Brasil en la mira del imperio: riquezas estratégicas, Doctrina Monroe y la batalla por la soberanía

Brasil en la mira del imperio: riquezas estratégicas, Doctrina Monroe y la batalla por la soberanía

Por João Pedro Stédile*

Vivimos una etapa histórica decisiva, donde el modo de producción capitalista en Occidente atraviesa una crisis estructural prolongada. Ante el agotamiento de su patrón de acumulación y la pérdida evidente de terreno económico y político frente a China y el bloque euroasiático, el imperio estadounidense se encuentra en declive relativo.

Pero un imperio en declive no muere en silencio; se vuelve más agresivo, violento y peligroso. Es en este contexto de crisis donde Washington desempolvó sin pudor alguno la vieja Doctrina Monroe, aquella máxima proclamada hace dos siglos que resume la prepotencia colonial: “América para los americanos”, léase, América Latina como patio trasero exclusivo de los intereses económicos, militares y geopolíticos de Washington.

Habiendo sufrido severos reveses en Eurasia y Medio Oriente, el imperialismo estadounidense vuelve a clavar sus garras con fuerza redoblada en el Sur Global, eligiendo a América Latina como el único territorio donde todavía considera tener condiciones para imponer un dominio irrestricto. Y en el corazón de esa estrategia continental se encuentra, inevitablemente, Brasil.

Caminata de apoyo al presidente y candidato presidencial de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, en Río de Janeiro. Foto: Pablo Porciúncula, AFP

Lo que el imperio codicia

¿Por qué Brasil se convirtió en una obsesión estratégica para las corporaciones transnacionales y para el complejo de poder en Washington? La respuesta no está en discursos abstractos sobre democracia, sino en la base material de nuestra economía y de nuestra naturaleza. En momentos de crisis profunda, el gran capital recurre a dos salidas clásicas para intentar revertir la caída de sus tasas de ganancia: la carrera armamentista y la apropiación privada, depredadora y directa de los bienes públicos de la naturaleza. Brasil es, simplemente, el mayor reservorio de estos bienes en el hemisferio occidental.

Primero, está la cuestión de la energía y los hidrocarburos. Las reservas del Presal ubicaron a Brasil entre los mayores productores mundiales de petróleo. En un mundo donde la matriz energética tradicional todavía dicta la soberanía industrial y militar, el control sobre nuestras cuencas petroleras y sobre Petrobras resulta vital para la seguridad energética de Washington. El capital transnacional no tolera que el pueblo brasileño decida el destino de su riqueza fósil ni que utilice esa renta para financiar salud, educación e industrialización.

Segundo, la transición energética corporativa desató una carrera desenfrenada por minerales estratégicos y tierras raras. Litio, niobio, níquel, cobre y mineral de hierro son las materias primas insustituibles para la nueva infraestructura digital, automotriz y aeroespacial. Gran parte de estas reservas mundiales reposa en el subsuelo brasileño, a menudo bajo tierras públicas, áreas de preservación o territorios tradicionales. La apropiación de estos yacimientos por parte de las mineras multinacionales es un imperativo de supervivencia para las cadenas globales de suministro controladas por Occidente.

Tercero, no podemos olvidar el agua dulce, la biodiversidad y las tierras fértiles. El Acuífero Guaraní y la Cuenca Amazónica representan las mayores reservas de agua potable del planeta, en un siglo en que el acceso al agua determinará la vida y la muerte de poblaciones enteras. Sumado a esto, contamos con cientos de millones de hectáreas cultivables disputadas por el capital para el monocultivo de exportación, subyugando la soberanía alimentaria de la población a los intereses de las comercializadoras internacionales de granos.

Cuarto. Existe, sin embargo, una dimensión aún más peligrosa para Estados Unidos: el rol geopolítico que Brasil ejerce cuando decide llevar adelante una política exterior soberana y altiva. El fortalecimiento de los BRICS y la emergencia del Sur Global representan el mayor desafío histórico a la hegemonía del dólar y al orden unipolar impuesto desde la posguerra mundial. Al defender el comercio en monedas locales, la creación de mecanismos financieros alternativos al FMI y al Banco Mundial y la integración soberana entre las naciones emergentes, Brasil toca el nervio más sensible del poder imperial.

Una economía del porte de la brasileña, al articularse con socios estratégicos como China y Rusia, tiene la capacidad de quebrar el cerco de aislamiento que Washington impone históricamente a las naciones que buscan vías propias de desarrollo. Si Brasil consolida su presencia en los BRICS y avanza en acuerdos de cooperación tecnológica y productiva —como hemos visto, incluso, en las iniciativas que incorporan maquinaria y tecnologías de bioinsumos adaptadas a la agricultura familiar—, demuestra al resto de los países de América Latina que existen alternativas concretas a la sumisión ante la Casa Blanca.

Esta perspectiva aterroriza al Departamento de Estado y a las corporaciones estadounidenses. Un Brasil soberano liderando la integración regional representa el fin definitivo de la Doctrina Monroe. Por ello, neutralizar el protagonismo exterior brasileño y relegar al país al papel de mero exportador de materias primas e importador de manufacturas constituye una prioridad de seguridad nacional para Estados Unidos.

Los nuevos instrumentos de dominación

En los tiempos actuales, el imperio rara vez necesitaría desembarcar infantes de marina en las playas de Río de Janeiro para someter a gobiernos insumisos. El método de dominación moderna opera de forma subterránea, refinada y perversa. Hemos presenciado, en las últimas elecciones a lo largo de toda América Latina —en Chile, Ecuador, Perú y Colombia—, el peso demoledor de la intervención foránea financiada con capitales estadounidenses y operada por el oligopolio de las Big Tech. Brasil es un laboratorio privilegiado de estas técnicas de control y desestabilización social.

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Esta intervención solapada se despliega en tres frentes centrales.

Primero, la dictadura de los algoritmos y la manipulación digital. Las grandes plataformas de Silicon Valley dominan la circulación de la información en Brasil. No son empresas neutrales; son agentes ideológicos y operativos del gran capital. A través del control algorítmico, financian, promueven y amplifican discursos de ultraderecha, fomentando el individualismo exacerbado, la despolitización y el odio de clases.

Cualquier intento del Estado brasileño por regular estas plataformas o gravar a los gigantes digitales recibe como respuesta inmediata campañas de intimidación y veladas amenazas de desestabilización.

Segundo, la influencia religiosa conservadora. El imperio comprendió la necesidad de disputar la subjetividad de nuestro pueblo. Sectores representativos de las iglesias neopentecostales han sido transformados en correas de transmisión de una ideología reaccionaria y fundamentalista, vinculada de forma directa a la teología de la prosperidad formulada en los Estados Unidos. Este engranaje copta el dolor, la angustia y la precariedad de los trabajadores de la periferia para convertirlos en conformismo y en una cruzada moral contra los movimientos populares. La fe, que históricamente sirvió como instrumento de liberación para las comunidades eclesiales de base, pasa a ser instrumentalizada para nutrir la base de apoyo de un proyecto fascista y subordinado a los intereses yanquis.

Por último, la financiación de la ultraderecha y de los laboratorios de ideas locales. Miles de millones de dólares circulan a través de fundaciones privadas y redes de apoyo que sostienen a legisladores, figuras de influencia en redes y grupos de cabildeo en el Congreso Nacional. La ultraderecha brasileña, encabezada por el bolsonarismo y sus facciones, no es más que una tropa de choque servil a ese capital extranjero. Basta observar la premura con la que sus dirigentes acuden a rendir honores a la bandera estadounidense y a mendigar sanciones contra su propio país en los despachos de Washington.

La complicidad interna

Esta injerencia extranjera sólo encuentra terreno fértil porque se apoya en una burguesía nacional históricamente colonizada, cobarde y vendida. La clase dominante brasileña no posee compromiso alguno con la soberanía de la patria ni con el bienestar de su pueblo.

Un sector de esta burguesía vive del rentismo parásito, enriqueciéndose a costa de las tasas de interés real más altas del planeta, succionando el presupuesto público que debería destinarse a salud, educación y vivienda para pagar los intereses de la deuda a cinco mil familias privilegiadas. Este capital financiero, concentrado en Faria Lima (1), opera como una mera sucursal del sistema financiero de Wall Street.

En el otro extremo, se halla el modelo del agronegocio depredador. A diferencia de la agricultura que alimenta a la población, el agronegocio hegemónico es un engranaje subordinado al capital financiero transnacional y a las grandes compañías de insumos y pesticidas (Bayer, Syngenta, Cargill, Bunge). Es un modelo que no produce alimentos para la mesa de los sectores populares, sino materias primas para el mercado internacional; que arrasa con la biodiversidad mediante el uso de venenos, quema el Cerrado y la Amazonia, desaloja comunidades quilombolas e indígenas y, por si fuera poco, depende de miles de millones en subsidios del Tesoro Nacional para sostenerse en pie.

Cuando el modelo del agronegocio entra en crisis —con el endeudamiento desmedido de los hacendados, la pérdida de mercados europeos por barreras sanitarias y los costes astronómicos de los insumos químicos importados—, la reacción inmediata de sus portavoces parlamentarios no es corregir su rumbo destructivo, sino descargar la factura sobre el pueblo brasileño y profundizar el desmantelamiento de las normativas ambientales y laborales, alineándose de manera automática con los intereses de la ultraderecha global.

Construir un proyecto popular

La batalla para frenar el retroceso fascista e impedir el afán entreguista del imperio constituye apenas una parte de nuestra tarea. Un gobierno de amplia coalición, sometido al asedio continuo del capital financiero y de los partidos clientelares del centro, se encuentra estructuralmente incapacitado para llevar a cabo las transformaciones de fondo que el país demanda si no cuenta con el pueblo organizado en las calles y en los territorios. Nuestra respuesta frente a la ofensiva imperialista y contra la Doctrina Monroe exige medidas concretas.

Primero, retomar el trabajo de base de forma paciente y permanente. Necesitamos avanzar casa por casa en las periferias urbanas, las favelas y el campo, agrupando a nuestro pueblo en torno a sus urgencias vitales. Quienes perciben salarios miserables, subsisten en la informalidad desprovistos de derechos laborales, se encuentran asfixiados por las deudas de las apuestas en línea o padecen la falta de un techo digno deben hallar en las organizaciones populares un respaldo tangible y una pedagogía de combate. Iniciativas como los comedores comunitarios, el programa Periferia Viva y la alfabetización popular son herramientas clave para disputar la conciencia de las mayorías frente al cerco informativo y el integrismo religioso.

Segundo, masificar el horizonte de la Reforma Agraria Popular y la agroecología. Frente al agronegocio de los agrotóxicos y el despojo, nuestro bastión es la generación de alimentos sanos para el pueblo. Esto implica consolidar la gestión comunitaria de semillas criollas, el impulso de centros colectivos de bioinsumos y el diseño de maquinaria adaptada a la producción campesina. El acceso a una alimentación nutritiva, asequible y libre de pesticidas es la herramienta más potente para articular las reivindicaciones campesinas con las de la clase trabajadora urbana.

Tercero, materializar un internacionalismo solidario y combatiente. La confrontación ante la Doctrina Monroe no puede darse de manera aislada. Los pueblos que hoy hacen frente a bloqueos económicos despiadados y agresiones sistemáticas, como Cuba y Venezuela, constituyen la primera trinchera de resistencia para todo el continente. Un revés para los sectores populares en dichos territorios significaría un retroceso histórico para la clase trabajadora latinoamericana. La defensa sin concesiones de la libre determinación de estos pueblos es un mandato moral y práctico para toda la militancia.

Por último, debemos dar la batalla de ideas en torno a un Proyecto de Nación. Brasil no superará el lastre de la subordinación limitándose a repartir paliativos sociales mientras preserva intactos los privilegios de las élites millonarias. Nuestro país requiere un programa transformador que confronte las tasas de usura bancaria, aplique gravámenes reales a las grandes fortunas, recupere la soberanía y la fiscalización social sobre las riquezas estratégicas, reduzca la jornada laboral para asegurar un horizonte de vida digno e instituya la gratuidad plena en el transporte público.

La experiencia histórica constata que la prepotencia imperial sólo cede frente al empuje organizado de las mayorías. El imperio norteamericano persistirá en sus maniobras encubiertas para retener a América Latina como su esfera de influencia. Nos corresponde articular el campo y la urbe para asegurar que el porvenir de nuestro suelo sea forjado soberanamente por la voluntad de sus pueblos.

Notas:
1.-Principal distrito financiero de Brasil [n. de E.]
*.- Artículo publicado en la Revista América Latina en Movimiento No. 563

⇒ Brasil en LoQueSomos

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