Naomi Klein: “La riqueza extrema tiene un efecto desquiciador. Te convierte en un supremacista”

Naomi Klein: “La riqueza extrema tiene un efecto desquiciador. Te convierte en un supremacista”

Naomi-Klein. Fotografía de Tanya Goehring (The Guardian)

Por Zoe Williams*

Ha abordado el neoliberalismo y el mundo digital; ahora, la escritora y activista se enfrenta a los multimillonarios de la tecnología. Explica cómo los ultrarricos sacan partido del caos climático y financiero en su búsqueda de poder (Entrevista en The Guardian)

El nuevo libro de Naomi Klein comienza en la cima de una montaña con dos «hombres fieles que reúnen a una audiencia para compartir su visión». Se trata de la visión de una ciudad paradisíaca, protegida por puertas de acceso en cada entrada, donde no hacen falta armas y todos sus habitantes son ricos. A uno de los hombres se le saltan las lágrimas al describir su belleza. Sin embargo, la escena inicial de End Times Fascism (Fascismo del fin de los tiempos) —obra escrita en colaboración con Astra Taylor— no es una metáfora. Los hombres son Jared Kushner y Steve Witkoff. Es el año 2026 y la montaña es Davos. La ciudad paradisíaca se llamará Nueva Gaza.

La reunión del Foro Económico Mundial en Davos (Suiza) siempre ha tenido un doble propósito: ofrecer una plataforma para que los multimillonarios expongan todo el bien que hacen en materia de pobreza y clima, y ​​permitirnos vislumbrar sus envidiables vidas. Este año, lo que presenciamos —con total descaro— fue a los hombres más ricos del mundo reuniéndose para debatir sobre las posibilidades inmobiliarias de una fosa común.

En ese mismo foro de Davos, Donald Trump anunció su «Consejo de Paz» para la reconstrucción de Gaza; una iniciativa que no ha dado resultados sustanciales en los siete meses transcurridos desde entonces. Sin embargo, lo más significativo —señala Klein— es que «nos vemos bombardeados por tantos acontecimientos extraordinarios que cuesta asimilar la magnitud de lo que está ocurriendo: han anunciado unas Naciones Unidas privatizadas».

«Creo que entendemos que la riqueza se acumula y genera más riqueza, ¿verdad? Sin duda, los ricos comprenden perfectamente que la riqueza se multiplica», continúa Klein, hablándome desde su tranquilo y espacioso estudio en Columbia Británica. «Pero no creo que dediquemos mucho tiempo a reflexionar realmente sobre las implicaciones de esa acumulación masiva de riqueza y sobre sus efectos psicológicos. Parte de ese nuevo descaro que presenciamos es, sencillamente, lo que sucede cuando tal cantidad de poder financiero, mediático, tecnológico y militar se concentra en manos de un grupo tan reducido de personas que no rinden cuentas a nadie. Simplemente dejan de intentar seducirnos».

Klein se muestra serena y curiosa al transmitir este mensaje. Es de risa fácil. Pero ya mostraba esa misma actitud tranquila y vital cuando la entrevisté en el escenario de Manchester con motivo de Doppelgänger, su libro de 2023, en el que describía cómo el mundo digital está destruyendo nuestra conexión con la realidad y entre nosotros. En 1999, cuando se publicó No Logo —la obra que la catapultó a la fama—, a sus 29 años transmitía una certeza estimulante: el neoliberalismo estaba causando daños cuyo alcance aún ni siquiera podíamos vislumbrar; y, sin embargo, se la veía centrada y feliz en el mundo. De algún modo, logra mantener esta actitud, a pesar de que las noticias que comunica son siempre tan convincentemente —y a la vez increíblemente— nefastas.

End Times Fascism describe el mundo actual, donde los elementos del autoritarismo se manifiestan por doquier: la economía anarcolibertaria en Argentina, la destrucción de la libertad de prensa en Rusia, la erosión de las instituciones democráticas en Hungría (hasta que Viktor Orbán fue destituido), el «neofascismo antiinmigración» en Italia, la instrumentalización de la identidad trans por parte de Jair Bolsonaro en Brasil y la islamofobia en la India de Modi. Pero se trata de un fascismo diferente. Sus defensores buscan activamente un apocalipsis —o una oleada de apocalipsis interconectados provocados por el cambio climático y el caos financiero— para precipitarnos hacia un mundo posdemocrático en el que solo unos pocos ricos sobrevivan y prosperen.

Este libro comenzó como un artículo en The Guardian «que se hizo totalmente viral», cuenta Klein. «Astra y yo sabíamos que quedaba mucha investigación por hacer, pero, a nivel personal, ¿queríamos pasar el año siguiente metidas en la mente de esta gente y en estas culturas? Entonces Astra dijo: «Ya me he metido de lleno en la madriguera del conejo; voy a estar escuchando a estos tipos de todos modos. Así que más vale sentir que estoy haciendo algo al respecto». Por eso es el primer libro que escribo en colaboración. Cuando te adentras en lugares oscuros y aterradores, se agradece ir acompañada de una amiga». Astra Taylor es también escritora, activista y documentalista, y fundó Debt Collective, un experimento fascinante para construir una solidaridad estructurada —casi sindical— en torno a la deuda personal, con el objetivo a largo plazo de eliminar las tasas universitarias, nacionalizar la sanidad y fortalecer el poder de los inquilinos.

En el libro, Klein y Taylor nos presentan a los fundamentalistas religiosos, los sionistas cristianos y los nacionalistas cristianos de Estados Unidos que se preparan para la Segunda Venida. Al describir un «Estado atrincherado», las autoras conectan los desastres climáticos, un ejército activo ferozmente antiinmigrante —representado por el ICE— y una política cimentada en falsas promesas y desinformación, para retratar una sociedad febril y fracturada que no sabe qué creer. Pero la parte verdaderamente aterradora es la sección intermedia, dedicada a los multimillonarios tecnológicos. Los ultrarricos tienen sus propias fantasías apocalípticas, basadas no en la fe o la ideología, sino en una evaluación serena y racional de la mejor manera de mantener su posición; sinceramente, prefieren reinar en el infierno antes que compartir el cielo. Y cuentan con todo el dinero necesario para asegurarse de llegar allí.

«Son tendencias que llevo siguiendo mucho tiempo», dice Klein. «Vi el enclave privatizado nacido del “shock”, del desastre, cuando informaba desde Irak. Está la imagen de la Zona Verde, esa Ciudad Esmeralda administrada por Estados Unidos en pleno Bagdad, construida por Halliburton y todos esos contratistas privados, con el poder de nombrar a un virrey. En la parte final de La doctrina del shock (2007), hablo de cómo esos contratistas se trasladaron [desde Irak] al escenario del huracán Katrina, y de la idea de que estos desastres climáticos son su próxima frontera de crecimiento. Los periodistas empezaron a llamar a Nueva Orleans «Bagdad en el pantano». El grupo al completo está allí: Halliburton, Bechtel, Blackwater».

Pero —y no se cansa de recalcarlo—, por muy útil que resulte conocer la historia reciente de estas tendencias, no hay que caer en la falsa tranquilidad de pensar que ya se ha visto todo esto antes. «Me ha resultado muy útil la imagen de la espiral para entender cómo nuestra época es, a la vez, familiar y distinta», afirma Klein. «Lo característico de una espiral es que das vueltas, pero no regresas al mismo punto. Si la espiral desciende, lo hace a mayor profundidad y con mayor estrechez; cobra más velocidad, más fuerza, más calor y más violencia». Es una imagen a la vez poética y profundamente aleccionadora. Ella ofrece un breve estímulo, como quien te tiende un gajo de naranja justo antes de entrar en una zona de guerra: «Se puede invertir el sentido de la espiral: puede expandirse hacia fuera; es la espiral del universo».

En la coyuntura actual, en la que las crisis y los desastres se suceden con tanta frecuencia que vivimos en un estado permanente de desorientación y conmoción, el statu quo no es estático: empeora constantemente. «Existe ese impulso de recurrir a la historia», afirma Klein. «Lo hemos visto una y otra vez. Tras el 11-S, la gente empezó de repente a leer libros de historia sobre Afganistán e Iraq, o a Chomsky, intentando orientarse. Lo vimos de nuevo durante la pandemia: la gente leía sobre las grandes epidemias del pasado. Pero caer en la creencia de que todo ha ocurrido ya antes —de que la historia no conlleva un efecto acumulativo— entraña una trampa. Para ser sincera, tras la reelección de Donald Trump, las ventas de La doctrina del shock se dispararon. La gente decía: «Es exactamente como tú decías», y yo pensaba: «No creo que lo sea»».

La era neoliberal —llamémosla, para abreviar, el periodo comprendido entre el fin de la Guerra Fría y el covid— fue como «el capitalismo tumbado en el sofá en ropa interior, diciendo: «¿Qué vas a hacer? ¿Dejarme?». Durante la Guerra Fría, un poco de competencia bastaba; tras el colapso de la Unión Soviética, esa competencia desapareció y el capitalismo dejó de esforzarse». Sin embargo, ser inmensamente rico en aquella época conllevaba cierta vulnerabilidad, ya que —tanto si la riqueza procedía de políticas de privatización en Estados Unidos o Europa como de métodos más expeditivos y cleptocráticos en los antiguos Estados comunistas— era evidente que se trataba de riqueza pública de la que se habían apropiado. «Así que organizaban rituales de seducción, ya fuera en Davos, Aspen, TED o la Clinton Global Initiative. Decían: «Vamos a curar a los enfermos y a financiar vuestras escuelas de una forma nueva y apasionante; no os preocupéis por nosotros. No temáis a nuestra riqueza. En realidad, es una nueva manera de redistribuir recursos en beneficio del bien común»».

Recuerdo vívidamente aquel mundo: enormes conferencias, como la entrega de premios de la Fundación Skoll, donde se agasajaba a los periodistas con banquetes mientras observaban a personas inmensamente ricas repartir premios de 20.000 libras a iniciativas comunitarias de acceso a agua potable en Kenia. Para ser justos, tanto antes como inmediatamente después de la crisis financiera, hubo muchas voces críticas que cuestionaban la idea de que la benevolencia capitalista pudiera resolver problemas tan complejos como la desigualdad. Mucha gente —con Klein a la cabeza— señalaba que aquello olía a estafa. Pero, mientras debatíamos sobre esto, la agenda de las élites económicas siguió avanzando.

Naomi Klein y Astra Taylor, autoras de «End Times Fascism»

En vísperas de las elecciones presidenciales de 2024, Peter Thiel organizó en el Hotel Faena de Miami unos paneles de discusión titulados «El enemigo», en los que señalaba como tales a los Objetivos de Desarrollo Sostenible, el «principio de precaución» y la «responsabilidad social»; el evento culminó con una fiesta de disfraces temática titulada «Baile del Apocalipsis». Según relatan Klein y Taylor, entre los disfraces se vieron cosas como un «doctor en eugenesia»; un «chef haitiano con un juguete para gatos ensangrentado colgando del delantal» (en referencia al bulo sobre inmigrantes que comían mascotas en Springfield, difundido en 2024 y repetido tanto por Trump como por JD Vance); y una pareja que llevaba buscapersonas como una broma macabra sobre el mortífero ataque de Israel en el Líbano.

Thiel se ha mostrado explícitamente antidemocrático durante años; en 2009 escribió: «Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles». Sin embargo, otros multimillonarios del sector tecnológico han dado un giro radical. «Jeff Bezos rebautizó un estadio de Seattle como Climate Pledge Arena y concedió premios relacionados con el medioambiente», señala Klein. Elon Musk invirtió en coches eléctricos y llegó a verse a sí mismo como una figura salvadora. «Siempre que alguien estaba en apuros, Musk acudía al rescate: «Yo salvaré a Puerto Rico», «Yo salvaré a los niños atrapados en la mina». Es divertido ser un superhéroe, ¿verdad? Pero si vas a ser un superhéroe, esperas ser adorado. Y la gente dejó de adorarlos». Ahora, los compromisos climáticos han desaparecido, sustituidos por una suerte de nihilismo performativo respecto a evitar la crisis climática, sumado a la determinación de construir cada vez más centros de datos. «No estamos ante personas estúpidas que no entienden el cambio climático», afirma Klein. «Estamos ante personas que saben muy bien lo que implica conectar 35 turbinas de gas en Memphis». (Supone un consumo descomunal de energía y agua, además de la degradación de la calidad del aire y la contaminación acústica en la zona; todo ello para que Musk alimente a Grok, su modelo de lenguaje de gran tamaño que, a ratos, muestra tendencias nazis).

La rapidez con la que multimillonarios que antes se inclinaban por el Partido Demócrata se alinearon con Trump en 2024 resultó pasmosa. «No creo que la etapa en la que Mark Zuckerberg parecía preocuparse profundamente por la democracia y el cambio climático fuera auténtica», comenta Klein. «Él se reinventa según lo que convenga a su negocio. Figuras como Thiel y Musk, en las que sí existe una ideología real, son más fáciles de comprender que otras como Bezos o Zuckerberg; con estos últimos da la sensación de que no hay nada detrás, que son simplemente tipos anodinos que acabaron siendo inmensamente ricos». A Klein le interesa, aunque sea de pasada, qué combinación de acontecimientos forjó a estos hombres; muchos de ellos se curtieron durante el auge de las «puntocom», cuando se les adoraba como a dioses y aparecían en la portada de la revista Time sentados en tronos de oro. Hay un componente de ira derivada del ego: la sensación de que no somos lo bastante agradecidos. En última instancia, sin embargo, «cerramos el libro concluyendo que la riqueza tiene sus propios efectos perturbadores. Casi inevitablemente te convierte en un supremacista, porque los seres humanos somos criaturas que se cuentan historias y necesitas un relato para racionalizarlo: ¿por qué tú? ¿Por qué tienes tanto en una época de tanta carencia y necesidad? Y la única historia posible a tu alcance es que hay algo en ti que lo justifica».

Los argumentos de los superricos han adquirido un nuevo matiz provocador: eugenesia e islamofobia explícitas, y un deleite descarnado ante la perspectiva de que la IA acabe con nuestros empleos. Casi da la impresión de que nos desafían a rebelarnos, solo para demostrar que tal rebelión es inútil.

Sin embargo, Klein no estaría de acuerdo con eso. Está a nuestro alcance colectivo construir un movimiento de desarme de la riqueza o un movimiento de desarme tecnológico. Ella señala el ejemplo de los hermanos Pearson, KeShaun y Justin, que luchan contra el centro de datos Colossus 2 de Musk en Memphis: «la forma en que arraigan tan conscientemente su lucha en la historia del movimiento por los derechos civiles y del movimiento por la justicia ambiental en Memphis, remontándose a las personas anteriormente esclavizadas que fundaron Boxtown. Aquí fue donde asesinaron a MLK, tras marchar con los trabajadores de saneamiento de Memphis». KeShaun Pearson lidera Memphis Community Against Pollution, organización que ha logrado importantes victorias contra oleoductos y la emisión industrial de sustancias químicas cancerígenas, y que ahora se moviliza contra los centros de datos. Justin se postula para el Congreso.

En End Times Fascism, Klein y Taylor evocan el concepto de Walter Benjamin Jetztzeit —literalmente, «tiempo-ahora»—: un instante tan cargado del espíritu y la urgencia de la revolución que moviliza la energía de todos los movimientos que lo precedieron. Es algo poético, sí, pero también literal y observable. Si queremos oponernos a esta nueva vertiente fascista, realmente debemos darnos prisa. «No suelo emplear este tipo de lenguaje; intento ser comedida, pero creo que me he ganado el derecho a subir el tono», afirma. «En el momento actual, la gente está muy enfadada, pero por mucha rabia que se sienta, nunca es suficiente. Porque hay algo profundamente grave en dejar de creer en el futuro, en no ver valor alguno en nuestro hogar común ni en el mundo natural. Son unos traidores a la creación».

A Klein no le faltan motivos para luchar. «He decidido vivir muy cerca de la naturaleza, en una zona bastante agreste de la Columbia Británica», cuenta. «En las noches oscuras, el cielo es un manto de estrellas. Y ahora vemos muchísimos de los que yo llamo «bichos espaciales de Elon» —los satélites Starlink— deslizándose por el firmamento. Él quiere multiplicar esa cifra por cien. ¿Quién dijo que podía hacerlo? ¿Quién le otorgó ese derecho? Ahí es donde encuentro mi indignación. Me enfurece lo que ocurre con las estrellas. Me enfurece la situación de las orcas. Me enfurece lo de Gaza. Otras personas encontrarán su indignación en otros ámbitos. Debemos hallar aquello que amamos profundamente y luchar con todas nuestras fuerzas».

* Nota original: Naomi Klein, ‘Extreme wealth has a deranging effect. It turns you into a supremacist’

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