Energía y mundo rural: contra el colonialismo interior y la miseria silenciada

Energía y mundo rural: contra el colonialismo interior y la miseria silenciada

Por Paco Audije*

«De colonización», así llamaron a aquellos pueblos inventados por el régimen de Fanco en la época de la invención/imposición de los pantanos, que a su vez desarraigaban poblaciones y alteraban los territorios y su medio natural. Era un tipo de desarrollo a martillazos.

Colonización llama el Estado de Israel a la desposesión y genocidio de los palestinos. Colonizar es un concepto asociado muchas veces a destrucción de tierras y a la expulsión de sus habitantes.

Ahora, en función de la prédica de las necesidades energéticas de los países ricos y de los grandes centros urbanos, los países del sur global sufren un castigo despótico; aunque también zonas y gentes de los países desarrollados son colonizados para mantener la producción energética decidida en los centros de poder económico y político. Son destinatarios de las nuevas basuras planetarias, a la vez que despanzurran sus tierras, sus hábitats y su alma.

Esa colonización –que no dice su nombre– incluye por ejemplo la lluvia de desquiciados proyectos mineros, con el apoyo propagandístico de palabras mágicas que impactan como una extorsión a los afectados. Y eso sucede con el despliegue de una propaganda interesada que se apoya en la distorsión del vocabulario (el uso falso del término sostenibilidad es quizá el más corriente).

De ahí se salta a las balsas tóxicas del mineral y a la extensión masiva de megainstalaciones en las zonas rurales. Se trata de producir energías renovables que se consumirán lejos, en los grandes centros urbanos, en territorios más ricos.

Los sacrificados por esas políticas apenas reciben beneficios; mientras, ven desaparecer elementos vitales para ellos y sus formas de vida. Las nuevas generaciones de esos lugares volverán a verse obligadas a emigrar, a proletarizarse, probablemente, como ya les sucedió a sus padres y abuelos. Ese neocolonialismo de apariencia distinta es –como el del pasado– un monstruo devorador de futuro. Algunos medios culparán incluso no a las élites responsables, no al capitalismo depredador, sino a las generaciones antes sacrificadas. Otro discurso reaccionario de apariencia lógica.

El colonialismo del siglo XXI actúa en espiral y afirma siempre tener como objetivo combatir la crisis del clima, querer reducir los gases de efecto invernadero, etcétera, etcétera. Pero hace lo contrario: reinventa otras formas de dependencia de recursos limitados para profundizar en la vieja minería extractivista, que amenaza áreas naturales y poblaciones indefensas, en Brasil o en Sudáfrica, en Estados Unidos o en el oeste de la península Ibérica.

Parte de la necesidad de cambiar el modelo energético para mitigar la crisis climática, para lograr la reducción del uso de los combustibles fósiles. El colonialismo histórico tenía pretextos humanitarios (civilizar al salvaje), el del siglo XXI predica el bien de toda la especie humana y del planeta en el que vivimos.

Pero el despliegue de megaproyectos de energías renovables mantiene una profunda dependencia de los combustibles fósiles, pues no se despega de ellos, mientras declara la necesidad de nuevas etapas de la historia de la extracción minera.

Es decir, tiene una gran dependencia del mismo régimen que nos está llevando hacia el abismo autoritario y digital, como antes a la catástrofe climática y energética.

Alberto Matarán Ruiz y Josefa Sánchez Contreras, autores de Colonialismo verde y racismo ambiental (Akal, 2025) declaraban lo siguiente en una entrevista con el diario La Vanguardia: “España es un territorio sacrificable para Europa”

«Se están dando casos de colonialismo en territorios históricos como en el sur global, pero también estamos viendo el despliegue del colonialismo dentro de las mismas metrópolis, como en el sur de España o en el territorio de los samis en Noruega. El colonialismo está alcanzando territorios que a priori estaban exentos y lo está haciendo con las mismas dinámicas de despojo y acaparamiento de tierras, centralización de la energía…»

En la Unión Europea, buena parte del territorio peninsular parece estar abocado a ser un territorio de sacrificio por medio de su entrega despótica a «megaproyectos de forma centralizada, para ser [energía] consumida en los grandes centros de consumo del centro y el norte de Europa. Sin plantear que lo que hay que hacer es reducir el consumo energético y que el transporte de energía no tiene ningún sentido. La eficiencia de una placa solar en Granada respecto a una placa solar en Polonia o Alemania es del 30% y las pérdidas energéticas del transporte de la energía desde Granada hasta Alemania pueden superar el 30%, tal y como reconoce la propia UE».

En Dismantling green colonialism. Energy and climate Justicice in the Arab Region (Pluto Press, Londres, 2023) se hace un examen de los efectos de ese neocolonialismo y cómo ayuda a crear regímenes de apartheid que no resultan explícitos ante la opinión global.

Curiosamente, tanto los autores del primer libro citado como los del segundo (un libro colectivo editado por Hamza Hamouchene y Katie Sandwell), dedican parte de sus obras al caso ejemplarizante del Sahara Occidental.

Josefa Sánchez Contreras y Alberto Matarán Ruiz afirman que el «apartheid climático es la aplicación profundamente racista y segregada de las acciones para prevenir y mitigar el cambio climático. Se le llama apartheid climático porque son muy evidentes la violencia colonial y el despojo a la población colonizada. La energía no revierte absolutamente para nada en la población local. En el caso saharaui, ni siquiera se contrata a la población local en los pocos empleos que genera la energía renovable».

Se trata de un caso en el que el pretexto de la energía crea lazos geopolíticos con otros países, con grandes potencias o potencias medias, que ofrecen luego un discurso en el que la ocupación adquiere la apariencia de simple problema diplomático. En el Sahara, se terminan modificando los perfiles del viejo conflicto histórico para enmascarar la ocupación marroquí.

Desde la perspectiva global, pero también desde el punto de vista de la Unión Europea, el oeste peninsular (Portugal y buena parte de España) están «cada vez más cerca de ser un territorio sacrificable». Porque lo que no se plantea políticamente es lo más razonable, que sería tratar de reducir el consumo generalizado por los megaproyectos en expansión.

Así lo creen Sánchez y Matarán, quienes concluyen que « el transporte de energía no tiene ningún sentido. La eficiencia de una placa solar en Granada respecto a una placa solar en Polonia o Alemania es del 30% y las pérdidas energéticas del transporte de la energía desde Granada hasta Alemania pueden superar el 30%, tal y como reconoce la propia UE».

El cruce de los grandes intereses especulativos con poderes políticos con mentalidad del siglo XIX conduce al neocolonialismo económico, bárbaro, al extractivismo más salvaje, que desprecia tanto a la verdadera democracia como a las poblaciones afectadas.

Es un proceso histórico-histérico, que se justifica de manera enajenada. Un frenesí en el que se intenta ridiculizar a quienes se oponen a él como si fueran simple «defensores de los pajaritos».

La destrucción de superficies boscosas y agrícolas, del medio natural, de ríos y lagos, conlleva fenómenos diversos como la despoblación, el empobrecimiento o envenenamiento de los suelos, así como la reducción, intoxicación o desaparición de las fuentes hídricas, la explosión de los megaincendios.

De modo que esa es la perspectiva de quienes llaman a oponerse al neoextractivismo colonial, que también sucede en la provincia de Cáceres o en Zamora, en Portugal o en Galicia.

Contra los centros de datos o de biometano; contra esas macrorrenovables inmensas de placas fotovoltaicas o de aerogeneradores gigantescos, que aplastan los bosques, los cultivos de cereales y empobrecen las tierras que ocupan y que sólo dejan migajas en los pequeños municipios afectados. Esos proyectos falsamente sostenibles y las élites que los promueven terminarán el vaciado demográfico y de la naturaleza. Todo se agotará sin que el desgaste del uso del término sostenible valga para hacer la realidad verdaderamente sostenible.

Se trata de lugares en los que las carreteras o las comunicaciones no se hacen para facilitar los desplazamientos hacia los hospitales, cada vez menos dotados, o a los centros de enseñanza, cada vez más lejanos de los pueblos pequeños, que dependen de sistemas de un transporte escolar privatizado, sino sólo hacia los centros de producción de energía.

⇒ Ver: Manifiesto “SALVEMOS EL MUNDO RURAL AGREDIDO”

La producción energética se va convirtiendo en un fin en sí mismo. O como ha escrito El Roto en una de sus últimas caricaturas: «El fin último de la vida es aumentar la facturación».

El desprecio de determinadas poblaciones implica un fenómeno de progresiva de despoblación, olvido y desigualdad social o su conversión en parques temáticos dedicados a servir a la imparable, insensata, turistificación masiva. Una espiral de caras e imágenes distintas que sólo contribuyen a expandir un nuevo tipo de colonialismo, una cierta miseria silenciada.

* En Periodistas en Español.
Más artículos del autor

Comparte este artículo, tus amig@s lo agradecerán…
Mastodon: @LQSomos@nobigtech.es Telegram: LoQueSomosWeb
Bluesky: LQSomos; Twitter: @LQSomos Facebook: LoQueSomos
Instagram: LoQueSomos WhatsApp: LoQueSomos;

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.