El costo de normalizar lo intolerable: la derecha en Brasil, la impunidad en Gaza y la agonía climática
Por Adriana Franco Silva*
Brasil es uno de los países con mayor peso económico, político, social y cultural en América Latina. Por esa razón, el destino de su gobierno para los próximos años es fundamental en la dinámica geopolítica de toda la región, sobre todo considerando la aplastante llegada de la derecha a la administración de muchos países latinoamericanos en los años recientes. Brasil es una de las principales economías del mundo. Además, posee la mayor cantidad de recursos hídricos del mundo, lo que representa cerca del 13% del total mundial; tiene recursos gasíferos y petroleros, una amplia capacidad de energía renovable y minerales críticos: 5.8% de las reservas globales de bauxita, 3.7% de las reservas de oro, 17% de mineral de hierro en bruto, 1.4% de litio, cerca del 66.6% del niobio y el 14.6% de las tierras raras, por mencionar algunos ejemplos.
Durante la última sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas (AGNU), desarrollada en septiembre de 2026, el presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, mencionó los retos a los que se enfrenta dicha organización, pero también los desafíos globales, regionales y nacionales. Si bien durante sus gobiernos Lula no ha impulsado una transformación radical en Brasil, lo cierto es que ha conseguido mejoras significativas para las poblaciones brasileñas. En contraste, su principal competidor en las elecciones de octubre de 2026, Flávio Bolsonaro, representa un revés para las políticas sociales. Bolsonaro promueve el regreso de la ultraderecha al poder en Brasil y dos de sus principales propuestas están completamente alineadas con las demandas estadounidenses: la primera es que Brasil se una al Escudo de las Américas para luchar contra el “narcoterrorismo” y la segunda es alejarse de China.
En términos generales, Bolsonaro significa la continuidad del dominio imperial sin límites, mientras que Lula personifica su cuestionamiento. La controversia no sólo se queda en el ámbito nacional, trasciende las fronteras. En su discurso ante la AGNU, el presidente brasileño mencionó que “en Cuba, el mundo observa horrorizado cómo se impone un castigo colectivo sobre 10 millones de personas mediante un embargo económico y energético ilegal”.
En la actualidad, las prácticas genocidas no sólo las observamos en las tácticas estadounidenses contra el pueblo cubano; en Palestina advertimos el proceso de manera acelerada y atroz. Gaza es el primer genocidio que miramos en tiempo real y ni siquiera el horror de la violencia y el ataque contra civiles nos hace parar con las dinámicas que sostienen y reproducen al capital. En su discurso, Lula también mencionó a las “generaciones de palestinos [que] llevan consigo el dolor y el trauma que ha dejado el genocidio de mujeres y niños perpetrado por el gobierno de Netanyahu en Gaza”.
¿La inacción como política?
En 2025, la Comisión Internacional Independiente de Investigación de la ONU sobre el Territorio Palestino Ocupado, incluida Jerusalén Oriental, e Israel, concluyó que Israel ha cometido genocidio en Gaza. La conclusión se basa en evidencia empírica; el genocidio está documentado. A pesar de eso, el gobierno israelí sigue bombardeando y asesinando a personas palestinas de manera impune gracias a la omisión y participación del occidente colectivo.
El daño masivo es administrado por los gobiernos de Estados Unidos e Israel; el flujo constante de imágenes produce saturación, y ésta, en lugar de fomentar la movilización, parece generar indiferencia. En Nuestra América, Javier Milei se alineó con Estados Unidos e Israel y se convirtió en el principal aliado de Netanyahu en la zona. El presidente argentino ha respaldado totalmente al líder israelí en la guerra de exterminio contra Gaza. Incluso, en 2026 anunció el traslado de la embajada argentina a Jerusalén y declaró que Hamas y la Guardia Revolucionaria de Irán eran organizaciones terroristas, mostrando su alineamiento con los gobiernos genocidas de Israel y Estados Unidos. En abril de ese año, Milei firmó los Acuerdos de Isaac, que promueven una asociación estratégica y cooperación entre el gobierno israelí y el argentino.
El acercamiento entre la administración israelí y la de países latinoamericanos también se ha observado en el gobierno paraguayo de Santiago Peña, el panameño de José Raúl Mulino y el boliviano de Rodrigo Paz. Costa Rica, República Dominicana y Perú han firmado acuerdos de seguridad con Israel. Asimismo, el régimen genocida está buscando ampliar los acuerdos de Isaac en América Latina y el Caribe. Por lo tanto, la elección brasileña será muy importante para esa posible cercanía, sobre todo porque la propuesta de Bolsonaro significa el silenciamiento de una voz que demanda un alto a las violencias en Palestina.
La misma indiferencia en otra escala: la crisis climática
El genocidio en Gaza ha implicado un daño ambiental profundo y, desafortunadamente, el patrón de inacción y normalización frente a la catástrofe en territorio palestino también se observa en nuestra postura respecto al cambio climático. Aunque el cambio climático es un problema global, sus causas y consecuencias son desiguales; quienes menos han contribuido a las emisiones son quienes más sufren y sufrirán sus consecuencias. Los Estados que sostienen el orden imperial son los mayores emisores históricos, pero también los que promueven las prácticas e inercia que nos han conducido a este punto de inflexión; ellos pisan el acelerador y obstaculizan cualquier intento de frenado, mientras que las poblaciones marginalizadas sufren las consecuencias.
Las implicaciones proyectadas para mediados de siglo son aterradoras. La Organización Mundial de la Salud estimó que entre 2030 y 2050 el cambio climático causará cerca de 250,000 muertes adicionales al año por desnutrición, malaria, diarrea y estrés térmico. Durante los próximos años, miles de millones de seres vivos morirán como consecuencia del cambio climático, pero las narrativas dominantes siguen minimizando la información y promoviendo opciones tecno-optimistas que profundizan el daño.
Los países de la periferia enfrentan sequías, tormentas e inseguridad alimentaria con menos recursos, y a la vez sufren sanciones, bloqueos o imposición de la deuda, lo que reduce su capacidad de adaptación. Cuba es un ejemplo claro, el embargo ha limitado el acceso a energía, insumos y financiamiento, golpeando la capacidad de la isla caribeña expuesta a huracanes y a la subida del nivel del mar. Por otra parte, la guerra también es una causa de la degradación ambiental. Neimark et al. (2024) estimaron que las emisiones generadas durante los primeros sesenta días de la ofensiva israelí contra Gaza superaron las emisiones anuales de más de veinte países vulnerables al clima. La destrucción de cultivos, suelos y sistemas de agua en Gaza, además de menoscabar las condiciones materiales de vida de las poblaciones palestinas, compromete la viabilidad ecológica del territorio por décadas.

La Amazonía y la disputa política
En ese contexto, el futuro de Brasil también adquiere una dimensión planetaria. La Amazonía almacena enormes cantidades de carbono, y diversos científicos han advertido que si la deforestación supera cierto umbral, partes del bosque podrían transitar hacia un ecosistema de sabana, con efectos globales sobre el clima y el régimen de lluvias. La deforestación amazónica aumentó de manera notable durante el gobierno de Jair Bolsonaro. De hecho, se estima que ésta se incrementó 150% en el último mes del gobierno de Bolsonaro. Aunque la tala disminuyó con el gobierno de Lula, éste está impulsando la exploración y extracción de hidrocarburos en la región amazónica para asegurar el futuro energético, planteamiento controvertido y cuestionado a pesar de que Lula asegura que el país no eliminará sus compromisos ambientales.
En contraste, los discursos de Flávio Bolsonaro “anticipan un posible gobierno de desregulación ambiental” para beneficio de los intereses capitalistas. Por otra parte, el alineamiento con el “Escudo de las Américas” y con la lógica de la seguridad hemisférica dirigida desde Washington tendrá implicaciones más allá de lo geopolítico, ya que subordinar la agenda de un país amazónico a una doctrina de militarización y combate al “narcoterrorismo” desplazará las prioridades ambientales y sociales. Asimismo, abrirá la puerta a más extractivismo en nombre de la seguridad, lo cual no es sólo una amenaza para las poblaciones brasileñas, sino para el mundo entero.
Cuestionar la normalización
Reconocer los límites del gobierno de Lula es necesario, pero también es importante considerar que su margen de acción está condicionado por un congreso conservador y por la dependencia del modelo agroexportador. La comparación entre la propuesta de Lula y la de Bolsonaro permite la proyección de dos escenarios completamente disonantes. Por eso, la decisión que tome el pueblo brasileño en octubre de 2026 será tan importante. La elección, entonces, parece estar entre un liderazgo que cuestiona el orden imperial y otro que propone integrarse a su brazo de “seguridad” y saqueo.
Para 2050, habremos acumulado una cantidad enorme de daños ambientales irreversibles y de muertes evitables. Lo que hoy hagamos o dejamos de hacer determinará su magnitud. La pregunta central, en este punto, es cuánto de estos datos será resultado de nuestra pasiva contribución con la indiferencia. Desnormalizar significa nombrar los hechos con precisión, exigir coherencia a los gobiernos, apoyar los movimientos que sostienen la resistencia y entender que lo que pasa en Cuba y Palestina, junto con el colapso climático, no son agendas separadas, sino manifestaciones de un mismo orden en declive, en donde los poderos deciden quién merece vivir con dignidad y quién puede ser sacrificado.
En diversos foros internacionales se ha planteado que “Gaza es el futuro de la humanidad”. Tres años después de la aceleración del genocidio, iniciada el 7 de octubre de 2023, ésta frase parece ser más indicativa que nunca. Si seguimos mirando hacia otro lado, si no luchamos por las distintas causas y desde diferentes flancos, la destrucción cometida por una maquinaria de muerte arrasará con todo. Las poblaciones palestinas nos han mostrado que a pesar de la catástrofe, puede haber esperanza. Así, actuemos e impulsemos transformaciones para crear una socialización que nos permita vivir y no sólo existir en la precariedad.
* Artículo publicado en la Revista América Latina en Movimiento No. 563
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