Canadá, tan cerca de los Estados Unidos

Canadá, tan cerca de los Estados Unidos

Mark Carney, primer ministro de Canadá en el Foro de Davos, enero 2026

Por Andrés Ruggeri*

El primer ministro de Canadá, Mark Carney, expresó en un célebre discurso en el Foro de Davos, en enero de este año, que las “potencias medias” como Canadá, debían unirse para salvar lo que se pudiera del viejo “orden mundial basado en reglas” que Donald Trump está destruyendo a pasos acelerados. La confrontación entre ambos países, históricos aliados, continuó agravándose, hasta el punto de que el Ejército canadiense considera seriamente la posibilidad de una invasión de su poderoso vecino. Sobre qué expresa esta situación en Canadá y sus implicancias, tanto para la sociedad canadiense como para el escenario internacional, Tektónikos habló con los investigadores Marcelo Vieta (Universidad de Toronto) y Simon Tremblay-Pepin y Julie Chateauvert (Universidad de Saint Paul).

La resistencia de la vieja élite global y la alternativa de las “potencias medias”

Cuando el primer ministro canadiense Mark Carney pronunció su célebre discurso en el Foro Económico de Davos, planteando abierta y claramente que su país debía aliarse con otras “potencias medias” para enfrentar las políticas de los Estados Unidos de Trump, se generó una atención mundial hacia una de las más completas manifestaciones de disidencia, entre los tradicionales aliados de la superpotencia norteamericana, ante la dirección tomada por el segundo gobierno trumpista. Carney planteó que era hora de que se produjera una reacción que permitiera tanto a Canadá como a otros países (especialmente la Unión Europea) romper la dicotomía de las relaciones internacionales basadas en la fuerza. “O estás en la mesa o estás en el menú”, fue la analogía empleada por el canadiense.

El disparador de este discurso fue poner en palabras lo que gran parte de las élites de países del Norte pensaban, pero no se animaban a decir con claridad. La agresividad del segundo gobierno de Trump no se dirigía solo hacia su “patio trasero” o a sus evidentes rivales geopolíticos como China o Rusia, sino a sus aliados históricos, países de la OTAN y su vecino más fiel y confiable, Canadá. El mandatario estadounidense se había referido repetidas veces al país como “el Estado 51”, había llamado “gobernador” a su antecesor Justin Trudeau y, especialmente, había puesto pesados aranceles a las importaciones, que provocaron pánico entre el empresariado canadiense. La renovación del tratado de libre comercio de América del Norte (el antiguo NAFTA, convertido en T-MEC por el primer gobierno de Trump), que debería ser un trámite, entró en una zona de zozobra. Las amenazas de anexión de Groenlandia, territorio en manos de Dinamarca (y de la Unión Europea en consecuencia) y continuidad geográfica de la zona ártica de Canadá, también sumó tensión. La extensa frontera entre ambos, desde hacía mucho tiempo una línea en el mapa que permitía fluidos intercambios comerciales y de ciudadanos de ambos países, volvió a ser una frontera en serio, con controles que habían caído en desuso.

Carney no respondió puntualmente a estas situaciones, sino que formuló un análisis de mayor alcance, considerando que no se trataba de una transición sino de una ruptura abrupta entre el viejo orden “basado en reglas” y uno nuevo en que las potencias ejercían su fuerza para lograr sus objetivos geopolíticos sin respetar ninguna convención. Definió esas viejas reglas como una simulación que se había acabado y que los grandes poderes, en consecuencia, iban a hacer “lo que pudieran” y los menos poderosos iban a “sufrir lo que debieran”. Frente a esa realidad, las “potencias medias” como Canadá debían actuar y aliarse con otros poderes similares para tener la fuerza suficiente para “estar en la mesa y no en el menú”. La batería de propuestas para eso es una mezcla entre el reconocimiento de la nueva realidad y la persistencia en los mecanismos de la “vieja” globalización, que incluye lo militar, pero básicamente las alianzas comerciales, ya sin contar con los grandes poderes, es decir, sin los Estados Unidos de Trump. Por supuesto, ninguna mención hizo a las “pequeñas potencias”, pero el impacto del discurso fue su crudeza frente al silencio incómodo que venía imperando entre los aliados tradicionales de los Estados Unidos.

Pobrecito Canadá

La sensación de que el poderoso vecino ya no era un protector sino un potencial enemigo provocó que las Fuerzas Armadas canadienses realizaran ejercicios militares con la hipótesis de una invasión estadounidense, algo inimaginable poco tiempo atrás. Aunque se aclaró que fueron ejercicios “teóricos”, el mero hecho de que resurja una hipótesis de conflicto abandonada a principios del siglo XX es ya muy significativo. La conclusión fue, además, que frente al poderío de los estadounidenses la estrategia de defensa debía pasar por la guerra de guerrillas y una defensa dispersa por parte de militares y civiles armados. Aunque no la llamaron “guerra popular”, es un plan que podrían haber hecho en Cuba. Todo suena bizarro —una tendencia de época—, pero sucedió, como el propio Ejército canadiense se encargó de hacer público en enero de este año. De alguna manera, los canadienses empezaron a sentir en carne propia el famoso aforismo mexicano, atribuido a Porfirio Díaz, “pobrecito México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”.

Marcelo Vieta, un académico argentino-canadiense de la Universidad de Toronto, relativiza el hecho y lo contextualiza en las tensiones entre dos modelos de gestión de un capitalismo en crisis. Para Vieta, “sigue siendo extremadamente improbable que se produzca un conflicto armado real con EE. UU. En última instancia, no beneficiaría a los intereses extractivos que Estados Unidos sigue manteniendo sobre los recursos canadienses”. El peligro más relevante no es la invasión, sino “la normalización de la retórica coercitiva, que es lo que efectivamente hacambiado”, en que se recuerda a Canadá que “su soberanía es provisional y depende de los caprichos de Estados Unidos, un cambio cualitativo hacia lo que podría llamarse ‘diplomacia de la amenaza’ en las relaciones entre EEUU y Canadá. Así es, al fin y al cabo, como habla el imperio en condiciones de declive: no con normas, sino con amenazas”.

Simon Tremblay-Pepin y Julie Chateauvert, investigadores quebequenses (la parte francoparlante de Canadá) de la Universidad de Saint Paul, complementan esta opinión. “Canadá siempre ha percibido la relación con los Estados como peligrosa, y Trudeau padre dijo en 1969 que vivir tan cerca de Estados Unidos era como dormir con un elefante”. Como consecuencia, las élites canadienses ven en Trump “el fin de la constancia y la previsibilidad y, potencialmente, el fin de las rentas para algunas de ellas, los obliga a diversificar sus socios comerciales y, potencialmente, a innovar para distinguirse. Ningún miembro de la perezosa élite canadiense quiere tener que hacer nada que se parezca a eso, por lo que apoyaron a Carney como abanderado de su proyecto de defensa del statu quo”.

¿Quién es Mark Carney?

La pregunta que surge es: quién es y a quién representa Mark Carney. La trayectoria del primer ministro es la de un tecnócrata financiero, un hombre de la clase dominante adaptado al “mundo basado en reglas” de la globalización neoliberal. Su trayectoria habla por sí misma: fue presidente del Banco Central de Canadá y del Banco de Inglaterra, graduado de las escuelas económicas de Harvard y Oxford, economista de Goldman Sachs y una figura central en los círculos de las finanzas internacionales y la gobernanza multilateral, entre otros cargos como presidente de Bloomberg, vicepresidente de Brookfield Asset Management, enviado especial de la ONU para la Acción Climática y las Finanzas y, como señala Vieta, “ahora líder moral de la élite global de Davos” (a los que Milei, recordemos, llamó “socialistas”). Para el investigador, Carney es “un gestor tecnocrático de crisis al servicio del capital, que representa lo que podríamos llamar el ‘ala ilustrada’ o gerencial del neoliberalismo, profundamente comprometida con las normas, las instituciones y la previsibilidad, lo que lo sitúa de lleno dentro de la élite financiera transnacional que construyó y vigiló la globalización neoliberal durante las últimas tres décadas”.

El proyecto que Carney representa a lo interno de Canadá es la continuidad de las políticas históricas de un país sumamente imbricado en la estrategia mundial del neoliberalismo. Como expresan Tremblay-Pepin y Chateauvert, Carney “quiere reforzar y profundizar el orden neoliberal en Canadá y, al ser un alumno particularmente aplicado según las reglas del viejo mundo —ese que Trump está destruyendo y que los canadienses extrañan porque era tan cómodo—, espera reunir una coalición interna fuerte y establecer alianzas sólidas fuera de Estados Unidos a nivel internacional”. Para Vieta, en el mismo sentido, “la razón por la que Carney intervino con tanta contundencia en Davos es precisamente porque el trumpismo amenaza la arquitectura institucional de la que dependen figuras como Carney para gestionar las crisis del capitalismo”. El segundo mandato de Trump, afirma el investigador, “señala un giro hacia la coacción descarada a través de aranceles, amenazas territoriales y el abandono de las normas multilaterales”. Todo esto “está desestabilizando acuerdos de larga data dentro del propio núcleo capitalista, en que la segunda presidencia de Trump marca una ruptura con el orden gerencial y basado en normas que permite a figuras como Carney gobernar el capitalismo de manera tecnocrática”.

En más de un sentido, la figura del primer ministro del Partido Liberal está claramente conectada con el corazón de la clase dominante canadiense y trasnacional. Un artículo del Instituto de Investigación y de Informaciones Socioeconómicas (IRIS, por sus siglas en francés) de Quebec advierte que Carney no es sólo un interlocutor de las corporaciones, sino un integrante directo del corazón económico y financiero del capitalismo norteamericano. El texto de los investigadores Sophie Elias-Pinsonnault y Silas Xuereb desmenuza esta pertenencia: Carney tiene intereses económicos directos en 567 empresas (en su mayoría de los Estados Unidos) y una fortuna personal considerable. En la parte menos atendida de su llamativo discurso en Davos asegura que “en Canadá hemos reducido los impuestos sobre la renta, las ganancias de capital y las inversiones empresariales, hemos eliminado todas las barreras federales al comercio interprovincial y estamos acelerando la implementación de 1 billón de dólares en inversiones en energía, inteligencia artificial y minerales críticos”, además de duplicar el gasto militar. En los primeros nueve meses desde que asumió el gobierno, las reuniones de lobby públicas que Carney atendió con agentes de las corporaciones, según el mismo artículo, triplicaron las de su antecesor Justin Trudeau (que ciertamente no era un enemigo del capital) en el mismo tiempo, y sus relaciones con el Bussiness Council of Canada, la institución más representativa del gran capital, han incrementado la influencia de este sector en la gestión de gobierno. Esto se ejemplifica, según el IRIS, en una llamativa cláusula dentro del proyecto de presupuesto (la ley ómnibus C-15) que, entre otras cosas, “permite a los ministros del Gabinete eximir a cualquier persona o corporación de cualquier ley federal canadiense de la que sean responsables (con la excepción del Código Penal)”.

Estas exenciones deben justificarse “como de ‘interés público’ y para ‘estimular la innovación, la competitividad o el crecimiento económico’, pero estos conceptos son tan vagos que podrían invocarse para prácticamente cualquier ley”. Cualquier parecido con la ley Bases y el RIGI de Milei no es casualidad.

Este giro corporativo del gobierno del Partido Liberal quedó oculto bajo el temor a las agresivas posturas de Trump. De hecho, la amenaza trumpista fue una tabla de salvación para las aspiraciones electorales de los liberales, que remontaron una desventaja importante para obtener un triunfo en las elecciones que llevaron a Carney al gobierno. Vieta afirma que “el regreso de Trump y sus ataques a Canadá proporcionaron un enemigo externo y una narrativa organizadora, lo que permitió a los liberales replantearse como defensores de la estabilidad y la unidad nacional”. De esta forma, lograron una “relegitimación de la tecnocracia del Partido Liberal, marginando tanto a los conservadores como —de forma aún más marcada— al tercer partido nacional tradicional de Canadá, el New Democratic Party (Partido Nuevo Democrático, NDP), de centroizquierda”. Por eso, como afirma Simon Trembay-Pepin, “Carney será un gobierno conservador con apariencia liberal, al que le resultará mucho más fácil imponer medidas que habrían suscitado mucha resistencia si hubieran sido propuestas por los conservadores”.

La cuestión social en Canadá

Aunque las expresiones de Carney se refieren a la política externa y a cómo Canadá se inserta en una estrategia alternativa al trumpismo, el factor de continuidad con las políticas neoliberales “clásicas” también tiene un impacto a lo interno del país. Canadá es vista generalmente como un país desarrollado con alta calidad de vida, ajeno a los conflictos sociales agudos que imperan en gran parte del mundo, una socialdemocracia con niveles de bienestar envidiables. Esa visión idílica se resquebraja al analizar otros factores. Vieta señala el deterioro importante de la calidad de vida y del sostenimiento estatal a los sectores vulnerables en los últimos años, por más que, en comparación con América Latina, “Canadá sigue siendo, sin duda, y dentro de los parámetros del capitalismo contemporáneo, un país rico, pero esa comparación oculta el largo proceso de deterioro interno de Canadá, en que la desigualdad se ha agravado, el costo de la vivienda es cada vez más inalcanzable para la mayoría de los canadienses que no han tenido la suerte de heredar un patrimonio, el trabajo precario se ha expandido de forma exponencial y los servicios públicos siguen sometidos a una gran presión”. Esto se incrementa para los pueblos indígenas que “siguen sufriendo una forma neocolonial de despojo, agravada por la falta de financiación de las infraestructuras en las zonas donde viven y por la violencia estatal de carácter racista, ya que ellos, al igual que otros canadienses afrodescendientes son sujetos de una atención policial desproporcionada (…) y los trabajadores migrantes se encuentran entre los grupos más explotados de forma constante y violenta en Canadá”.

Se trata de contradicciones flagrantes que las políticas de Carney profundizan. Tremblay-Pepìn y Chateauvert señalan como, en contraposición al deterioro constante de los servicios públicos en la última década, aumenta el gasto militar. “Este período de austeridad va acompañado de inversiones masivas en el sector militar, para aumentar la capacidad militar de las ‘potencias medias’ y su autonomía estratégica. Por supuesto, si la amenaza proviene del sur de la frontera, estos gastos son totalmente inútiles”.

Junto con esto, los sindicatos canadienses, históricamente poderosos, “se oponen a los aranceles y al nacionalismo autoritario de Trump, y se encuentran entre las voces más claras que defienden los intereses de la clase trabajadora en los medios de comunicación”, según dice Vieta, aunque “su marginación política es evidente”. “Los sindicatos funcionan ahora más como instituciones defensivas que como motores de transformación política. Siguen siendo capaces de resistir, pero están en gran medida excluidos de la toma de decisiones económicas estratégicas y, en general, siguen estando fragmentados”, complementa. Tremblay-Pepin y Chateauvert añaden que “los sindicatos se encuentran, como suele ocurrir, en una situación tensa: los sectores más afectados por los aranceles están fuertemente sindicalizados. Por lo tanto, son aliados del gobierno canadiense en su lucha contra Trump. Sin embargo, sus posiciones políticas los convierten en adversarios del gobierno en su estrategia de profundizar el neoliberalismo y alcanzar el equilibrio presupuestario mediante recortes en los servicios públicos. Además, en Quebec, el gobierno de derecha ha atacado directamente a los sindicatos mediante medidas legislativas”.

Sin embargo, y a pesar de su complejidad, este panorama deja poco espacio para el crecimiento de una ultraderecha al estilo Trump o Milei. La hegemonía de la derecha tradicional es aún fuerte y deja poco espacio para nuevas corrientes, que existen más a nivel de discurso social que como opción política. Los investigadores quebequenses remarcan que “el gran avance del discurso de la derecha ha sido el auge y la normalización del discurso antiinmigración y xenófobo, así como un aumento de las actitudes misóginas y transfóbicas”. Vieta, por su parte, indica que “las perspectivas de la extrema derecha en Canadá dependen en gran medida del deterioro económico y de la influencia de sus aliados estadounidenses y europeos. Además, una guerra comercial prolongada o una recesión impulsada por la política estadounidense podría reforzar los discursos autoritarios en Canadá, culpando a los migrantes, a las reivindicaciones territoriales indígenas o a las regulaciones medioambientales, dinámicas que son habituales en otros países del Norte global”.

El garrote de los aranceles

A lo largo de la autopista que une los principales centros urbanos e industriales de Canadá, bordeando la frontera con su vecino del sur, gigantescas plantas de las grandes automotrices pueblan el paisaje. Las principales corporaciones industriales de América del Norte tienen fábricas que organizan la producción a ambos lados de la frontera. Las autopartes pasan de un país a otro varias veces antes del ensamblaje final. Miles de obreros industriales conforman poderosos sindicatos, que suelen además coordinar acciones. Todo esto fue alcanzado de lleno por los aranceles con que Trump estructuró una mezcla de política comercial con geopolítica, que oscilan según la resistencia (externa e interna) que provocan, los fallos judiciales (la propia Corte Suprema de los Estados Unidos puso fuertes límites a estas medidas) y a los propios cambios de humor del mandatario. En esta incertidumbre pendular entre lo calculado y lo improvisado, el complejo industrial mixto entre Canadá y Estados Unidos sufrió un fuerte impacto.

Vieta marca un punto esencial: ambos países cuentan con uno de los sistemas económicos más profundamente integrados del mundo, especialmente en los sectores de la fabricación de automóviles, la energía y la agricultura y los aranceles y la amenaza de su aplicación perturban las cadenas de suministro transfronterizas construidas a lo largo de décadas. En las fábricas de la frontera, los aranceles han alterado y encarecido los procesos de producción conjuntos, provocando despidos, baja de salarios y cierre de plantas industriales. Para el investigador de la Universidad de Toronto, “los aranceles no funcionan como protección nacional, sino como un impuesto a la clase trabajadora, lo que conduce a la pérdida de puestos de trabajo, al aumento de los precios y a la incertidumbre en materia de inversión en ambos lados de la frontera”. El efecto no es solo en la balanza comercial, con caídas en importaciones y exportaciones, sino en un sentido mucho más profundo, que Vieta interpreta no tanto como “un retroceso frente a la globalización, sino una reconfiguración de la acumulación por otros medios, en la que se disciplina aún más a los trabajadores para que absorban los costos del conflicto geopolítico (…), una guerra de clases a través del brazo coercitivo de una hegemonía imperial desesperada liderada por un narcisista maligno”.

A contramano de las interpretaciones más comunes del proyecto trumpista, el discurso del nacionalismo industrial que cuida el empleo de los trabajadores estadounidenses no parece muy compatible con estas medidas. Es difícil pensar en un desmontaje de fábricas de un lado de la frontera a otro en un plazo lo suficientemente corto como para generar un efecto en la producción y en el empleo, por lo menos en el mandato de Trump, un presidente que se muestra efectista y proclive a prometer soluciones sencillas y rápidas. Más bien, encarece el proceso de producción y perjudica las cadenas de suministro de las fábricas de ambos países. En cambio, tiene más sentido como avanzada de subordinación del capital industrial, o de sus mayores representantes, a un proyecto que las tiene como sectores secundarios frente a las corporaciones tecnológicas, extractivas y financieras. En todo caso, ninguno de los magnates que acompañaron a Trump a negociar con Xi Jinping en China, como señala Gustavo Ng en Tektónikos, era de alguno de los sectores industriales clásicos de la época dorada del capitalismo estadounidense.

Una confrontación de proyectos que va más allá del Canadá

El último encontronazo entre Trump y el gobierno canadiense, pese a las sonrisas de Mark Carney al lado del presidente estadounidense en el cierre del Mundial de fútbol (que organizaron ambos países junto con México), agravó la situación y la sensación de peligro que el primer ministro expresó en su famoso discurso de Davos. Exactamente al día siguiente del partido final entre España y Argentina, Trump anunció aranceles del 50% a los productos canadienses, con algunas excepciones en materias primas, pero pasando por encima de las regulaciones del tratado T-MEC que habían frenado medidas anteriores. Carney respondió inmediata y recíprocamente, elevando el nivel de la confrontación.

Está claro que el planteo del primer ministro de Canadá no es un simple enfrentamiento diplomático o un diferendo político con un país vecino sino un proyecto alternativo al que intenta imponer Trump a sus tradicionales aliados occidentales. Sin embargo, se trata de una disputa entre dos modelos de enfrentar la crisis en pugna dentro de Occidente. La alianza de las “potencias medias” parte de reconocer la existencia de una ruptura (en lugar de esperar que los Estados Unidos “recuperen la cordura”, como parecía ser la apuesta de la mayoría de los gobiernos europeos hasta no hace mucho) y fortalecerse para enfrentarla, aunque la propuesta es una suerte de globalización neoliberal mutilada. La línea de fractura interna, en tanto, atraviesa el interior de la mayor parte de los Estados capitalistas centrales, se expresa en términos políticos y económicos (una ultraderecha que aspira a centrar nuevamente el proyecto capitalista en un Estado autoritario y, al mismo tiempo, sujeto a las reconfiguraciones que las megacorporaciones tecnológicas, extractivas y financieras proponen; un neoliberalismo clásico expresado en el conservadurismo y el centroderecha clásicos y las socialdemocracias derechizadas que defienden el viejo “orden basado en reglas”) y también en fuertes disputas sobre el modelo de acumulación capitalista. En otros términos, la pulseada pasa por la mejor manera de gestionar las relaciones económicas globales para la disputa geopolítica de fondo con China, Rusia y otros actores expresados por los BRICS+, por un lado, y por el modelo de acumulación predominante (y a qué fracciones del gran capital benefician). En esa disputa, Carney tercia en defensa del viejo orden, pero, al mismo tiempo, reconociendo que este debe cambiarse para que recupere capacidad hegemónica.

Vieta, en ese sentido, apunta que “ambos buscan preservar la acumulación capitalista. Ninguno de los dos desafía la explotación real de los trabajadores. La diferencia radica en cómo se intenta alcanzar la estabilidad: uno gobierna a través del caos y la fuerza, el otro a través de las normas y la jerarquía, dos enfoques para gestionar el capitalismo, un conflicto entre dos lógicas imperiales, no una elección entre dominación y liberación. La distinción es de estilo imperialista, no de la esencia misma del imperialismo”.

Tremblay-Pepin y Chateauvert coinciden y, cuestionando la posibilidad de que “los antiguos vasallos de Estados Unidos (porque de ellos se trata y no de potencias medias)” puedan reemplazar la pax americana sin la superpotencia, hablan de “la opción tácita, las palabras que Carney no pronunció en Davos” pero concretadas por un acuerdo con China para la importación con aranceles bajísimos de autos eléctricos, poco después. Se trata de que ahora “se podía considerar participar a tiempo parcial en el proyecto contraimperialista chino, para recuperar poder de negociación con Estados Unidos. Se trata de una estrategia mucho más concreta y realista, pero menos cómoda de enunciar rodeado de gente elegante en los Alpes suizos”. Marcelo Vieta remarca que “momentos como el discurso de Carney no revelan confianza, sino fragilidad sistémica y pánico de las élites. Cuando las élites hablan con franqueza sobre el peligro, es porque los viejos compromisos se están desmoronando”. Y, finalmente, hacemos nuestras sus palabras: “Para quienes luchamos por un mundo más humano, más ecológicamente justo, más equitativo y menos explotador, la tarea sigue siendo la misma a pesar de cualquier punto en común que pueda existir entre la élite tecnocrática, la clase obrera y la izquierda contra Trump: articular, hacer atractivas y organizar alternativas arraigadas en la justicia social, la descolonización y el control democrático sobre los lugares de trabajo y la economía”. Seguir y comprender las disputas entre las diferentes fracciones y estrategias de los sectores del poder concentrado mundial es necesario para no confundir aliados ni dejar de identificar, con claridad, el centro de la disputa.

* Publicado en Tektónikos

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