyecto merece un cuarto mandato. El presidente ha desplegado un arsenal de medidas en las últimas semanas: la prohibición de las apuestas online, una medida popular entre las mujeres de bajos ingresos; el reajuste del Bolsa Familia; y la cobertura de medicamentos para la obesidad en el sistema público. Su aprobación, sin embargo, sigue por debajo de su rechazo (46% frente al 49%), una brecha que los analistas consideran difícil de cerrar en los días que restan.
Lo que está en juego
Más allá de las cifras, la elección brasileña es un test sobre la dirección política de América Latina. Si Lula logra la reelección, la región mantendría un contrapeso de izquierda a la ola conservadora que ha ganado terreno en Argentina, Chile, Honduras y Colombia con el respaldo explícito de Washington. Si Flávio Bolsonaro se impone, Brasil se sumaría a ese giro y consolidaría un eje de derecha en el continente.
La cita también mide la fortaleza de las instituciones brasileñas. La condena de Jair Bolsonaro, la actuación del Tribunal Superior Electoral y la respuesta a los intentos de injerencia externa han puesto a prueba la capacidad del sistema democrático para resistir presiones. Como señala el exdiputado José Genoino, «es la elección más compleja y desafiante desde la redemocratización».
Los brasileños deciden este domingo si optan por la continuidad de un presidente que promete un «nuevo capítulo» de avance o por el retorno de un apellido que marcó un ciclo político. Las urnas hablarán.
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