La modélica transición. Sangres de Agosto 1976-1982
Fotografían gentileza de www.archivodelatransicion.es
Por LQSomos
Para comprender bien el presente, es necesario conocer el contexto en el que se produjo la transición, y los límites que se impusieron a sangre y fuego. Porque la transición, la Constitución, están teñida de sangre y no se fraguaron en un clima de verdadera libertad
En 2018, Alejandro Pacheco (Madrid 1958-2022) e Iñaki Alrui, miembros de la Asamblea de Redacción de LoQueSomos, iniciaron una recopilación de los asesinatos de la transición, coincidiendo con el cuarenta aniversario de la Constitución.
Ahora volvemos a recuperar aquellas recopilaciones con la colaboración de Rosa García Alcón, y es que queremos aprovechar el año uno de la democracia, o sea los “50 años de la transición”, para volver a recordar los crímenes cometidos durante ese periodo que no fue para nada tan pacífico como nos han contado, y de paso actualizarlos. La transición fue de hecho una violencia brutal desde el aparato del estado, ya fuese a través de sus brazos armados oficiales —la policía y la guardia civil— o por medio de las bandas fascistas (siempre parapoliciales) que se encargaron de reprimir huelgas, manifestaciones y todo tipo de reivindicaciones.
⇒ 50 años de la sangrienta transición⇐
Ninguno de los crímenes aquí recordados han tenido su merecido castigo, ni siquiera han sido juzgados penal o políticamente como lo que son: asesinatos. Asesinatos de Estado o amparados por el Estado. Y recuerden vamos mes a mes, ahora… los AgostoS:
1979
2 de agosto. Biarritz, Francia
Jon Lopategi Carrasco «Pantu». 36 años. El 20 de enero de 1972 fue detenido por organizar una huelga en la empresa donde trabajaba, Tarabusi, y fue despedido de ella. Posteriormente se vio forzado a exiliarse en Iparralde. En enero de 1979 es confinado en Valensole por el gobierno francés y se le prohíbe permanecer en los departamentos fronterizos. Jon rompe esa prohibición. El 2 de agosto se dirigía en coche a la playa junto a dos compañeros. Observaron que estaban siendo seguidos por otro coche. No pudieron despistarlo y fueron ametrallados. Jon Lopategi murió en el acto por un disparo en la cabeza.
4 de agosto. La Ràpita, Tarragona
Pascale Collette. Los hechos ocurrieron en la comarca del Montsiá, durante la persecución por parte de agentes de la Guardia Civil de un vehículo sustraído. Pese a que los efectivos reiteraron la orden de detención a los ocupantes, estos hicieron caso omiso, lo que llevó a los agentes a disparar contra los neumáticos del coche. El vehículo terminó estrellándose contra un muro. Mientras el resto de los ocupantes lograban huir, en el interior del turismo se halló a la joven Pascale Collette, quien se encontraba en estado grave. Finalmente, ingresó sin vida en el centro médico al que fue trasladada.

13 de agosto. Monforte de Lemos, Lugo
Emilio Fernández Castro. 36 años. Durante las fiestas patronales de Monforte se producen unos incidentes entre unas docenas de jóvenes y miembros de la Policía Nacional. Según algunos testigos, Emilio fue golpeado por varios policías, pese a ser ajeno a los enfrentamientos. Según la madre del fallecido, su cuerpo presentaba fuertes hematomas en espalda, brazos y cabeza. La versión oficial, sostenida por el alcalde de UCD, al que se hacía responsable de los incidentes, fue que la causa de la muerte fue la rotura de una válvula artificial que Emilio Fernández tenía implantada en su corazón.
14 de agosto. El Escorial, Madrid
Pedro Tabanera Pérez. 20 años. Militante del PCE(r). La Policía Nacional le tiende una emboscada en la estación de tren de El Escorial. No se sabe con exactitud qué ocurrió allí, pero se produjo un tiroteo en el que Pedro Tabanera resultó muerto. Presentaba herida con un orificio en el omoplato derecho y otro orificio en el pectoral del mismo lado. En el hospital de La Alcaldesa, de San Lorenzo del Escorial, donde fue ingresado, manifestaron que “no podían facilitar el parte facultativo” que aclarase cuál de los dos orificios era el de entrada, es decir, si le habían disparado de frente o por la espalda.
25 de agosto. Gasteiz, Araba
Justo López Zubirian, 43 años. Félix Mingueta Sanz, 39 años. El policía nacional Antonio Macías Benítez, de paisano y borracho, provoca una riña en el restaurante Las Vegas, situado en el barrio industrial de Zaramaga. El encargado del local, Justo López, echa del establecimiento al grupo de alborotadores. El policía vuelve pasados unos minutos y pide una copa de whisky. Justo se niega a servirle alcohol. Acaba sirviéndole una tónica, que Antonio Macías consume en un extremo de la barra. Le dice a un camarero: “vete de aquí porque a las ocho a ése y a ése les va a pasar algo gordo”, señalando a Justo y otro empleado del restaurante. A continuación, sale del local, toma un taxi, se dirige a recoger su pistola y vuelve a Las Vegas. Allí dispara sobre Justo López y un cliente habitual, Félix Mingueta, repartidor de butano, matando a los dos.

31 de agosto. Arganda del Rey, Madrid
José Prudencio García. 44 años. El día 19 de agosto se produjo un enfrentamiento entre un grupo de jóvenes que lucían símbolos fascistas y algunos chicos del pueblo. Desde ese día, el grupo fascista volvía todas las noches al pueblo en actitud provocadora: conducir coches por la avenida central a toda velocidad y amagando con atropellar a los viandantes, insultar y agredir a vecinos, romper una botella de refresco en la boca a un joven… El día 31, un grupo de argandeños, decididos a acabar con esas provocaciones diarias, identifica a los fascistas en el centro del pueblo y comienza a perseguirles. Uno de los perseguidos saca una pistola y dispara. Más vecinos se suman a la persecución. El de la pistola y otro que le acompaña roban un coche. Unas 30 personas les rodean y logran detener a Francisco Molina. El otro sigue disparando y huye. José Prudencio García resulta alcanzado por los disparos y muere.
1980
24 de agosto. Cortes, Navarra
Aurelia Jiménez García, 30 años. Era la madrugada cuando el vigilante de una empresa alertó a la Guardia Civil ante un posible robo de aluminio. Una patrulla acudió al lugar y, al divisar dos siluetas, el agente José López Barranquero ordenó el «alto», sin obtener respuesta. Acto seguido, efectuó dos disparos al aire y otros dos directamente contra las dos personas, que resultaron ser Aurelia Jiménez y su compañera. A pesar de la evidente dirección de los proyectiles, la versión oficial sostuvo que los disparos solo buscaban intimidar, no herir. Sin embargo, una de las balas alcanzó el cuello de Aurelia, causándole la muerte instantánea. El agente fue juzgado en Pamplona y condenado por imprudencia temeraria con resultado de homicidio a tan solo siete meses de prisión, además de una indemnización de 1,5 millones de pesetas para el marido y 250.000 para cada uno de sus seis hijos.
25 de agosto. Feria, Badajoz
Joaquín Mendoza Lavera, 17 años. No fue hasta 2018 cuando la muerte de Joaquín Mendoza, ocurrida casi cuatro décadas antes, salió del olvido gracias a la reconstrucción de un periodista. Todo sucedió durante las fiestas de Feria, un pequeño municipio de Badajoz. Eran las once de la noche del 25 de agosto de 1980 cuando Joaquín, su primo Paco Becerra y un amigo se apartaron del bullicio para subir a unos barrancos con un propósito tan mundano como el de hacer sus necesidades. Mientras Joaquín se alejaba unos pasos del grupo, sus compañeros, ya terminada su tarea, le apremiaron: «¡Vámonos, Joaquín!». Él respondió: «Esperad un segundo, voy enseguida». Fue entonces cuando una sombra emergió de un pequeño bancal. «¿Quién anda por ahí?», alcanzaron a preguntar los jóvenes. Era el guardia civil Juan Martínez Píriz, que sin mediar más palabra efectuó un primer disparo. El pánico se apoderó de los amigos, que huyeron calle abajo. Claudio Martínez, un maestro del pueblo que volvía con un helado en la mano, los vio correr mientras su suegra comentaba, ajena a la tragedia: «parece que han tirado unos cohetes». Pero no eran cohetes. Segundos después, una segunda detonación, disparada a apenas diez metros del joven, acabó con su vida en el acto. El estruendo de la pólvora festiva y la música amortiguaron el crimen, que quedó sepultado bajo el ruido de la celebración. Durante años, la Guardia Civil manejó hasta tres versiones contradictorias de lo ocurrido, todas ellas alejadas de la verdad. El tiempo, y la tenacidad de un periodista, se encargaron de desmontarlas.
28 de agosto. Irun, Gipuzkoa
Jesús María Etxebeste Toledo. 46 años. Cuando se dirigía a su trabajo, unos encapuchados abrieron fuego contra él y se dieron a la fuga en un coche robado. Le alcanzaron tres disparos en la columna vertebral, el abdomen y un brazo. Los asesinos eran miembros del Batallón Vasco Español.
29 de agosto, Madrid
Abelardo Collazo Araújo. 34 años. Militante del GRAPO. Se había fugado hacía poco tiempo, junto con otros cuatro compañeros, de la cárcel de Zamora. La Brigada de Información de la Policía Nacional montó un dispositivo de seguimiento. Le localizaron en la zona de Cuatro Caminos. Iba en compañía de José Luis Fernández González. Según la versión oficial del Ministerio del Interior, les dieron repetidamente el alto, Abelardo Collazo sacó un revólver y entonces los policías dispararon. Collazo Araújo cayó muerto en el acto y José Luis Fernández resultó gravemente herido por un impacto de bala en la columna vertebral. Sin embargo, numerosos testigos presenciales afirmaron que los dos grapos entraron en la calle Coruña seguidos por cuatro policías de paisano que, desde el centro de la calzada, les dieron gritos de “¡Policía, policía!” y dispararon inmediatamente matando a uno e hiriendo a otro, sin que Abelardo Collazo Araújo hiciera uso de ninguna pistola.
30 de agosto. Ondarroa, Vizcaya
Ángel Etxaniz Olabarría. 43 años. Había sido detenido repetidas veces por la Guardia Civil en pleno franquismo: 1964, 1968 y mayo de 1976. Presentó denuncia por torturas. Mientras estaba detenido, el Club 34, una sala de fiestas de la que era propietario, sufrió un atentado con explosivos, reivindicado por la Triple A. El 30 de agosto de 1980, un individuo entró en la sala, tomó una consumición, dio varias vueltas y salió. Al poco entró acompañado de otro individuo cubierto por un pasamontañas y, armado con una metralleta, se dirigió al punto donde se encontraba Ángel Etxaniz con su prima, Noelia Etxaniz, sobre los que disparó una ráfaga. Ocho balas alcanzaron a Ángel, dos de ellas en el corazón, por lo que resultó muerto en el acto. Su prima Noelia resultó herida muy grave, así como la taquillera del Club, Francisca Aurresti, con una bala alojada en la región lumbar.

1982
6 de agosto, Valencia
Sebastián García García, 56 años. Eran las doce del mediodía del 20 de julio de 1982 cuando veinticinco empleados de Unión Naval de Levante ocuparon pacíficamente la sede del Consejo Preautonómico valenciano. Su reivindicación era tan sencilla como desesperada: la empresa les adeudaba dos meses de salario. Horas después, sobre las cuatro de la tarde, la protesta se trasladó a la plaza de la Virgen, donde se concentraron unos quinientos trabajadores y familiares. Entre ellos se encontraba Sebastián García, un obrero de 56 años, casado y padre de dos hijos.
Lo que había comenzado como una reclamación laboral pacífica derivó en tragedia cuando la policía, tras desplegar un amplio dispositivo reforzado con antidisturbios, dio un ultimátum de apenas un minuto para disolverse. La tensión estalló entonces en una carga violenta que sembró el caos entre los concentrados. Los agentes arremetieron con contundencia, dejando a su paso heridos por golpes y quemaduras provocadas por los botes de gas lacrimógeno. En la estampida que siguió a la brutal intervención, Sebastián García fue arrollado por un automóvil. El propio conductor, consciente de la gravedad, lo trasladó de urgencia al Hospital Clínico, donde ingresó en la UVI en estado crítico.
Durante diecisiete largos días, el trabajador permaneció en coma profundo, aferrado a la vida mientras los esfuerzos médicos resultaban infructuosos. Finalmente, su corazón cesó de latir. Aquel 20 de julio no solo fue el día de una protesta, sino el principio del fin de un hombre que solo reclamaba lo que le pertenecía. La versión oficial de los hechos, como tantas otras veces, jamás reflejó la dureza de aquella carga ni el rostro de quien quedó tendido en el asfalto.
¡No olvidamos!
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