Diez puntos del ahora inconmensurable (2026)

Diez puntos del ahora inconmensurable (2026)

Por Francisco Cabanillas

Este querer-vivir de los seres humanos en comunidad se denomina
voluntad. La voluntad-de-vida es la tendencia originaria de
todos los seres humanos –corrigiendo la expresión trágica de A.
Schopenhauer, la dominadora tendencia de la «voluntad-de-poder»
de Nietzsche o de M. Heidegger.

Enrique Dussel

La muerte nunca será vencida. Se multiplica.
Su tono marca la perfección.
La emancipación de todo.

Amarilis Tavárez Vales

• Las críticas ortodoxas a la Revolución Cubana que arremeten contra las carencias de la isla, por lo general, silencian el contexto geopolítico. Culpa unidimensional. No conectan las consecuencias de los desatinos económicos del gobierno, puestos sobre la mesa en un reciente vídeo de Silvio Rodríguez en YouTube, con la violencia hemisférica que prevalece en el Caribe y las Américas, cuyos nuevos focos de tensión, Groenlandia y Canadá, permanecen en remojo.

• Ahora que, bajo el surgimiento ¿inesperado? de China como potencia multipolar, se resquebraja el discurso democrático de la República Imperial —¿cómo olvidar al novelista-historiador-ensayista Gore Vidal (1925-2012)? —; la figura de Trump se queda con el escenario de la tragicomedia ante la desesperación del declive.

Lo que antes se ocultaba, se revela (y se rebela).

• Estrenado en la televisión pública estadounidense (PBS) en marzo, David Henry Thoreau, el nuevo documental de Ken Burns, disponible en YouTube —autor también de Jazz (2001), criticado por excluir la aportación latina—, desentierra la vida y obra del escritor, poeta, ambientalista, pacifista y antiesclavista decimonónico de Massachussets en un momento más que oportuno para Estados Unidos, arrastrado por la antipoesía, la destrucción ecológica, la guerra y el racismo.

Además de poeta y filósofo, Thoreau aportó a la ciencia (agrimensura y botánica); plantó la semilla de la no violencia que Gandhi y Martin Luther King, Jr. emblematizarán en el siglo XX; se relacionó con la llamada “naturaleza,” siguiendo a los pueblos originarios, de sujeto a sujeto; y confrontó existencialmente el racismo que justificaba la esclavitud africana en el país, como subrayaba, de la democracia, la libertad y la igualdad.

Aunque en su ensayo “Desobediencia civil” (1849) criticaba la Guerra Mexicoamericana (1846-48) y la esclavitud, el documental soslaya la conquista del territorio mexicano.

Ilustración de Mike Luckovich

• Antes de que, el 3 de enero, las fuerzas “satánicas” (Ramón Grosfoguel) de Trump invadieran Venezuela, proliferaba la advertencia en los medios de que Venezuela no era Panamá. Este contraste hacía referencia a la invasión de diciembre de 1989 en la cual Bush padre, antiguo jefe de la CIA, invadió el país del canal para llevarse a su presidente, Manuel Antonio Noriega, por cargos —risibles, demasiado risibles— de narcotráfico. Noriega trabajó para la narco-CIA de Bush; quien, tras la invasión, lo encarceló en una celda estadounidense hasta el día de su muerte en mayo de 2017.

Desde las fuerzas “satánicas,” Venezuela terminó siendo como Panamá: Maduro fue también capturado y permanece encarcelado en suelo estadounidense.

Antes de que, el 28 de febrero, Estados Unidos/Israel invadieran Irán, se leía en los medios un contraste paralelo: ¡ojo, Irán no es Venezuela! Como es sabido, la primera incursión en Irán no fue como la de Venezuela, sino peor: en vez de raptar a sus líderes, los asesinaron.

Ciertamente, Irán no ha resultado ni como Panamá ni como Venezuela; a pesar del magnicidio, doblegó la violencia imperial el 7 de abril, haciendo que Trump reculara y postergara sus amenazas apocalípticas, contrarias al Derecho Internacional. En su artículo “Mad Mouth [Boca loca], Bad Man [Hombre malo]; Mad Man [Hombre loco], Bad Mouth [Boca mala]” de abril, Jeffry St. Clair, editor de Counterpunch, resume otras victorias significativas de Irán —derrotas de Trump—.

¡Perdiendo, Irán está ganando!

• Cuando, a finales de los años 80, desde una cafetería de Miami colmada de ultraderechistas cubanos, la lectura de La cultura del terrorismo (1988) de Noam Chomsky cartografió en grande la dinámica de la violencia imperial, la afición por el lingüista de MIT, universidad ligada al llamado Complejo Militar Estadounidense, cobró fuerza.

De 1988 a 2026, Chomsky —cuya oposición a la guerra de Vietnam (1955-75) marcó su trayectoria política— se convirtió en el intocable: el intelectual, no solo más citado del siglo XX, sino el más impoluto.

Con el destape de los Archivos Epstein, dice Santiago Alba Rico en su artículo publicado en febrero en Rebelión, “¿Podemos perdonar a Chomsky?”: “Pero ese Chomsky, quizás el más humano, el más frágil, el más parecido a nosotros, no puede ser ya nuestro compañero intelectual ni nuestro referente moral.”

Vuelve a la memoria el comentario confuso, demasiado confuso de Chomsky ante el colapso, sin ser atacado, del Edificio 7 de Nueva York durante el derrumbe de las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001; colapso que, parafraseándolo, Chomksy explicó diciendo que lo impensado, lo que la ciencia no puede explicar —como que un edificio implosione por sí mismo—, siempre puede ocurrir.

Desde la izquierda cristiana estadounidense, su antiguo admirador, Chris Hedges, es contundente: ¡no lo perdona! Contundencia que, ante la incapacidad de saber exactamente lo que sabía y pensaba Chomsky de Epstein, el psicólogo clínico Bruce E. Levine critica en su artículo de Counterpunch, titulado “Malcolm X, Noam Chomsky, asociaciones de depredadores sexuales y giros inesperados en el legado” (nuestra traducción): “Sin embargo, considero que es una muestra de arrogancia por parte de Hedges estar tan seguro de la veracidad de sus especulaciones sobre el estado mental de Noam Chomsky […]” (abril).

• Ahora que todo lo que parecía sólido se desmorona, la filosofía occidental moderna sangra. ¿Sale a su rescate la poesía? Impensable.

El escritor cubano, Leonardo Padura, tomando el título de una novela de Paul Auster, “El país de las últimas cosas,” plantea en febrero en El País:

“Creo que casi nadie duda de que la incertidumbre se ha convertido en un sentimiento agobiante para muchos de los habitantes del planeta. Un vertiginoso deterioro de tantos paradigmas, acuerdos de convivencia y certezas más o menos establecidas se ha apoderado de los contextos locales y universales con una fuerza centrífuga que hace borrosos, imprecisos, los referentes más trabajados con los que se trató de crear un orden mundial en el cual no hubiera barbaries imperialistas y genocidios como los ocurridos durante las dos guerras mundiales del siglo XX.”

Desde el sur católico del norte protestante, la obra pictórica de Goya se vuelve a escuchar en el norte trumpista: Los sueños de la razón producen monstruos (1799).

La muerte del filósofo de la modernidad eurocéntrica en marzo, Habermas, alumbra la llama de los filósofos latinoamericanos decoloniales antiimperialistas; no, ellos no esperan con brazos abiertos que la modernidad incompleta de la que hablaba Habermas alcance la plenitud para el cumplimiento de sus promesas de liberación.

Más bien, proponen atravesar —nunca borrar— esa modernidad, que consideran una civilización de muerte, con las cosmologías indoamericanas que la modernidad descartó, marginó o subalternizó para, desde ese reacomodo, instaurar una transmodernidad centrada en la vida y en la persona (Dussel).

Para estos decoloniales, el rechazo (Grosfoguel) al transhumanismo posmoderno es total.

• Nada parece más importante en el contexto del oscurantismo trumpista que las elecciones de medio término de noviembre, en las cuales, según los analistas, el partido de Trump perderá la mayoría en la cámara y posiblemente en el senado. Derrota que, auguran, desatará la furia del autócrata, por lo que esperan fraude, federalización o cancelación del sufragio y, en el peor de los casos, el posible inicio de una segunda guerra civil.

Por varias razones, Trump no puede darse el lujo de perder en noviembre.

• Desde Puerto Rico, el profesor Ángel Rosa reveló a principios de abril en su programa de radio, la existencia del borrador de una orden ejecutiva federal en la que, desde la diáspora boricua, se le proponía a Trump que ofreciera la independencia a la isla junto a la cancelación de la ciudadanía (estadounidense) por nacimiento.

Bulo de patas cortas; rápidamente, quedó desmentida la mentira, la cual beneficiaría, en principio, tanto a los independentistas que buscan la separación política de Estados Unidos, como a los trumpistas que, marcados por la supremacía blanca, endosarían el rompimiento político con la isla.

Sin embargo, a partir de la “escalada” militar de Estados Unidos en América Latina movida por la presencia económica china en el hemisferio, tendría poco sentido que EE. UU. se quisiera deshacer de la colonia de Puerto Rico en el Caribe.

• A partir de 2018, la República Dominicana se ha transformado en el mayor socio económico de China en el Caribe, superando a Cuba en 2014.

¿Se mueve la economía de Puerto Rico, a pesar de o debido a su relación con Estados Unidos, hacia una precariedad parecida —haciendo las salvedades necesarias— a la de Cuba o a la de República Dominicana?

Si Cuba y Puerto Rico son, como planteó Julia de Burgos —¡no José Martí! — en 1893, las dos alas de un pájaro, ¿lo siguen siendo? ¿Cómo?

• La “escalada” imperial es hoy notoria. Nadie la puede negar, aunque haya quienes, como la gobernadora trumpista de Puerto Rico, la justifiquen; lo que no quiere decir que Trump sea su único rostro. Este, como ha dicho a principios de abril el independentista puertorriqueño Fernando Martín en un programa de radio, representa una versión “inédita” de ese militarismo, el cual, en boca de Trump, según Martín, habría que tildar como uno con “incontinencia verbal.”

En la patria de Chomsky, la “escalada” ha tensado al país, como sucedió en las no tan lejanas presidencias de Ronald Reagan (1981-89) y George W. Bush (2001-09); con quienes el magnate de Nueva York tiene más en común que con el primer Bush, Clinton, Obama y Biden. La polarización que genera el trumpismo inunda los medios estadounidenses de una molestia imperial que, para oídos latinoamericanos, resulta familiar.

Se entiende: cada vez menos los frutos de la afrenta estadounidense le rinden réditos a su empobrecida e iracunda clase media (trabajadora y profesional).

Si bien la parte más ingenua de esa ira dicotomiza el malestar en términos bipartidistas —los republicanos malos versus los demócratas buenos o menos malos—, el ojo del huracán supera con creces la bifurcación.

El hecho de que en el bipartidismo estadounidense no haya, como planteaba Howard Zinn desde 1980, una verdadera oposición, cobra relevancia en el declive nacional. Desde esa carencia, el trumpismo —tan hiperbólico como trolero— aprovecha el vacío para acusar a Biden de “comunista” y a los demócratas de “lunáticos radicales de izquierda.”

Era de esperarse que el trumpismo chocara, como se ha confirmado a mediados de abril, con el Papa León XIV, cuya agenda pastoral está marcada por la Teología de Liberación latinoamericana que absorbió durante su residencia en Perú (2015-23).

Del lado más revolucionario de la ira, como la crítica del politólogo Michael Parenti (1933-2026), la del pedagogo Henry Giroux y la del economista Richard Wolff, la del historiador antifascista Paul Street, irreverente y aguerrido, no repara en los adjetivos —“maniaco maligno rociado con pintura naranja”— para referirse al nefasto, pero históricamente coherente, surgimiento de Trump en el panorama político del país.

Durante su primera presidencia (2017-21), la de Street fue una de las voces que debatió con Chomsky la pertinencia de referirse a Trump como fascista: Chomsky planteaba que no, Street que sí. No obstante, Street endosa la propuesta que planteó Chomsky a partir de la segunda presidencia del autócrata: “Trump es el criminal más peligroso en la historia humana” (2020).

Según la entrevista en la que Chomsky hace el planteamiento anterior, la cual Street cita en el artículo “No es necesario estar de acuerdo en que Trump es un fascista para saber que debe irse ya” (2025) (nuestra traducción), el lingüista aclara: “Hitler no se dedicó con fervor a destruir las perspectivas de la vida humana organizada en la Tierra en un futuro no muy lejano (junto con millones de otras especies). Trump sí.”

Sobre el vínculo de Chomsky con Epstein, Street lo explica en el mismo artículo como parte de la “ingenuidad” del lingüista; es decir, su inclinación a ver lo “bueno” de cada ser humano (2025). Explicación muy parecida a la que ofreció la esposa de Chomsky, Valeria, en febrero de 2026.

Street lo sabe (no es el único): la anocracia (mezcla de democracia y autoritarismo) que ha marcado la trayectoria política de EE. UU., una que Trump ha convertido en la más ostensible cleptocracia de su historia (1776-2026), constituye la caquistocracia (gobierno de los peores) emblemática (la de Milei en Argentina está subyugada a la de MAGA).

Siempre, de la más ínfima de las realidades, surge un Trump: ¡Bukele!

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